Nadie lo recordará Capítulo 1
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Nadie lo recordará

Nadie lo recordará

Por Juan Jose Diaz

© inepub.com

Capítulo 1

La casa olía igual. Eso fue lo primero que me sorprendió al cruzar la puerta: trece años fuera y el aire seguía oliendo a cera de muebles y a algo dulce que nunca supe identificar, una mezcla de membrillo y madera vieja que llevaba toda la vida asociando a las tardes de invierno, a los deberes hechos en la mesa de la cocina, a una infancia que hasta ese momento me había parecido perfectamente ordinaria.

Era como si mi madre solo hubiera salido a comprar el pan y fuera a volver en cualquier momento, quejándose de que había dejado las persianas bajadas, de que el salón se había quedado a oscuras como una cueva.

Dejé la maleta en el recibidor, junto al paragüero de cerámica azul que llevaba allí desde que yo tenía memoria, con las mismas dos sombrillas rotas que nadie se había molestado nunca en tirar.

El espejo del pasillo, ligeramente combado por un lado, me devolvió una imagen cansada: ojeras de dos noches sin dormir bien, el pelo recogido de cualquier manera, la ropa arrugada del vuelo y del funeral.

Encima del espejo, el reloj de pared seguía marcando la misma hora atrasada de siempre, esos cinco minutos de retraso que mi padre nunca llegó a corregir y que, después de su muerte, mi madre convirtió en una especie de superstición doméstica: "si lo arreglamos, algo se rompe", decía, y nadie en la familia se atrevió jamás a llevarle la contraria a un reloj.

No lloré en el funeral. Me había pasado la ceremonia entera concentrada en detalles absurdos —el ramo de flores mal atado, el cura que pronunciaba mal el apellido de mi madre, la corbata torcida de un primo lejano— como si mi cerebro hubiera decidido, por su cuenta, que enfocarse en cualquier cosa que no fuera el ataúd era la única manera de mantenerme en pie.

Lloré ahora, en cambio, de pie en ese recibidor silencioso, con la casa entera respirando a mi alrededor como si todavía esperara que alguien encendiera la radio de la cocina o pusiera la tetera al fuego.

Me di veinte minutos de duelo. Los conté, literalmente, mirando el reloj de pulsera que mi madre me había regalado al cumplir los treinta, porque necesitaba un límite, una frontera clara entre el derrumbe y la funcionalidad.

Después me sequé la cara con la manga del abrigo y me puse a trabajar, porque trabajar era lo único que sabía hacer de verdad con el dolor: convertirlo en tareas, en listas, en cajas que había que llenar y vaciar.

Había que decidir qué hacer con la casa —venderla, alquilarla, quizás quedármela como un extraño museo de mi propia infancia—, y sobre todo había que decidir qué hacer con cuarenta años de vida acumulada en armarios, cajones y estanterías que ya nadie iba a volver a abrir salvo yo.

Empecé por el armario del pasillo, el más grande, el de las cajas que nadie quiere abrir después de un funeral porque siempre esconden la ropa que el muerto ya no necesitará, los papeles que documentan una vida entera reducida a facturas y garantías caducadas.

Saqué la primera caja con una mezcla de determinación y cansancio, y me senté en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, dispuesta a hacer aquello con la misma disciplina fría con la que había hecho todo lo demás desde que había recibido la llamada del hospital.

Ropa de invierno que ya no olía a ella, aunque durante un segundo, al desdoblar un jersey gris, creí percibir un resto de su perfume, tan tenue que probablemente me lo inventé.

Facturas de la luz de hacía una década, dobladas con esa meticulosidad que mi madre aplicaba a todo lo administrativo, como si el mundo pudiera desmoronarse en cualquier momento salvo el orden de sus carpetas.

Un rosario de cuentas de madera oscura que no recordaba que rezara nunca, ni siquiera en Navidad, y que sin embargo debía de significar algo para ella, porque estaba guardado aparte, envuelto en un pañuelo de seda que sí reconocí: se lo había puesto en la boda de una prima, hacía casi veinte años.

Y, al fondo del todo, en el rincón más oscuro del armario, envuelta con cierto cuidado en un jersey de lana verde que sí reconocí de inmediato —se lo puso durante años, hasta que las polillas le abrieron un agujero en la manga izquierda que ella siempre se empeñó en tapar con un imperdible en vez de tirarlo—, encontré una libreta de tapas azules que jamás había visto en mi vida.

No era una libreta cualquiera. Tenía el lomo desgastado de haber sido manejada muchas veces, las esquinas ligeramente curvadas hacia arriba, el tipo de objeto que uno guarda no por accidente, sino porque le importa demasiado como para tirarlo y, al mismo tiempo, demasiado poco cómodo como para dejarlo a la vista.

La abrí esperando encontrar una lista de la compra atrasada, alguna receta de croquetas escrita a mano con la letra apretada que mi madre usaba para lo doméstico, algo sin ninguna importancia que pudiera cerrar y tirar sin sentir ningún remordimiento, sumándolo sin más al montón de objetos que ya había descartado esa tarde.

15 de marzo. Hoy se movió por primera vez. Ana dice que es pronto para sentirlo, que a las catorce semanas es imposible, pero yo lo noto, un aleteo bajo las costillas, como si supiera que estoy aquí, esperándolo.

Me quedé mirando la frase durante un buen rato, como si releerla pudiera cambiar su significado.

Volví a leer la fecha, después el texto entero, una vez, dos veces, buscando algún indicio de que aquello fuera una broma, una copia de una novela, cualquier explicación que no implicara lo evidente.

