Capítulo 2
No me fui a dormir. Bajé a la cocina, encendí la luz del extractor porque me pareció demasiado brusco encender el fluorescente central, y me serví una copa de un vino que probablemente llevaba años en la bodega de mi madre, guardado para alguna ocasión especial que nunca llegó a celebrarse.
Me senté a la mesa con la libreta azul delante, sin tocarla, mirándola como si fuera un animal que pudiera atacarme si le daba la espalda.
Intenté ser razonable conmigo misma, aplicando ese ejercicio mental que había practicado tantas veces en mi trabajo, en mis relaciones, en cualquier situación que amenazara con desbordarme: buscar la explicación más plausible antes de asumir la más alarmante.
Mi madre había tenido depresión después de que muriera mi padre, cuando yo tenía apenas nueve años.
Recordaba, de forma difusa, a los médicos hablando de "episodios", de "pensamiento mágico", de una época en la que apenas salía de su habitación y yo pasaba las tardes en casa de Pilar sin entender del todo por qué.
Era perfectamente posible —me dije, sirviéndome una segunda copa que no necesitaba pero que me ayudaba a mantener las manos ocupadas— que hubiera tenido un embarazo real que terminó mal, un aborto espontáneo, una pérdida temprana, y que su mente, incapaz de procesar aquel dolor de frente, hubiera construido después toda una narrativa paralela, una historia completa con nombre y fechas, como una manera de darle un final distinto a algo que en la realidad no lo había tenido.
Había leído en algún sitio, hacía años, que existía ese tipo de duelo: gente que llenaba cunas vacías con nombres, con aniversarios, con una vida entera que nunca llegó a existir fuera de su cabeza. Tenía sentido. Casi tenía sentido.
Casi me lo creí del todo, aferrándome a esa explicación con la misma desesperación con la que uno se aferra a un salvavidas cuando el mar empieza a parecer más profundo de lo esperado.
Casi, hasta que volví a abrir la libreta, esta vez a propósito, y llegué otra vez a la última página escrita, la que tenía la tinta hundida en el papel de un modo que ya no me parecía casual, y releí aquella frase que no dejaba ningún espacio para la ambigüedad cómoda de un duelo mal gestionado.
Ya está. Se acabó. Nadie lo recordará. Ni siquiera ella.
Eso no era el lenguaje de alguien llorando un hijo imaginario, ni el de alguien reescribiendo una pérdida para sobrevivirla. Era el lenguaje de alguien que acababa de terminar una tarea concreta, desagradable, necesaria según su propio criterio, y que quería dejar constancia de que se había hecho.
Llamé a David a las once de la noche, sabiendo que a esa hora estaría todavía despierto, viendo alguna serie con el volumen más alto de lo razonable porque decía que el silencio de nuestro piso, sin mí, le ponía nervioso.
—¿Cómo ha ido el día? —preguntó, con esa voz relajada de quien no espera oír nada peor que un "cansada, pero bien".
Le conté lo del armario, lo de la libreta, lo de Mateo.
Se lo conté todo, sin editar nada, incluida la llamada a Pilar, incluido aquel silencio suyo al otro lado del teléfono que todavía sentía pegado a la piel como un frío que se resistía a irse, más frío incluso que el que hacía en aquella cocina a esas horas de la noche.
—A ver, Elena. —Su voz adoptó ese tono que usaba cuando quería sonar cariñoso y sereno al mismo tiempo, y que a mí, esa noche concreta, me sonó sobre todo a condescendencia disfrazada de cuidado—.
Tu madre acaba de morir. Estás sola en la casa donde creciste, rodeada de sus cosas, sin apenas haber dormido en dos días.
Es completamente normal que cualquier cosa rara que encuentres ahora mismo te parezca el fin del mundo.
—No es una cosa rara, David. Es un diario de embarazo entero, con mi nombre escrito en él como la opción B por si el bebé resultaba ser niña.
—¿Y no crees que quizás fuiste tú? Quiero decir... ¿y si ese diario es sobre ti, y en algún punto lo escribió como si fuera de otra persona, o le puso otro nombre al principio y luego...?
—Se llama Mateo, David. No Elena con otro nombre. Habla de un niño. De "él". De unos deditos "apretados como si ya estuviera enfadado con el mundo". No se refiere a una niña que resultó ser yo. Y hay una entrada final, meses después, que no tiene nada que ver con ningún parto feliz.
Se quedó callado un momento, ese tipo de silencio que en David siempre significaba que estaba reformulando la estrategia, buscando el siguiente argumento razonable, y no que estuviera escuchando de verdad lo que yo intentaba decirle.
—Vale, mira, sea lo que sea, mañana lo vemos con más calma, ¿de acuerdo? Ahora mismo llevas encima el funeral, el viaje, la casa entera, la falta de sueño... no es el mejor momento para sacar conclusiones sobre nada.
