Capítulo 13
David llegó al mediodía siguiente, con una bolsa de viaje pequeña colgada del hombro y una expresión en la cara que no le había visto nunca antes en los cinco años que llevábamos juntos: la de alguien completamente dispuesto a creer, sin necesidad de más pruebas adicionales, absolutamente todo lo que yo llevaba semanas enteras intentando demostrarle a través del teléfono.
Me abrazó en la puerta de entrada durante mucho más tiempo del habitual entre nosotros, un abrazo largo, apretado, y por primera vez desde el funeral de mi madre sentí que podía apoyar todo mi peso, físico y emocional, en otra persona sin ningún miedo a que esa persona me dijera, aunque fuera con la mejor intención del mundo, que estaba exagerando la situación.
Le enseñé la fotografía de Mateo ya adulto, la de la reunión de antiguos alumnos que había encontrado de madrugada, y le conté con todo detalle lo de su hija pequeña, lo del instituto donde daba clases de manera habitual, y por supuesto lo de la nota amenazante encontrada bajo el limpiaparabrisas la noche anterior.
—Tenemos que ir a la policía con esto ahora mismo —dijo, señalando la nota que había extendido con cuidado sobre la mesa de la cocina, alisándola con la palma de la mano—. Una amenaza es una amenaza en toda regla, Elena, sea anónima o no.
—¿Y decirles exactamente qué, David? ¿Que alguien no quiere que yo investigue algo que sucedió hace treinta años enteros, y que ni siquiera consta oficialmente en ningún registro, precisamente porque la única prueba que lo demostraría es una página arrancada a propósito de un libro sellado?
—Al menos que quede constancia oficial de todo esto, por escrito, por si acaso pasa algo más grave a partir de ahora.
Fuimos a la comisaría esa misma tarde, más para tranquilizar a David y su necesidad de sentir que hacíamos algo concreto que porque yo esperara sacar gran cosa en claro de la visita.
El agente que nos atendió en el mostrador, bastante joven y visiblemente aburrido con el turno de esa tarde, tomó nota de la amenaza con un desinterés que rozaba directamente lo ofensivo, escribiendo apenas dos líneas en su ordenador, y nos aseguró antes de despedirnos que "andarían atentos" a la zona, una frase que sonó exactamente igual de vacía y hueca de lo que en realidad era.
Al volver a casa ya anochecido, algo había cambiado de manera sutil pero innegable.
No hizo falta que ninguno de los dos lo dijera en voz alta para saber, con solo cruzar una mirada, que el otro también lo había notado nada más entrar por la puerta: las cajas del pasillo, las mismas que yo había dejado perfectamente ordenadas contra la pared después de revisarlas concienzudamente días atrás, estaban ligeramente movidas de su sitio original.
No tiradas por el suelo, no desordenadas de forma escandalosa y evidente, sino desplazadas apenas unos pocos centímetros, justo lo suficiente como para que alguien que no llevara semanas enteras viviendo entre ellas quizás ni siquiera lo notara, pero que a mí, que había memorizado cada centímetro de aquel armario, me resultó tan evidente y alarmante como si hubieran dejado la puerta principal abierta de par en par.
—¿Has cerrado con llave al salir esta mañana? —preguntó David, ya con el tono de voz bajado, en alerta total.
—Siempre cierro con llave, David. Siempre, sin ninguna excepción.
Revisamos la casa entera juntos, habitación por habitación, con el corazón acelerado, sin encontrar ninguna ventana forzada visiblemente, ninguna cerradura dañada por fuera.
Quien había entrado —si es que alguien había entrado de verdad, y no era simplemente mi memoria volviendo a fallarme otra vez, la misma memoria que llevaba semanas enteras siendo puesta en duda por todo el pueblo entero— tenía llave propia.
O sabía exactamente, con total precisión, dónde estaba escondida la llave de repuesto, bajo la maceta grande del porche delantero, un secreto que en realidad era más bien a voces entre todos los vecinos de toda la vida del pueblo.
Fui corriendo directamente al armario del pasillo, con el pulso martilleándome en los oídos.
La libreta azul seguía allí, exactamente en el mismo sitio donde yo la había dejado guardada.
Pero al hojearla con manos temblorosas, descubrí con horror que faltaban varias páginas que antes, sin ninguna duda, habían estado ahí.
No arrancadas de forma brusca y descuidada, sino recortadas con un cuidado casi quirúrgico, casi con cariño perverso, justo las que hablaban con más detalle de los primeros meses posteriores al parto, las que probablemente contenían el detalle más concreto y definitivo de adónde exactamente se habían llevado a Mateo recién nacido.
—Alguien ha estado aquí dentro —dije, con la voz temblándome ya mucho más de pura rabia que de miedo propiamente dicho—. Alguien ha entrado en mi propia casa, mientras estábamos fuera, para llevarse exactamente las páginas que más podían ayudarme a encontrar la verdad completa.
David se acercó despacio, leyó por encima de mi hombro los huecos limpios y precisos donde antes había habido palabras escritas de mi madre, y me puso una mano firme en el hombro sin decir absolutamente nada más, porque ya no quedaba ninguna frase razonable en el mundo que pudiera quitarle importancia a lo que estaba pasando delante de nuestros propios ojos.
—Mañana por la mañana vamos a Zamora —dijo por fin, con una determinación nueva en la voz que no le conocía—. Cuanto antes hablemos directamente con Mateo, antes dejará de tener ningún sentido que alguien siga entrando en esta casa a robarnos papeles importantes.