Capítulo 12
Volví a la residencia de Santa Clara nada más salir de casa de Rosario, sin pasar siquiera por casa a cambiarme, todavía con la fotografía de mi madre joven guardada en el bolso junto a la de Mateo bebé.
Esta vez llamé antes, y la misma enfermera de la vez anterior, reconociéndome la voz, me avisó de que el doctor había amanecido especialmente lúcido esa mañana, "de los días buenos de verdad, no de los regulares".
Lo encontré en el mismo sillón floreado de la sala común, con una manta sobre las rodillas y el televisor, esta vez, apagado del todo.
—Usted otra vez —dijo, en cuanto me vio, sin ningún rastro de sorpresa—. Me preguntaba cuánto tardaría en volver.
—Su tía no está hoy —dije, sin poder evitar cierto tono de disculpa por la brusquedad de la última visita.
—Lo sé. La enfermera me lo ha dicho al entrar usted. —Sonrió, un gesto cansado pero genuino—. Rosario siempre fue muy protectora con su hermana. Ya lo era de jóvenes, cuando Carmen todavía no era mucho mayor que una niña.
Me senté en la silla que había junto al sillón, más cerca de él que la vez anterior, y sin decir nada le tendí la fotografía de mi madre a los dieciséis años, la del limonero.
La miró un buen rato en silencio, con los dedos temblorosos recorriendo el borde de la imagen.
—La hice yo esta foto —dijo al fin, sorprendiéndome—. Con una cámara que me prestó su abuelo para hacer las fotos del bautizo de otra criatura, ese mismo verano. Carmen me pidió que le hiciera una antes de irse a Valladolid. Decía que quería tener algo bonito de antes.
—Antes de qué, doctor.
Me miró entonces con una franqueza que no había tenido en nuestra primera conversación, quizás porque ya no había ninguna Rosario a punto de entrar por la puerta a interrumpirle.
—Antes de dejar de ser una niña, supongo, aunque en aquel momento ninguno de los dos lo hubiéramos dicho así.
Yo era joven entonces, señorita, recién llegado al pueblo, y su abuelo era el hombre más importante de la zona.
Cuando me pidió que me ocupara del "asunto de Carmen", como él lo llamaba, no me pareció que tuviera ninguna posibilidad real de negarme.
Y no lo hice. Eso es algo que he tenido que cargar el resto de mi vida, se lo puedo asegurar.
—¿Hubo más, doctor? ¿Además de Ignacio y de Mateo?
Negó con la cabeza, esta vez sin ninguna duda en el gesto.
—No, que yo sepa, y créame que lo sabría.
Solo esos dos. Pero permítame decirle algo que quizás nadie más en este pueblo se ha atrevido a decirle todavía, porque todos están demasiado ocupados protegiendo su propia parte de la vergüenza.
—Se inclinó ligeramente hacia mí, bajando la voz—.
Su madre amó a esos dos niños con una intensidad que yo nunca había visto en otra madre en toda mi carrera, precisamente porque sabía que solo iba a tener unas horas con cada uno de ellos.
Lo que escribió en esos diarios no fue un intento de fingir una vida que no tuvo.
Fue lo único de esa vida que consiguió salvar.
Sentí que se me hacía un nudo en la garganta que no esperaba, y tardé un momento en poder responder con la voz firme.
—Gracias, doctor. De verdad.
—No me las dé a mí. —Volvió a mirar la fotografía, con una tristeza serena en los ojos—.
Guarde esa foto bien, señorita. Y cuando encuentre a sus hermanos, si es que llega a encontrarlos a los dos, enséñesela.
Que sepan que antes de todo lo demás, hubo una chica de dieciséis años a la que le gustaba mucho este limonero.
Me despedí de él poco después, prometiéndole volver, aunque los dos supimos, sin decirlo, que quizás no hubiera una próxima vez en la que él siguiera teniendo un día tan bueno como aquel.