Capítulo 7
Rosario me alcanzó en el aparcamiento antes de que llegara a abrir la puerta del coche, con los tacones clavándose torpemente en la gravilla suelta y una expresión que oscilaba, en cuestión de segundos, entre la irritación más pura y algo que se parecía mucho más al miedo genuino, un miedo que intentaba disimular bajo capas de autoridad familiar.
—¿Se puede saber qué pretendes, presentándote así, sin avisar a nadie, alterando a un hombre de esa edad con... con lo que sea que le estés preguntando ahí dentro?
—Le estoy preguntando por Mateo, tía. Por mi hermano.
Vi cómo el nombre le golpeaba de lleno, un impacto casi físico que ella intentó disimular cruzándose de brazos con fuerza, como si necesitara sujetarse a sí misma para no tambalearse.
—No sé de dónde has sacado esa fantasía tan absurda, pero tu madre acaba de morir, Elena, hace apenas unas semanas, y no es momento de andar removiendo...
—Deja de decirme eso. —Me sorprendió el tono de mi propia voz al oírme, mucho más duro y cortante del que solía usar con ella en cualquier conversación familiar anterior—.
Todo el mundo me repite exactamente lo mismo, palabra por palabra, como si fuera un guion aprendido de memoria entre todos vosotros: que no es buen momento, que mamá tenía mucha imaginación, que debería irme a descansar y dejar de darle vueltas.
Tengo un diario entero, tía. Tengo una fotografía real.
Tengo un hueco físico en un libro oficial del registro civil que cualquier funcionario puede confirmarte ahora mismo.
Y hace apenas un minuto tenía al médico de mamá a punto de decirme, con todas las palabras, quién obligó exactamente a mamá a entregar a su propio hijo, justo antes de que tú aparecieras como caída del cielo para impedírselo en el último segundo.
Rosario apretó los labios hasta convertirlos en una línea fina, miró hacia ambos lados del aparcamiento casi vacío, como si de verdad temiera que alguien más, algún vecino conocido, pudiera estar escuchándonos entre los pocos coches aparcados a esa hora.
—Sube al coche —dijo por fin, con la voz bajada de volumen—. No pienso hablar de esto en mitad de un parking, a la vista de cualquiera.
No subí a su coche, un utilitario gris impecablemente limpio que reconocí de otras Navidades, pero sí acepté sentarme con ella en el mío, con las puertas cerradas, el motor todavía apagado y un silencio pesado instalándose entre las dos como si fuera una tercera persona sentada en el asiento trasero, escuchando con atención cada palabra que ninguna de las dos terminaba de pronunciar.
—Tu madre no quería que lo supieras nunca, Elena —dijo Rosario al cabo de un rato larguísimo, mirando fijamente al frente, hacia el parabrisas, evitando en todo momento girarse hacia mí—.
Decía, una y otra vez, que si algún día te enterabas de la verdad, ibas a odiarla para siempre.
Y prefería eso, sinceramente, que tú vivieras toda tu vida sin saber absolutamente nada, a que crecieras odiando a tu propia madre por algo que ni siquiera había sido del todo decisión suya.
—¿Por qué iba a odiarla? Dime la verdad de una vez, tía, por favor.
—Porque no fue solo decisión de un médico cualquiera, ni de un funcionario anónimo, Elena.
Fue decisión de la familia entera. De tu abuelo, sobre todo, por encima de cualquier otra persona.
—Su voz se quebró ligeramente al pronunciar la palabra "abuelo", el padre de ambas, un hombre que yo recordaba solo de manera vaga y difusa, de mi más tierna infancia, como una presencia siempre seria, casi silenciosa, sentada en la cabecera de la mesa durante las comidas de Navidad—.
Tu padre estaba fuera en aquel momento, trabajando en el extranjero durante casi un año entero, cuando tu madre se quedó embarazada de Mateo.
Y las fechas, Elena... las fechas simplemente no encajaban con cuándo tu padre había estado en casa la última vez.
Entendí entonces, con una claridad fría que me recorrió el cuerpo entero de arriba abajo, exactamente lo que Rosario estaba a punto de decirme sin necesidad de que pronunciara ni una palabra más.
—Mateo no era hijo de mi padre.
—No. —Rosario cerró los ojos un momento, como reuniendo fuerzas para continuar—.
Tu abuelo no pudo soportar la vergüenza de aquello, ni las habladurías que se hubieran desatado por todo el pueblo si alguien llegaba a enterarse.
Habló directamente con el doctor Elorza, arregló entre los dos una entrega discreta con una familia de fuera del pueblo, gente de confianza según él, gente que sabría criar bien a un niño y sobre todo guardar el secreto para siempre.
Y a tu madre... a tu madre la obligó a fingir, delante de todo el mundo, que aquello nunca había pasado en absoluto.
Que jamás había existido ese embarazo. Le prohibió incluso hablar de ello conmigo, su propia hermana, aunque yo lo sabía perfectamente, claro que lo sabía, era imposible no darse cuenta de nada viviendo bajo el mismo techo.
—¿Y mi padre? ¿Llegó a saberlo alguna vez, aunque fuera después?
—Nunca, que yo sepa. Volvió del extranjero unos meses más tarde, ya con todo resuelto, y para entonces tu madre ya actuaba con una normalidad perfecta, como si aquellos nueve meses enteros simplemente no hubieran ocurrido jamás en su vida.
Yo creo... —dudó de nuevo, buscando las palabras adecuadas— yo creo que fue precisamente entonces cuando empezó a escribir aquel diario que has encontrado tú ahora.
Creo que necesitaba dejar constancia, en algún sitio aunque fuera secreto, de que Mateo había sido real de verdad, porque en su propia vida diaria, delante de todo el mundo, ya no le quedaba ningún espacio posible donde pudiera seguir siéndolo.
Me quedé mirando el volante frente a mí, incapaz de articular ni una sola palabra durante un buen rato.
La rabia que había sentido hacia mi madre desde el mismo instante en que abrí aquel armario empezó a mezclarse, poco a poco, con algo mucho más complicado de nombrar, algo que se parecía peligrosamente a la pena más profunda.
—Necesito saber qué familia se lo llevó exactamente. Dónde está Mateo ahora, si es que sigue vivo.
Rosario negó con la cabeza, pero esta vez no me dio la sensación de que estuviera mintiendo, sino más bien de que sinceramente no lo supiera ella misma.
—Eso nunca me lo dijeron a mí, Elena, te lo juro.
Fue cosa exclusiva de tu abuelo y del doctor Elorza, arreglado entre los dos a solas, precisamente para que ni siquiera tu madre supiera adónde iba el niño, y no sintiera nunca la tentación de intentar buscarlo en el futuro.
—Me miró entonces, por primera vez desde que habíamos subido juntas al coche, directamente a los ojos, con una intensidad que no le conocía—.
Pero si alguien más lo sabe todavía, aparte del doctor, que ya apenas es capaz de hilar una frase entera dos días seguidos, es la persona que hizo de intermediaria en el pueblo para todo el papeleo necesario.
La misma mujer que sigue viviendo pared con pared con la casa de tu madre desde hace ya más de cuarenta años.
No hizo falta que pronunciara el nombre en voz alta.
Los dos silencios distintos de Pilar —el del teléfono aquella primera noche, y el de esa misma tarde, avisando con tanta urgencia a Rosario para que interrumpiera al doctor Elorza justo a tiempo, en el momento exacto— cobraron de golpe un sentido mucho más oscuro y calculado del que yo había querido, hasta ese preciso instante, otorgarles.