Pasé la página, convencida de que en algún momento encontraría el chiste, la explicación razonable, algo que le devolviera a aquel cuaderno la inocuidad de una lista de la compra.

No lo encontré. Solo encontré más.

Semanas enteras narradas con la letra de mi madre —esa letra inclinada hacia la izquierda que firmaba mis notas del colegio, que escribía las etiquetas de los tarros de mermelada casera, que yo hubiera reconocido entre miles— describiendo náuseas matutinas, antojos concretos de naranja a las tres de la madrugada, una ecografía en la que, según sus propias palabras, "se le veían los deditos de la mano, apretados, como si ya estuviera enfadado con el mundo".

El nombre que había elegido si era niño: Mateo.

El nombre que tenía preparado, por si acaso, si era niña, y que finalmente nunca llegó a necesitar: Elena.

Me quedé mirando mi propio nombre escrito en esa página, en aquella letra tan familiar, como si perteneciera a otra persona completamente distinta, a una vida paralela que no era la mía y que sin embargo llevaba mi nombre puesto como una etiqueta equivocada.

Yo no tenía ningún hermano. Lo sabía con la misma certeza tranquila con la que sabía mi propio número de teléfono, el camino exacto hasta mi antiguo colegio, el sonido particular que hacía la puerta de esta misma casa al cerrarse de golpe con el viento.

No era el tipo de cosas que uno puede equivocar, ni siquiera después de treinta y un años, ni siquiera en el estado de duelo y desorientación en el que me encontraba esa tarde.

Seguí leyendo, ya sin poder detenerme, pasando páginas cada vez más deprisa, hasta llegar a una entrada fechada seis meses después de la primera.

La letra cambiaba de manera visible. Ya no era la letra cuidada y algo ilusionada de las páginas anteriores, sino unos trazos más rápidos, más hundidos en el papel, como si la mano que sostenía el bolígrafo hubiera apretado con mucha más fuerza de la necesaria, casi rasgando el papel en algunos puntos.

Ya está. Se acabó. Nadie lo recordará. Ni siquiera ella.

Cerré la libreta de golpe, con un movimiento tan brusco que el aire desplazado me llegó a la cara, como si las palabras pudieran seguir haciéndome daño con las tapas abiertas, como si cerrarla físicamente pudiera devolver aquella frase al silencio del que acababa de sacarla.

Me quedé sentada en el suelo del pasillo durante un rato que no supe calcular con exactitud, con la espalda apoyada contra el armario y las piernas dobladas contra el pecho, escuchando el reloj atrasado cinco minutos marcar un tiempo que, en aquel momento, ya no significaba absolutamente nada.

Pensé en llamar a David, mi pareja, y decirle simplemente: he encontrado algo raro , y dejar que él, con su tono siempre razonable, le quitara importancia enseguida, como hacía casi con todo, una forma de cariño tranquilo que a veces, sobre todo esa tarde, se parecía demasiado a no escuchar del todo.

En vez de eso, marqué otro número, el único que me quedaba de verdad de aquella época en el pueblo: la única persona que llevaba viviendo en la casa de al lado desde antes incluso de que yo naciera, que me había cuidado tantas tardes de infancia que a veces la confundía, en los recuerdos más borrosos, con una segunda madre.

—¿Diga? —La voz de Pilar sonaba igual que hacía trece años, solo que un poco más cansada, un poco más lenta al final de cada palabra.

—Pilar, soy Elena.

—Elena, cariño. Cuánto lo siento, lo de tu madre... No pude ir al tanatorio, las piernas ya no me llevan a ningún sitio, ya sabes cómo es esto a mi edad.

—Lo sé, no te preocupes. —Hice una pausa que se sintió mucho más larga de lo que en realidad fue, buscando cómo formular lo que necesitaba preguntar sin sonar completamente desquiciada—.

Pilar, necesito preguntarte algo, y necesito que me contestes la verdad, aunque te parezca una tontería, aunque pienses que estoy diciendo algo sin sentido.

—Dime, cariño. Lo que quieras.

—Dime.

—¿Tuve alguna vez un hermano?

El silencio que siguió fue distinto a los silencios normales. Distinto al silencio de quien no ha oído bien, o de quien está pensando la respuesta. Era el silencio de alguien que sabe exactamente lo que se le está preguntando y está decidiendo, en ese mismo instante, cuánto va a mentir.

—Elena, cariño... —dijo por fin, y su voz había bajado de volumen, como si temiera que alguien más pudiera escucharla—. ¿Por qué me preguntas eso ahora?

—Porque he encontrado algo de mi madre. Un diario. Habla de un embarazo, de un niño, de un nombre. Mateo.

Esta vez el silencio duró tanto que llegué a pensar que se había cortado la llamada.

—Tu madre tenía una imaginación muy viva, Elena —dijo al fin, con una voz demasiado ensayada para sonar natural—. Ya sabes cómo era en sus últimos años. Se confundía con las cosas.

—El diario es de hace treinta años, Pilar. No de sus últimos años.

—Deberías descansar, cielo. Ha sido un día muy largo.

—Pilar.

—Tengo que colgar, Elena. Cuídate mucho.

La línea se cortó antes de que pudiera decir nada más. Me quedé mirando el teléfono, y después la libreta azul, que había dejado sobre el suelo, entre las cajas medio abiertas, como si fuera algo que pudiera moverse por sí solo si le quitaba la vista de encima.

Fuera, empezaba a anochecer sobre el pueblo. En algún lugar de esas calles que conocía de memoria, alguien sabía exactamente qué le había pasado a Mateo. Y esa misma persona acababa de decirme, con toda la ternura del mundo, que me fuera a dormir.