Capítulo 3
Caminé hasta el ayuntamiento en vez de coger el coche, aunque hacía frío y el cielo amenazaba lluvia, porque necesitaba ese cuarto de hora a pie para ordenar lo que iba a decir, para practicar mentalmente una frase que sonara razonable y no como lo que en realidad era: una mujer que acababa de enterrar a su madre presentándose a preguntar por un hermano que, según todos los registros de su propia memoria, jamás había existido.
Reconocí cada esquina del trayecto, cada fachada, algunas remozadas, otras exactamente iguales a como las recordaba de cuando volvía del colegio con la mochila a rastras, y aquella familiaridad, en vez de tranquilizarme, hizo que todo lo que estaba a punto de descubrir me pareciera todavía más invasivo, como si el pueblo entero llevara treinta años guardando un secreto justo debajo de las mismas piedras que yo había pisado toda mi infancia sin sospechar nada.
El registro civil ocupaba la planta baja del ayuntamiento, un edificio que en mi infancia me había parecido enorme, casi solemne, y que ahora, treinta años después, resultaba ser apenas más grande que el salón de casa de mis padres, con ese olor particular a papel viejo y a cera para muebles que parecen tener todos los edificios públicos de los pueblos pequeños.
La funcionaria que atendía la ventanilla no debía de tener más de treinta años, con una coleta tirante y unas gafas de pasta que le resbalaban continuamente por la nariz; era imposible que hubiera trabajado allí en la fecha que a mí me interesaba, lo cual, de algún modo absurdo, me tranquilizó un poco: al menos no tendría que ver en su cara ningún reconocimiento incómodo, ninguna sombra de complicidad antigua.
—Buenos días. Quería consultar un registro de nacimiento, de hace unos treinta años.
—¿Es suyo el nacimiento? —preguntó, sin levantar todavía la vista del ordenador.
—No. Sería el de un hermano. O eso creo.
Esta vez sí levantó la vista, con una curiosidad neutra, profesional, la de alguien que ha oído a lo largo de los años peticiones bastante más raras que esa, gente buscando papeles de abuelos desaparecidos en la guerra, herencias enredadas, apellidos que no encajaban.
—¿Nombre completo y fecha aproximada?
—Mateo... —Me di cuenta, con una punzada absurda de vergüenza, de que no sabía el apellido con certeza.
Por supuesto que sería el mismo que el mío, el apellido de mi madre, pero decirlo en voz alta, delante de una desconocida, como si fuera un dato administrativo cualquiera, me costó bastante más de lo que había previsto—.
Mateo Salcedo Vidal. Nacería en agosto, hace unos treinta o treinta y un años. No tengo el día exacto.
Tecleó durante un rato que se me hizo demasiado largo, con esa lentitud tranquila de quien no sospecha todavía que está a punto de tropezar con algo importante.
Frunció el ceño de una manera que no me gustó nada, ese pequeño gesto involuntario que precede a un "no encuentro nada" en cualquier ventanilla del mundo.
—No me sale nada con ese nombre en esas fechas, en esta localidad.
—¿Podría ser que estuviera mal archivado? ¿O que se hubiera registrado en otro sitio, en otro municipio?
—Podría ser, sí, pasa más de lo que la gente cree, sobre todo con los libros más antiguos, que todavía no están todos digitalizados del todo.
Hay huecos, errores de trascripción, cosas así.
—Se levantó, alisándose la falda—. Espere un momento, voy a mirar en el archivo físico.
Esos años concretos los tenemos todavía en papel, en el sótano.
Se fue durante lo que a mí me pareció media hora larga, aunque el reloj de pared, uno moderno, sin ningún retraso simbólico como el de casa de mi madre, marcaba que en realidad habían sido apenas once minutos.
Me quedé de pie frente al mostrador, sin atreverme a sentarme en la única silla disponible, con la fotografía de Mateo pesándome en el bolsillo interior de la chaqueta como si pudiera notarse a través de la tela.
Cuando volvió, traía entre los brazos un libro encuadernado en tapa dura, marrón oscuro, con el lomo agrietado por el paso del tiempo y las esquinas ligeramente desgastadas, abierto ya por una página que había marcado con el dedo índice, en un gesto que revelaba cierta prisa por confirmar algo.
—Aquí está el libro de nacimientos de ese agosto —dijo, girándolo hacia mí sobre el mostrador de madera desgastada—. Mire, están todos correlativos por fecha, uno detrás de otro, sin ningún hueco previsto. Este es el 14 de agosto, este el 15, este el 17...
