Nadie lo recordará Capítulo 9
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Capítulo 9

Volví a casa de Pilar esa misma noche, sin llamar antes para avisar, sin darle ni un minuto de margen para preparar ninguna otra frase ensayada de las suyas.

Golpeé la puerta con más fuerza de la estrictamente necesaria, con los nudillos doliéndome un poco por el impacto, y cuando abrió, ya en bata, con el pelo recogido para dormir y una expresión de cansancio absoluto, no me dejó ni empezar a hablar.

—Sé por qué vienes —dijo, apartándose a un lado para dejarme pasar sin oponer ninguna resistencia—. Y sé que ya no tiene ningún sentido seguir callando más tiempo. He hablado con Rosario hace un rato. Me ha contado lo que te ha dicho ella.

—Entonces dime tú el resto, Pilar. Dime a quién se lo entregasteis exactamente. Dime dónde está mi hermano ahora mismo, si es que lo sabes.

Se sentó pesadamente en el sofá del salón, hundiéndose entre los cojines como si las piernas hubieran dejado de sostenerla de golpe, todo el cuerpo cediendo de una vez.

—Yo hice de intermediaria, es cierto, no voy a negarlo a estas alturas.

Tu abuelo confiaba en mí porque yo había ayudado antes a otras familias del pueblo, en...

situaciones parecidas a esta, más de una vez a lo largo de los años.

Pero él tampoco me lo puso fácil a mí, Elena, quiero que lo entiendas bien.

Lo hizo todo a través de un abogado de la capital, alguien completamente de fuera, precisamente para que ni siquiera yo llegara a tener el nombre completo de la familia que finalmente se llevó al niño.

Yo solo sé el apellido, y lo sé de pura casualidad: Ferreira.

Y sé que se instalaron en Zamora, al menos al principio de todo, porque el propio abogado mencionó una vez, sin querer, distraído, que tenían que "hacer el viaje hasta Zamora" para entregar personalmente los papeles definitivos.

—¿Eso es absolutamente todo lo que sabes? ¿Un apellido y el nombre de una ciudad, después de treinta años enteros guardando este secreto sin decir palabra?

—Es todo lo que yo sé de verdad, Elena, te lo juro por la memoria de tu propia madre, que en paz descanse.

—Sus ojos se llenaron de lágrimas repentinas, y por primera vez desde que había empezado todo aquello, no me dio la sensación de que estuviera actuando ni un poco—.

Llevo treinta años enteros cargando con esto sobre mi conciencia, ¿sabes?

Con haber ayudado a arrancarle un hijo a tu madre delante de mis propias narices, sabiendo perfectamente que aquello no estaba nada bien, pero sabiendo también que si no lo hacía yo con todo el cuidado del mundo, tu abuelo iba a encontrar sin ningún problema a otra persona mucho menos cuidadosa, mucho menos dispuesta a asegurarse de que aquel niño acabara al menos en una familia decente y cariñosa.

Quise sentir compasión genuina por ella en ese momento. Solo conseguí sentir, en cambio, un cansancio inmenso que me pesaba en los huesos, el peso acumulado de todas las mentiras pequeñas y grandes que se habían ido sumando, una tras otra, durante aquellas últimas semanas interminables.

—¿Por qué avisaste a Rosario esta misma tarde? ¿Por qué no dejaste que el doctor Elorza terminara de contarme lo que estaba a punto de decir?

Pilar bajó la cabeza, mirándose las manos entrelazadas sobre el regazo.

—Porque me dio miedo, Elena, un miedo muy concreto.

No por mí, entiéndeme bien, sino por ti.

El doctor ya no siempre distingue con claridad lo que recuerda de verdad de lo que simplemente imagina, sobre todo en sus días malos, que últimamente son más que los buenos.

Tenía miedo de que te dijera cualquier cosa a medias, cierta o completamente inventada, y que tú acabaras persiguiendo una pista falsa, gastando tu vida entera buscando a alguien basándote únicamente en el delirio confuso de un anciano.

No supe con certeza si creerla del todo o no, pero no tenía ninguna forma real de comprobarlo esa misma noche, y ya era demasiado tarde para seguir presionando a una mujer que parecía a punto de desmoronarse por completo delante de mis ojos.

Salí de su casa ya pasada la medianoche, con el apellido Ferreira y la palabra Zamora dándome vueltas sin parar en la cabeza, como las dos únicas piezas sólidas y verificables de un rompecabezas gigantesco que llevaba semanas enteras construyéndose únicamente a base de sombras, silencios y medias verdades.

Cuando llegué al coche, aparcado justo delante de la casa de mi madre bajo la única farola de la calle, encontré algo sujeto bajo el limpiaparabrisas que al principio, en la penumbra, confundí con una simple multa de tráfico.

Era en realidad una nota escrita a mano, con letras mayúsculas irregulares, deliberadamente torpes, como si quien la hubiera escrito hubiera querido disimular a toda costa su propia caligrafía habitual.

DEJA DE REMOVER LO QUE NO TE CORRESPONDE. HAY GENTE QUE SUFRIÓ MUCHO PARA QUE ESTO QUEDARA ENTERRADO. NO TE METAS CON ELLOS.

Miré a mi alrededor, despacio, con el corazón acelerándose.

La calle entera estaba completamente vacía a esa hora, las ventanas de las casas vecinas ya a oscuras o con las persianas bajadas del todo, como si el pueblo entero hubiera decidido, de manera silenciosa y perfectamente coordinada entre todos sus habitantes, no ver absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo esa noche justo delante de sus propias puertas.

Guardé la nota doblada en el bolsillo del abrigo, justo al lado de la fotografía de Mateo, y entré en la casa de mi madre sin encender ninguna luz, avanzando a tientas por el pasillo que ya conocía de memoria, con la extraña sensación, nueva y bastante inquietante, de que, por primera vez desde que había llegado a este pueblo, ya no era yo quien estaba investigando activamente a alguien.

Era alguien, en algún lugar de aquella misma oscuridad, quien me estaba observando a mí.