Colgué sin discutir más, porque discutir con David cuando decidía ponerse en modo razonable era como discutir con una pared que además te quería bien: agotador e inútil a partes iguales.
Me quedé un rato con el teléfono en la mano, mirando la pantalla ya apagada, sintiendo una soledad muy concreta y muy específica, distinta a la del duelo: la de saber que tenías razón sobre algo importante y que nadie a tu alrededor estaba todavía dispuesto a dártela.
Esa noche dormí, o lo intenté, en mi antigua habitación, porque no soporté la idea de meterme en la cama de mi madre, y porque la habitación de invitados olía a humedad acumulada de meses cerrada.
Mi cuarto seguía casi intacto: los pósters descoloridos de grupos que ya ni siquiera recordaba haber escuchado con pasión, la estantería con los libros de instituto ordenados por asignatura, el edredón de flores que odiaba a los quince años y que ahora, de adulta, me pareció extrañamente reconfortante.
Todo aquello funcionaba como un pequeño museo dedicado a una versión de mí misma que ya no reconocía del todo, congelada en un momento anterior a cualquiera de las preguntas que ahora me quitaban el sueño.
Tuve un sueño extraño, de esos que se deshacen en cuanto uno intenta atraparlos con palabras nada más despertar, dejando solo fragmentos sueltos, sensaciones sin narrativa.
Recuerdo un pasillo que no era exactamente el de esta casa, más largo, más oscuro.
Recuerdo una puerta que en la vida real no existía en ningún punto de este edificio.
Recuerdo, sobre todo, una sensación muy física, casi táctil: la de tener algo en brazos, un peso pequeño y cálido apretado contra el pecho, y la certeza absurda, propia solo de los sueños, de que tenía que proteger aquello de algo que venía subiendo desde el piso de abajo, algo que no llegaba a ver pero cuya presencia sentía con total nitidez.
Me desperté de golpe a las seis de la mañana, con el corazón acelerado y el pijama ligeramente húmedo de sudor, con una idea muy clara instalada en la cabeza, tan clara que por un instante me pareció que también la había soñado: tenía que ir al registro civil en cuanto abrieran sus puertas.
Antes de eso, sin embargo, algo me empujó a revisar el resto de las cajas del armario, como si una parte de mí supiera que la libreta no iba a ser el único hallazgo de esa mañana.
En una de ellas, debajo de un montón de fotografías ya conocidas —yo el primer día de colegio, con el flequillo torcido y la mochila demasiado grande; yo soplando las velas de un pastel de cumpleaños, con más velas de las que en realidad me correspondían por edad; mis padres el día de su boda, jóvenes y sonrientes de un modo que a mí ya me costaba reconocer en ellos—, encontré un sobre marrón sin ningún nombre escrito, cerrado con un cordel que se deshizo casi solo en cuanto lo toqué, como si llevara demasiado tiempo esperando a que alguien tirara de él.
Dentro había una única fotografía, de las antiguas, de esas con el borde blanco y ondulado que ya casi nadie revela en papel.
Estaba movida, mal enfocada, como tomada deprisa por alguien nervioso, o por alguien que en el fondo no quería que saliera bien del todo.
Se veía el jardín trasero de la casa, con el mismo columpio metálico y oxidado que, comprobé después con una punzada extraña, seguía allí, en el mismo sitio exacto, treinta años después.
Y en el columpio, sostenido por unos brazos que el encuadre cortaba justo por encima del codo, había un bebé.
No podía distinguirle bien la cara —el movimiento de la cámara la había convertido en una mancha borrosa, casi abstracta—, pero sí distinguía con claridad el gorrito azul, las manitas cerradas en dos puños diminutos, la forma exacta en que el cuerpecito se apretaba contra quien lo sostenía, como buscando calor.
Le di la vuelta a la fotografía con dedos que ya no estaban del todo firmes. En el reverso, con la misma letra inclinada del diario, alguien había escrito una sola palabra y una fecha.
Mateo. Agosto.
No había año. No hacía falta que lo hubiera.
Yo ya sabía, con la misma certeza fría con la que había sabido la noche anterior que no tenía ningún hermano, que aquel agosto encajaba con una precisión casi matemática en el hueco de nueve meses que separaba la primera entrada del diario de un parto perfectamente calculable.
Guardé la foto en el bolsillo interior de la chaqueta, pegada al cuerpo, como si fuera algo que pudiera desvanecerse si la dejaba a la vista un segundo de más, y bajé a la cocina a prepararme un café que sabía, desde el primer sorbo, que no iba a terminar.
Tenía que estar en el registro civil en cuanto abrieran sus puertas.
Y antes de eso, mientras el café se enfriaba sin que yo le prestara atención, tenía que decidir algo igual de importante: si le contaba a alguien más lo de la foto, o si esta vez me guardaba la prueba solo para mí, hasta saber con certeza en quién podía confiar dentro de un pueblo que, por lo visto, llevaba treinta años entero guardando con mucho cuidado el mismo secreto exacto.