Seguí con el dedo la hilera de nombres, de fechas manuscritas, de firmas ya desvaídas por el tiempo hasta convertirse en trazos casi ilegibles.
Ahí estaba el 15 de agosto, con dos nacimientos anotados.
Y ahí, justo después, sin transición, el 17.
No había ningún 16 de agosto en aquel libro, ni un solo nombre, ni una sola línea.
La página correspondiente a esa fecha, si es que alguna vez había existido tal y como debería, sencillamente no estaba.
—Falta una página —dije, y me sorprendió lo tranquila que sonó mi propia voz, en marcado contraste con lo que sentía por dentro, un vértigo repentino que me subió desde el estómago hasta la garganta.
La funcionaria se inclinó a mirar de cerca, pasando el dedo por el lomo interior del libro, justo por el punto donde debería haber estado esa hoja, palpando el pequeño resto de papel que quedaba pegado a la costura.
—Tiene razón. —Su tono cambió de golpe, se volvió más cauto, más formal, el tono de alguien que empieza a intuir que está pisando algo que ya no le corresponde a ella resolver sola—.
Esto es muy raro. No debería faltar ninguna página de este libro, señora, estos registros están sellados y foliados precisamente para que esto no pueda pasar nunca.
—¿Puede pasar de todos modos? ¿Que falte una hoja entera, así, sin más?
—No debería, insisto. —Cerró el libro con un cuidado casi exagerado, como si de repente le preocupara estar dañando ella misma una prueba importante—.
Mire, esto tendría que consultarlo con el registrador titular, que solo viene los martes y jueves.
Puedo pedirle que revise si hay alguna anotación al margen en otros libros, algún acta de subsanación, algo que explique de manera oficial la falta.
A veces se hacían correcciones de ese tipo hace décadas, arrancando la hoja considerada errónea y añadiendo el acta corregida al final del volumen, con su correspondiente sello.
—¿Y si no hay ningún acta de corrección en ningún sitio?
Ella no contestó enseguida. Cuando por fin lo hizo, evitó mirarme directamente a los ojos, ocupándose en cambio de anotar mi número de teléfono en un papelito, con una letra pequeña y apretada que delataba cierto nerviosismo repentino.
—Entonces alguien arrancó esa página a propósito, señora, y eso ya no es un tema administrativo que me corresponda a mí. Eso es directamente un delito.
Salí del ayuntamiento con el sol ya alto de mediodía dándome de lleno en la cara, deslumbrándome un instante, y una sensación extraña instalada en el pecho, a medio camino entre el vértigo y un alivio que me costó reconocer como tal.
Vértigo, porque cada nueva pieza que encontraba confirmaba, capa tras capa, que no estaba imaginando absolutamente nada de aquello.
Alivio, porque por primera vez desde que había abierto la libreta azul, tenía delante algo que ya no dependía únicamente de mi propia memoria, de mi propia palabra contra la de un pueblo entero: un libro oficial, sellado, foliado, con un hueco exacto justo donde debería estar la prueba física de que Mateo había existido.
Alguien se había tomado la molestia, décadas atrás, de borrarlo del registro civil con sus propias manos.
Y quien fuera que lo hubiera hecho tenía que haber tenido acceso directo a ese despacho concreto, a ese libro concreto, a esa página muy concreta, un acceso que no estaba al alcance de cualquiera en un pueblo tan pequeño.
Caminé de vuelta más despacio de lo necesario, dejando que el sol me diera de lleno, pensando en mi madre, sola en esta misma calle treinta años atrás, entrando quizá por esta misma puerta con un bebé recién nacido en brazos, y saliendo después, algún tiempo más tarde, sin ningún rastro visible de él salvo un diario que había terminado escondiendo en el fondo de un armario, como si una parte de ella —la parte que había escrito con tanto detalle sobre unos deditos apretados y enfadados con el mundo— no hubiera sido capaz, al final, de borrarlo del todo, aunque su padre, su marido, su propio pueblo, sí lo hubieran conseguido.
Y pensé en Pilar. En su silencio incómodo al teléfono la noche anterior.
En que llevaba viviendo puerta con puerta con mi familia desde antes incluso de que yo naciera, viendo entrar y salir a todo el mundo de aquella casa durante décadas, y en que, casi con toda seguridad, sabía exactamente qué le había pasado a esa página arrancada mucho, mucho antes de que a mí se me ocurriera siquiera empezar a preguntarlo.