Nadie lo recordará Capítulo 6
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Capítulo 6

Conduje hasta la residencia de Santa Clara con la radio apagada, incapaz de soportar ninguna voz ajena mientras intentaba ordenar las preguntas que quería hacerle a un hombre al que ni siquiera recordaba haber visto nunca en persona, aunque el nombre me sonaba vagamente de alguna conversación adulta escuchada a medias en mi infancia.

El edificio resultó ser bajo, de ladrillo visto, rodeado de un jardín tan perfectamente cuidado, tan simétrico, que en vez de resultar acogedor transmitía una especie de calma artificial, la calma impuesta de los lugares donde se espera que la gente termine sus días sin dar demasiados problemas.

Llamé desde el coche antes de entrar, fingiendo ser una familiar lejana que quería concertar una visita rápida, y una enfermera de voz amable y cantarina me confirmó que el doctor Elorza recibía visitas por las tardes, "aunque hoy está teniendo un buen día, así que aprovechen si pueden venir pronto, que estos días buenos no siempre se repiten".

Colgué con las manos ligeramente sudorosas y entré por la puerta principal, cruzando un vestíbulo que olía a desinfectante y a comida de mediodía recién servida, un olor que me llevó de golpe, sin previo aviso, a aquel fragmento de recuerdo o de sueño de la noche anterior: persianas bajadas, un desinfectante parecido, una voz pidiéndome silencio.

Me recibió en una sala común amplia, con sillones tapizados de flores desgastadas por el uso de décadas y un televisor encendido sin volumen, emitiendo un concurso cuyas imágenes cambiaban sin sentido en el silencio de la sala.

Era un hombre menudo, encorvado dentro de una chaqueta de punto que le quedaba grande, con manos temblorosas y unos ojos, sin embargo, todavía sorprendentemente vivos, alerta, que me miraron con una curiosidad educada, completamente desprovista de cualquier reconocimiento previo.

—Doctor Elorza, soy Elena. Elena Salcedo. Hija de Carmen Salcedo.

Algo cruzó su rostro entonces, apenas un instante, una sombra rápida que desapareció casi antes de que pudiera estar del todo segura de haberla visto de verdad y no imaginado por pura expectativa.

—Carmen —repitió, con una lentitud que sonaba casi a saboreo del nombre, como quien prueba de nuevo un sabor olvidado hace mucho—. Hace mucho tiempo que no oía ese nombre en esta sala. ¿Cómo está?

—Murió hace tres semanas.

—Vaya. —Bajó la vista hacia sus propias manos, entrelazadas sobre el regazo, con los nudillos hinchados por la artrosis—. Lo siento mucho, de verdad. Era una buena mujer, Carmen. Cargó con mucho, esa mujer, mucho más de lo que la mayoría de la gente de este pueblo llegó nunca a sospechar.

—Por eso estoy aquí, doctor. Necesito que me hable de lo que cargó exactamente. De un niño llamado Mateo.

Sus manos, que hasta ese momento solo temblaban con el temblor habitual y constante de la edad, se quedaron completamente quietas durante un instante que se me hizo eterno. Después, muy despacio, casi con pesar, negó con la cabeza.

—No sé de qué me habla, señorita.

—Sí lo sabe, doctor. Pilar me ha contado que usted llevaba "asuntos delicados" de varias familias del pueblo en aquella época, sus propias palabras.

Tengo un diario entero de mi madre hablando de un embarazo con todo lujo de detalles.

Tengo una fotografía de un bebé en el jardín de mi propia casa.

Y tengo un hueco exacto, físico, comprobado esta misma mañana, en el libro de nacimientos del registro civil, justo donde debería estar la partida de nacimiento de Mateo.

Alguien arrancó esa página, doctor Elorza.

Y usted era el médico de este pueblo en aquella fecha concreta.

Se quedó mirando fijamente el televisor apagado de sonido durante un rato tan largo, con la mandíbula apretada, que llegué a pensar que no iba a responderme en absoluto, que quizás su mente ya no era capaz de llegar hasta donde yo necesitaba desesperadamente que llegara esa tarde.

—Su madre me hizo prometerle algo, hace muchos años —dijo al fin, con una voz que había perdido de golpe toda la cordialidad inicial de la bienvenida, volviéndose más grave, más seria—.

Me hizo jurarle que, pasara lo que pasara con el tiempo, nunca le diría a usted la verdad completa de lo que ocurrió.

Decía, y lo repitió varias veces a lo largo de los años, que la verdad completa la destrozaría a usted mucho más que cualquier mentira piadosa pudiera hacerlo jamás.

—Ya me ha destrozado bastante no saberla, doctor. Llevo semanas enteras sin dormir bien, dudando seriamente de mi propia cabeza, con gente de este pueblo mirándome como si yo fuera la que tiene un problema mental, no ellos.

Me miró entonces con algo que se parecía mucho a la compasión genuina, o quizás simplemente al cansancio profundo de quien ha cargado con un peso ajeno demasiado tiempo y empieza, al final de su vida, a no ver ya ninguna razón para seguir cargándolo en solitario.

—Lo que sí puedo decirle, porque eso concretamente no se lo prometí callar de ese modo tan específico, es que Mateo nació sano.

Un parto complicado, largo, pero el niño nació perfectamente sano.

Y que su madre no lo entregó en absoluto por decisión propia, señorita, quiero que le quede eso muy claro. La obligaron a hacerlo.

El aire de aquella sala común pareció volverse de golpe mucho más denso, más difícil de respirar.

—¿Quién la obligó exactamente, doctor?

El doctor Elorza abrió la boca para responder, con una expresión que sugería que por fin estaba dispuesto a soltar algo que llevaba treinta años entero guardado, y en ese preciso instante una enfermera entró en la sala con paso apresurado y visiblemente nervioso, seguida a escasos metros por otra mujer mayor, elegante, que reconocí con una punzada de auténtica sorpresa: mi tía Rosario, la hermana menor de mi madre, a quien no había vuelto a ver desde el mismo día del funeral y con quien apenas había cruzado, desde entonces, un par de frases educadas por teléfono.

—Elena. —La voz de mi tía sonó tensa, casi cortante, muy alejada del tono cálido que recordaba de las comidas familiares de mi infancia—. ¿Se puede saber qué haces tú aquí?

—Tía Rosario. No sabía que tú también...

—El doctor Elorza está muy cansado para recibir más visitas hoy —le dijo a la enfermera, con una autoridad repentina que no le conocía en absoluto, una autoridad que parecía surgida de la nada—. Creo que sería mucho mejor que la señorita se marchara ya mismo.

El anciano médico, que apenas un segundo antes parecía completamente dispuesto a seguir hablando, se hundió de pronto en el sillón floreado, con la mirada perdida otra vez en el televisor mudo, como si la sola llegada de mi tía hubiera apagado en él, de un plumazo, algo que había estado a punto de encenderse del todo.

Mientras la enfermera me acompañaba amablemente hacia la salida, con mi tía Rosario caminando justo detrás de mí, demasiado cerca, casi pisándome los talones, sentí con una claridad absoluta y bastante desagradable que aquella visita suya no había sido, ni de lejos, ninguna coincidencia.

Alguien había avisado a mi tía, con la suficiente urgencia como para hacerla venir corriendo, de que yo estaba precisamente allí, esa misma tarde.

Y solo había una persona en todo el mundo que supiera, con esa precisión, que yo pensaba visitar exactamente esa residencia esa misma tarde: Pilar.