Nadie lo recordará Capítulo 10
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Capítulo 10

Fotografié la nota con el móvil antes de guardarla en un cajón de la cocina, casi sin pensarlo, como si necesitara una prueba tangible de que no me la había inventado, de que aquello también era completamente real y no otro episodio más de la desconfianza que llevaba semanas enteras sembrando en mí misma, cuestionando cada percepción, cada recuerdo, cada certeza que antes daba por sentada.

Después, casi sin darme tiempo a pensarlo demasiado, se la envié directamente a David.

Tardó menos de un minuto entero en llamar.

—Elena, ¿qué es esto? ¿Quién demonios te ha dejado esto en el coche, en mitad de la calle?

Por primera vez desde que había empezado todo aquello, su voz no sonaba condescendiente en absoluto.

Sonaba genuinamente asustada, con una urgencia que no le había oído antes en toda la conversación de días anteriores, y de un modo extraño, casi perverso, aquello me reconfortó mucho más que cualquier palabra de apoyo vacía que hubiera podido decirme hasta ese momento.

—No lo sé, David. Pero significa que no estoy loca. Significa, sin ningún lugar a dudas, que hay gente en este pueblo que sabe exactamente lo que le pasó a Mateo, y que además prefiere, activamente, que yo no llegue a averiguarlo nunca.

—Vale. Vale, escúchame bien. —Le oí moverse al otro lado de la línea, coger unas llaves de algún sitio, quizás las del coche, quizás las de casa—.

Mañana mismo cojo el primer tren que salga.

No pienso dejarte sola ahí ni un minuto más, con quien sea que esté escribiendo notas anónimas y dejándolas en tu coche en mitad de la noche.

Algo en mí, algo que llevaba semanas enteras conteniendo con esfuerzo, se aflojó ligeramente al oírle decir aquello.

No fue alivio del todo, no exactamente. Fue más bien la certeza tranquilizadora de que, a partir de esa misma noche, ya no tendría que seguir convirtiendo cada conversación en un intento agotador de convencer a alguien más de que lo que estaba viviendo era completamente real.

Esa madrugada, incapaz de conciliar el sueño por más que lo intenté durante casi una hora entera dando vueltas en la cama, abrí el portátil en la mesa de la cocina y empecé a buscar el apellido Ferreira en Zamora, sin saber muy bien, al principio, qué era exactamente lo que esperaba encontrar entre tanta información dispersa.

Perfiles de redes sociales con privacidad activada, esquelas antiguas escaneadas de periódicos locales, páginas amarillas digitalizadas de hacía más de quince años, listados de empresas familiares sin ninguna relación aparente.

Descarté decenas de Ferreira que no encajaban en absolutamente nada de lo que buscaba, hasta que, ya pasada la una de la madrugada, con los ojos escociéndome de cansancio frente a la pantalla, encontré la ficha digitalizada de un colegio público de Zamora, correspondiente a un evento de antiguos alumnos celebrado hacía apenas un par de años, con una fotografía de grupo cuidadosamente etiquetada con los nombres de cada asistente.

Uno de ellos era Mateo Ferreira Duque.

Me quedé mirando fijamente la pantalla durante lo que me pareció una eternidad completa, sin atreverme siquiera a ampliar la imagen con el zoom, como si hacerlo pudiera romper de golpe algún hechizo frágil que hubiera hecho posible, contra todo pronóstico, encontrarlo esa misma noche.

Cuando por fin reuní el valor necesario para hacerlo, vi a un hombre de unos treinta años, sonriendo directamente a la cámara con una torpeza que me resultó extrañamente, dolorosamente familiar, rodeado de otros antiguos compañeros de colegio en lo que claramente parecía la reunión festiva de una promoción.

No se parecía a mi madre, no de forma evidente ni inmediata.

Pero había algo muy concreto en la forma de sus ojos, en la manera particular de fruncir ligeramente la boca al sonreír, que me devolvió de golpe, sin ningún aviso previo, la imagen borrosa de aquella fotografía encontrada en el jardín: un bebé con un gorrito azul, sostenido por unos brazos que el encuadre había cortado justo por encima del codo.

Busqué más, con el pulso acelerado y las manos ya casi temblando sobre el teclado.

Encontré, con una facilidad que me sorprendió, que trabajaba actualmente como profesor de instituto en un pueblo mediano cercano a la propia Zamora, que estaba casado desde hacía varios años, que tenía —la imagen de otra publicación reciente me lo confirmó sin lugar a dudas, provocándome un dolor extraño y contradictorio en el pecho, una mezcla difícil de nombrar entre alegría genuina y algo muy parecido al duelo— una hija pequeña, de unos cuatro o cinco años como mucho, que en una fotografía reciente sonreía exactamente con la misma torpeza encantadora que su padre.

Mateo tenía una familia completa. Una vida entera construida ladrillo a ladrillo, sin la menor idea de que, a menos de dos horas de distancia en coche, existía una hermana que acababa de descubrir, esa misma tarde, que él existía de verdad.

Me planteé, durante un buen rato, sentada sola en aquella cocina a oscuras salvo por el resplandor azulado de la pantalla, si de verdad tenía algún derecho a irrumpir en una vida que ya estaba completa, ya formada, ya feliz aparentemente.

Si contactar con él representaba un acto de justicia necesaria hacia los dos, hacia mí y hacia él, o si por el contrario era simplemente otra forma más de imponerle a alguien una verdad incómoda que quizás nunca había pedido conocer, exactamente del mismo modo cruel en que a mí me la habían ocultado durante toda mi vida sin preguntarme jamás mi opinión al respecto.

Decidí que lo hablaría con David en cuanto llegara al día siguiente, con la cabeza más despejada y menos afectada por el cansancio acumulado.

Y decidí también, mientras por fin cerraba el portátil ya bien entrada la madrugada, que fuera lo que fuera exactamente lo que aquella nota anónima había pretendido impedir, ya resultaba demasiado tarde para conseguirlo.

Sabía su nombre completo. Sabía la forma exacta de su cara.

Y ya no existía ninguna manera posible de que aquel pueblo, con todo su silencio coordinado, consiguiera hacerme olvidar de nuevo lo que acababa de descubrir.