Nadie lo recordará Capítulo 5
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Capítulo 5

No dormí. La casa, que de día solo era un lugar cargado de recuerdos, se volvió de noche un instrumento lleno de ruidos: la caldera que gruñía en el sótano, una contraventana suelta que golpeaba a intervalos irregulares contra la pared, la madera del pasillo crujiendo con esa lentitud con que se enfrían las casas viejas.

Yo conocía todos esos sonidos. Lo raro era que ahora me parecieran voces.

A las dos de la madrugada me rendí y salí de mi antigua habitación descalza, con una manta sobre los hombros.

Había evitado durante días la puerta del final del pasillo, la del dormitorio de mi madre, con la misma obstinación con la que uno evita pisar una baldosa suelta.

Esa noche me quedé delante de ella un buen rato, con la mano en el picaporte, y entré sin encender la luz.

Olía a ella. A colonia de lavanda, a laca, a la humedad dulzona de las cosas guardadas.

La cama estaba hecha con una esquina del cubrecama doblada, como la había dejado antes de ir al hospital, como si pensara volver esa misma noche.

En la mesilla seguían sus gafas de cerca, plegadas encima de un libro de crucigramas con el lápiz atado a un cordel.

Me senté en el borde del colchón y cogí las gafas, y sentí de golpe una ternura tan grande y tan inútil que tuve que respirar hondo un par de veces para no romperme allí mismo.

Entonces me acordé de las migrañas.

Era algo que nunca había examinado, porque de niña uno no examina lo que forma parte del paisaje.

Mi madre tenía migrañas. Eso se sabía en casa como se sabía que el pan se compraba por la mañana: días en que se encerraba en esta misma habitación con las persianas bajadas, y yo tenía que andar de puntillas, y Pilar venía a buscarme para llevarme a su casa a merendar, y a la vuelta mi madre estaba pálida y callada, con los ojos hinchados, y hablaba muy poco durante un par de días.

Me quedé quieta con las gafas en la mano, porque algo acababa de encajar con un chasquido casi audible.

Las migrañas no venían cuando les tocaba.

Venían casi siempre en la misma época. Yo tendría cinco, seis, siete años, y en la memoria de aquellos veranos había una constante que no había visto jamás: agosto.

Cada agosto, por el medio, tres o cuatro días de persianas bajadas.

Cada mes de agosto, alrededor del dieciséis.

Estuve sentada en aquella cama hasta que me dolieron las piernas.

Pensé en mi madre encerrada en esta habitación, sola, mientras a la vuelta de la esquina el resto del mundo celebraba las fiestas del pueblo con verbenas y fuegos artificiales, y pensé que aquellos no habían sido días de dolor de cabeza sino de duelo, un duelo anual, clandestino, sin lápida y sin flores, que ella se había permitido solo una vez al año y detrás de una puerta cerrada.

Y que yo, su hija, la niña de las meriendas en casa de Pilar, había pasado por su lado durante treinta años sin darme cuenta de que se estaba muriendo un poco cada verano de una pérdida que nadie le había dejado nombrar.

Salí de aquel cuarto sin apagar el nudo que llevaba en la garganta y bajé a la cocina a hacerme una infusión que no me tomé. Cuando por fin clareó, me encontré mirando cómo cambiaba de color la ventana sin haber pegado ojo.

· · ·

A las nueve estaba en la plaza. Necesitaba aire, necesitaba comer algo, y sobre todo necesitaba ver caras, aunque no sabía todavía qué esperaba encontrar en ellas.

La panadería de la esquina seguía siendo la misma, con su toldo a rayas y el cartel de "Pan de leña" pintado a mano, y por dentro olía igual que hacía treinta años, a harina y a masa tibia, un olor que me apretó el estómago con hambre y con nostalgia a partes iguales.

Detrás del mostrador estaba Consuelo, que ya despachaba allí cuando yo iba al colegio y que ahora era una mujer rechoncha de pelo blanco, con las gafas colgadas de una cadenita. Me reconoció al instante.

—¡Elena, hija! —Salió de detrás del mostrador con los brazos abiertos y me estrujó contra su delantal—. Ay, mi niña, lo de tu madre... Qué disgusto. Una mujer tan buena, tan callada. Pásate por aquí siempre que quieras, que aquí no te vamos a dejar sola.

Había dos clientes más: una mujer joven con un carrito de bebé y un anciano de bigote amarillento que hojeaba el periódico local junto a la ventana.

Pedí un café con leche y un bollo, y me senté a una de las dos mesitas de mármol del rincón, y durante unos minutos todo fue exactamente lo que parecía: un pueblo pequeño, una mañana fría, una viuda de nadie tomando un café.

Me sentí ridícula, la verdad. Me dije que llevaba una semana viendo fantasmas donde solo había vecinos.

Fui yo quien lo estropeó, y lo hice a propósito.

—Consuelo —dije, en un tono tan casual que me sorprendió—, ¿tú te acuerdas de cuando yo era pequeña? De si mi madre... no sé, de si alguna vez estuvo embarazada. Después de mí, quiero decir.

Fue como si alguien hubiera apretado un botón de pausa.

No exagero. La mujer del carrito dejó de mecer al bebé.

El anciano no volvió la página. Consuelo, que estaba limpiando el mostrador con un paño, siguió limpiando, pero más despacio, con el mismo movimiento circular sobre el mismo punto de mármol, como si de repente hubiera olvidado cómo se paraba.

—¿Embarazada? —Soltó una risa corta y falsa—. Ay, hija, qué cosas tienes. Tu madre era muy reservada, ya lo sabes. Nunca contaba nada.

—Ya. Pero tú la veías cada día. Si hubiera estado embarazada, te habrías dado cuenta.

—Eso hace muchísimo tiempo, Elena. Una ya no se acuerda de nada. —Dejó el paño y me puso delante, sin que se lo pidiera, un plato con una napolitana de crema que no había encargado—. Toma, invita la casa. Que estás muy flaca, criatura.

Era una manera amable, casi maternal, de cerrar una puerta. La reconocí porque la había visto usar mil veces con otros, con cualquiera que preguntara demasiado por algo que en ese pueblo se decidía no preguntar. Nunca me había tocado a mí.

El anciano se levantó entonces, dobló despacio el periódico, dejó unas monedas sobre la mesa y pasó a mi lado camino de la puerta. No me miró. Pero al cruzar, sin detener el paso y sin girar la cabeza, murmuró tan bajo que casi no lo oí:

—Déjalo estar, criatura.

La campanilla de la puerta tintineó a su espalda.

La mujer del carrito se marchó también, con una prisa que no tenía ninguna razón de ser para alguien que había entrado hacía cinco minutos a comprar una barra de pan.

Y yo me quedé sola en la panadería con Consuelo, que había vuelto a su paño y a su punto de mármol con la vista clavada en el mostrador, y con un bollo de crema que ya no me cabía en el estómago.

Pagué el café aunque no quiso cobrármelo, dejé el dinero encima del plato, y salí a la plaza a respirar.

Fue al cruzar la calle cuando, por un impulso absurdo, me giré a mirar el escaparate de la panadería.

Consuelo había cogido el teléfono del mostrador.

Con una mano sujetaba el auricular contra la oreja y con la otra se tapaba la boca, en un gesto rápido, de esos que uno hace para que no se lean sus palabras desde fuera.

Me estaba mirando a través del cristal, y en cuanto vio que yo la miraba a ella, se dio la vuelta.

No supe a quién estaba llamando. Pero comprendí, con una claridad que me dejó las manos frías, que en aquel pueblo mi pregunta acababa de viajar más deprisa que yo.