Nadie lo recordará Capítulo 4
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Capítulo 4

No llamé antes de ir. Si volvía a marcar su número, Pilar tendría tiempo de sobra para prepararse, para ensayar otra respuesta perfectamente calibrada, otro "tu madre tenía mucha imaginación" pulido hasta la perfección con la misma naturalidad tranquilizadora de la noche anterior.

Prefería, en cambio, presentarme sin avisar y ver su cara en el instante exacto en que le pusiera la fotografía delante, sin darle tiempo a decidir de antemano qué expresión poner.

Su casa estaba a menos de treinta metros de la de mi madre, la misma distancia de siempre, calculada tantas veces con mis propios pasos infantiles cuando corría descalza por el jardín en busca de azúcar prestado, o simplemente de compañía, en aquellas tardes en que mi madre "tenía migraña" y se encerraba en su habitación con las persianas bajadas durante horas.

El camino me resultó tan familiar que lo recorrí casi sin mirar, con la fotografía apretada en el puño dentro del bolsillo del abrigo, como si necesitara sentir su borde rígido contra los dedos para no perder el valor por el camino.

Pilar abrió la puerta con un delantal de flores puesto, oliendo a caldo recién hecho, y una expresión de bienvenida que se le desmoronó visiblemente en cuanto me vio de pie, sin avisar, con una cara que debía de dejar bastante claro que aquello no era una visita de cortesía.

—Elena. No esperaba... —Se recompuso a medias, intentando sostener el tono habitual—. Pasa, pasa, ¿quieres un café? Tengo bizcocho recién hecho, si te apetece.

—No quiero café, Pilar. Ni bizcocho. Quiero que mires esto.

Le puse la fotografía en la mano antes de que pudiera decidir siquiera si dejarme entrar formalmente o despacharme en la puerta con otra evasiva amable.

La vi mirarla, y vi también, con una claridad que no dejaba lugar a dudas, el instante exacto en que reconoció lo que tenía delante: un parpadeo demasiado lento para ser casual, una mano que apretó el borde blanco de la foto un poco más de lo que un simple gesto reflejo hubiera justificado.

—¿De dónde has sacado esto?

—Del armario de mi madre. Junto con un diario donde habla de un embarazo, de un niño, de un nombre completo.

Y hoy he estado en el registro civil, Pilar.

Falta una página entera del libro de nacimientos.

Justo la de esa fecha exacta. Alguien la arrancó a propósito, con cuidado, sin dejar ningún acta de corrección detrás.

Pilar cerró los ojos un segundo, un gesto breve pero completo, como si le acabara de confirmar en voz alta algo que llevaba treinta años entero temiendo que un día llegara a su puerta.

—Entra. Esto no se habla en la puerta de casa, con los vecinos pasando.

Me hizo pasar a una cocina pequeña que olía a guiso de lentejas mezclado con lejía, esa combinación tan particular de olores que llevaba asociada a toda mi infancia sin haberlo pensado nunca conscientemente hasta ese preciso instante.

Se sentó pesadamente en una silla, apoyando ambas manos sobre la mesa de formica, y por primera vez desde que la conocía, mucho más de treinta años, la vi parecer verdaderamente vieja, no solo mayor: vieja de un modo cansado, vencido, como si algo dentro de ella se hubiera rendido de golpe.

—Tu madre pasó por algo muy duro, Elena. Mucho más duro de lo que tú puedas siquiera llegar a imaginar ahora mismo, sentada ahí.

—Cuéntamelo, entonces. Ayúdame a imaginarlo, porque llevo días imaginando cosas mucho peores por tu silencio.

—No es tan sencillo. —Se frotó las manos, un gesto nervioso, casi compulsivo, que yo recordaba vagamente de las pocas veces en mi infancia en que algo la había preocupado de verdad, más allá de lo cotidiano—.

Hice una promesa, Elena. Y las promesas que se hacen a los muertos pesan mucho más que las que se hacen a los vivos, aunque ahora mismo, con lo enfadada que estás, no te lo parezca en absoluto.

—Pilar, tuve un hermano. Se llamaba Mateo.

