Capítulo 8
No fui directamente a casa de Pilar aquella tarde.
Necesitaba antes ver algo con mis propios ojos, algo que llevaba toda la vida viendo sin mirar de verdad: la fábrica de conservas de mi abuelo, la razón última, según el propio diario de mi madre, por la que un hombre había decidido borrar a dos nietos suyos del mundo antes de que pudieran mancharle el apellido.
Me quedé un buen rato aparcada frente a la verja, mirando aquel nombre grabado en piedra.
Hijos, en plural, aunque mi abuelo solo había tenido dos hijas.
Nunca me había parado a pensar en esa palabra hasta ese momento, en lo que debía de haber significado para un hombre como él, en una época como aquella, no tener a ningún varón que heredara el apellido en la fachada.
Y pensé, con un escalofrío nuevo, en que quizás parte de la furia con la que borró a Ignacio y a Mateo no fuera solo vergüenza social, sino algo más retorcido todavía: la posibilidad, aunque fuera remota, de que hubiera podido quedarse con uno de esos dos nietos varones, criarlo como su heredero legítimo, y en cambio hubiera preferido borrarlos antes que admitir cómo habían llegado al mundo.
Un hombre mayor, con mono de trabajo azul y una gorra descolorida, salió por la puerta lateral empujando una carretilla, y se detuvo al verme allí parada, con la ventanilla bajada, mirando fijamente la fachada.
—¿Busca a alguien?
—No, disculpe. Solo... conocía a la familia que fundó esto. Los Salcedo.
Se acercó un poco más, apoyándose en la carretilla.
—Yo empecé a trabajar aquí con dieciocho años, en tiempos de don Baldomero.
—Escupió el nombre con una mezcla de respeto antiguo y algo más amargo por debajo—.
Un hombre muy suyo. Muy de cumplir las normas, eso sí, y de pagar puntual, hay que decirlo.
Pero también muy de no perdonar un error dos veces.
Si te equivocabas una vez en la línea de envasado, te lo consentía.
La segunda, ya no trabajabas más aquí, aunque llevaras diez años currando.
Así era él con todo, hasta con su propia gente.
—¿Y con su familia? ¿Sabe si era igual?
El hombre se encogió de hombros, incómodo de repente, como si hubiera hablado de más con una desconocida.
—Eso ya no lo sé, señora. De la familia de uno no se habla en la fábrica.
—Hizo ademán de seguir con su carretilla, pero se detuvo un momento más—.
Lo único que le puedo decir es que cuando él murió, hace ya bastantes años, aquí no hubo ni un solo minuto de silencio.
Y eso, en un pueblo donde se guarda luto hasta por el gato del vecino, ya le dice a usted algo.
Se marchó sin despedirse más, empujando su carretilla hacia una nave lateral, y yo me quedé todavía un rato más frente a aquella fachada, con el nombre grabado en piedra brillando bajo el sol de la tarde, pensando en cuántas personas, dentro de esas paredes, habrían intuido alguna vez lo que yo tardaría treinta y un años en descubrir sin ayuda de nadie.