Nadie lo recordará Capítulo 11
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Capítulo 11

Rosario me llamó a las ocho y media de la mañana, cuando llevaba apenas dos horas dormida y el portátil seguía abierto sobre la mesa de la cocina con la cara de Mateo en la pantalla.

No me saludó. Dijo que si ya había desayunado y, cuando le contesté que no, que subiera a su casa, que tenía café hecho y que nos hacía falta hablar.

Vivía en la parte alta del pueblo, en una casa de dos plantas con un limonero en el patio y las contraventanas pintadas de verde, más o menos como su carácter: ordenada, un poco severa, con pequeños detalles cuidados que solo se notaban si uno se fijaba.

Me abrió la puerta con el pelo aún húmedo, sin maquillar, y era la primera vez desde el funeral que la veía sin esa armadura de mujer compuesta que llevaba siempre puesta.

Parecía diez años mayor y bastante más frágil.

—Pasa —dijo—. Y no me mires así, que no he dormido.

Nos sentamos en la cocina, con un mantel de hule de cuadros que me pareció lo más tranquilizador que había visto en semanas.

Puso delante de mí una taza y un plato de tostadas con aceite.

No las toqué. Saqué del bolso el móvil y, sin decir nada, le enseñé la foto de la nota que había aparecido bajo el limpiaparabrisas.

Leyó las tres frases en silencio. Vi cómo se le iba yendo el color de la cara, de dentro hacia fuera, y cómo las manos, que sostenían la taza, dejaban de estar quietas.

—Esto no me gusta nada —dijo al fin—. Esto no me gusta nada, Elena. Eso ya no es gente que quiere que no hables. Es gente que quiere asustarte.

—¿Sabes quién puede haberla escrito?

—No. —Lo dijo demasiado rápido, y ella misma lo notó, porque añadió enseguida, más despacio—: No lo sé de verdad.

Pero sé que en este pueblo hay gente a la que le conviene que esa historia siga enterrada, y que mi padre les hizo muchos favores en su época.

Cuando alguien tiene mucho poder durante muchos años, Elena, los favores no se olvidan. Se heredan.

Removió el café sin que hiciera falta. Fuera, en el patio, un pájaro picoteaba entre los limones caídos.

—Háblame de él —le pedí—. De mi abuelo. Casi no lo recuerdo.

Rosario sonrió sin ganas.

—Es normal. Se murió cuando tú tenías seis años, y desde que empezó a ponerse malo ya no bajaba a las comidas.

Mi padre era Baldomero Salcedo. Tenía la fábrica de conservas, que daba trabajo a medio pueblo, y por eso mandaba en medio pueblo.

Iba a misa cada domingo en el segundo banco de la derecha, y si alguien se sentaba en él, se levantaba de allí sin que él dijera una palabra.

Así era mi padre: nunca levantaba la voz.

No lo necesitaba. Le bastaba con quedarse callado mirándote, y tú ya sabías que habías hecho algo mal.

—¿Era cruel?

—Cruel no. Eso habría sido más fácil. —Buscó la palabra—.

Era... dueño. De la fábrica, de la casa, de las decisiones.

Nos quería, creo, a su manera, pero nos quería como quien cuida algo que le pertenece, con cuidado de que no se rompa y de que no dé mala imagen.

Una vez, cuando yo tenía diez años, rompí un jarrón de la sala.

No me castigó. Se limitó a mandar que lo repararan tan bien que no se notaba la grieta, y a mí me dijo: "Aquí las cosas no se rompen".

Y no volvió a mencionarlo nunca. Todavía hoy, cuando algo va mal, me acuerdo de esa frase.

No supe qué decir. Cogí por fin una tostada, más por hacer algo con las manos que por hambre.

—Hay una cosa que llevo toda la noche dándole vueltas —continuó Rosario, con la vista fija en el mantel—, y no sé si tiene importancia o si me estoy volviendo vieja y suspicaz.

Cuando yo tenía doce años, mi padre me mandó seis meses a Valladolid, a casa de una tía lejana.

Para que fuera a un colegio mejor, dijo.

Cuando volví en primavera, tu madre llevaba medio año sin pisar el instituto.

Una mononucleosis, me explicaron, y una convalecencia larguísima.

Tenía dieciséis años, estaba más delgada, más callada, sin ganas de nada.

Yo era una cría y no pregunté. Después, con los años, dejé de acordarme.

Lo he recordado esta mañana, con la nota delante, y no consigo dejar de pensar en ello.

Sentí un hormigueo en la nuca. Dieciséis años. Medio año encerrada en casa, y a la hermana pequeña mandada lejos justo entonces, en una familia en la que las cosas no se rompían.

—¿Y nadie te lo explicó nunca?

—Nadie. —Levantó los ojos y me miró con una franqueza que le costó—.

Escúchame bien, Elena. Mi hermana dejó de reírse a los dieciséis años.

Yo tenía doce, y no supe por qué. Llevo treinta y nueve años sin saberlo, y esta noche, por primera vez, me pregunto si no lo habré sabido siempre y me habré negado a verlo.

Se levantó de golpe, fue hasta el aparador y volvió con una caja de galletas de lata, de esas que en todas las casas guardan hilos y botones.

Rebuscó entre los carretes y sacó una fotografía en blanco y negro, doblada por una esquina.

Era mi madre a los quince o dieciséis años, delante del limonero de este mismo patio, con un vestido claro y el pelo suelto.

Sonreía a la cámara con la cara entera, con una alegría abierta y confiada que yo no le había visto jamás.

La habría tomado por otra persona si no hubiera reconocido los ojos.

—Es la última foto en la que se la ve así —dijo Rosario—. Guárdala tú. Yo ya la he mirado bastante.

Le di las gracias con un hilo de voz. No supe cómo decirle todo lo demás. Nos quedamos un rato calladas en aquella cocina, oyendo el pájaro del patio y el reloj de la pared, que en esta casa, para variar, marcaba la hora exacta.

Cuando ya me levantaba para irme, Rosario me agarró de la muñeca. Sus dedos estaban fríos.

—Si vas a Zamora, no vayas sola. —Pilar la había llamado la noche anterior, y Rosario sabía ya lo del apellido y la ciudad—.

Llevo demasiados años en este pueblo para no saber cuándo alguien ha encontrado algo.

Si ese chico existe, y si tú vas a buscarlo, que te acompañe alguien de confianza. Prométemelo.

—Viene David hoy —le dije.

—Bien. —Me soltó, y por primera vez esa mañana la vi respirar con algo parecido al alivio—. Que sea él el que conduzca.