Existió de verdad, no es ninguna fantasía mía ni de mi madre.

Hay una fotografía suya en tus manos ahora mismo, hay un diario entero dedicado a él, hay un hueco físico, real, sellado, en un libro oficial del ayuntamiento, justo donde debería estar su partida de nacimiento.

Lo único que no hay, en todo este pueblo, es una sola persona dispuesta a decirme qué le pasó de verdad.

Ella tardó tanto en responder que llegué a pensar, durante unos segundos eternos, que se había arrepentido por completo de haberme dejado entrar en su casa.

—Lo que sí puedo decirte —dijo por fin, muy despacio, escogiendo cada palabra con el cuidado de quien camina sobre una capa de hielo que no sabe si va a aguantar su peso— es que tu madre no hizo nada de lo que tú puedas estar imaginando ahora mismo, sea lo que sea que estés pensando.

No fue cruel, Elena. Nunca fue cruel. Fue...

—buscó la palabra correcta durante un instante, con los ojos entrecerrados— fue una decisión que la destrozó por dentro durante el resto de su vida, y que tomó, o mejor dicho que la obligaron a tomar, pensando que así te protegía a ti. Solo a ti, únicamente a ti.

—¿Protegerme de qué exactamente?

—Eso no puedo dártelo yo, cariño, aunque me lo estés pidiendo con esa cara. No me corresponde a mí ser quien te lo cuente con todo detalle.

—¿Entonces a quién le corresponde, Pilar? ¡Mi madre está muerta! Si tú no me lo dices, después de todo lo que has sabido siempre, ¿quién queda ya en este pueblo capaz de contarme la verdad completa?

Se levantó con esfuerzo, apoyándose en el borde de la mesa, y fue hasta la ventana de la cocina, quedándose allí de pie, mirando hacia la casa de mi infancia visible al otro lado del jardín, como si pudiera ver a través de sus paredes de piedra algo que llevaba tres décadas enteras enterrado en su interior sin que nadie se atreviera a removerlo.

—Había un médico —dijo al fin, sin darse la vuelta hacia mí, con la voz dirigida más al cristal de la ventana que a mi persona—.

El doctor Elorza. Llevaba la consulta del pueblo en aquella época, y también, digamos, algunos asuntos más delicados de varias familias importantes de por aquí.

Si alguien en este mundo sabe todavía la parte que a mí no me corresponde contarte, es él, y solo él.

—¿Sigue vivo?

—Vive en la residencia de Santa Clara, en la carretera del río, a unos veinte minutos de aquí.

Ya no está muy... —dudó, buscando una palabra que no sonara demasiado cruel— muy entero, si me entiendes lo que quiero decir.

Pero tiene días mejores que otros, y en sus buenos días todavía recuerda cosas de hace décadas con una precisión que asusta.

Salí de aquella cocina con una dirección concreta, un nombre propio, y la sensación incómoda, casi física, de que Pilar acababa de entregarme exactamente la información mínima necesaria para que dejara de presionarla directamente a ella, desviando toda la responsabilidad hacia un anciano frágil que quizás ni siquiera fuera capaz de sostener una conversación coherente.

Al llegar a la puerta de la calle, ya con la mano puesta en el pomo frío, algo se movió de golpe dentro de mi cabeza, una imagen difusa que no supe identificar como un recuerdo real o como algo que mi propia mente estaba fabricando a partir de todo lo que había escuchado esa misma tarde: una habitación con las persianas completamente bajadas, el olor inconfundible de un desinfectante hospitalario, y una voz de mujer —¿la de mi madre, tal vez?

— diciéndome muy bajito, casi en un susurro, que me quedara quieta, que no dijera absolutamente nada, que todo aquello no era más que un sueño y que los sueños, como todo el mundo sabe, se olvidan en cuanto uno se despierta del todo.

Me quedé parada en el umbral de la casa de Pilar durante un buen rato, con el corazón latiéndome con fuerza como si acabara de correr varios kilómetros seguidos, preguntándome por primera vez desde que había abierto aquel maldito armario si la persona que menos recordaba de toda esta historia, al final, no sería en realidad yo misma.