Nadie Escapa a su Destino 7. Otro encuentro casual
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7. Otro encuentro casual

Melissa nunca se enteró de aquel encuentro y siguió con su vida de siempre. La lluvia no la molestaba; al contrario, encontraba una especie de satisfacción en sus golpes; le gustaba exponer la cara a los chorros implacables. Como si volviera a castigarse por algo.

Así volvía del trabajo, sin paraguas, con las zapatillas empapadas.

Le quedaban solo un par de manzanas para llegar a casa, y Melissa no veía en la lluvia torrencial ningún obstáculo.

Caminaba sin levantar la cabeza, procurando solo no meterse en los charcos más hondos; todo lo demás ya no le daba miedo.

De pronto, sobre ella se desplegó un gran paraguas negro, y la lluvia dejó de caerle en la cabeza.

Desconcertada, Melissa miró hacia arriba y oyó una voz de hombre:

—¿Se le ha olvidado el paraguas? Puedo acompañarla a casa.

La voz le resultó a Melissa vagamente familiar, e intentó distinguir quién era. Un hombre canoso con una buena gabardina, y nada más.

—No hace falta, solo me quedan un par de manzanas.

—En dos manzanas se puede uno resfriar de lo lindo. Una mujer tan joven tiene que cuidarse.

—¿Para qué? —preguntó Melissa sin querer, y apretó los labios. Solo faltaba ponerse a contarle sus problemas a un transeúnte.

El hombre enarcó las cejas, sorprendido, soltó una risita y luego dijo:

—¿De verdad que para nada? ¿Unos hijos, por ejemplo?

—No tengo.

—¿Alguien habrá? ¿O algo?

—Nadie y nada. —Melissa sonrió. Resultaba gracioso resumirle a un desconocido en dos palabras el fondo de toda su vida.

Caminaban despacio bajo el mismo paraguas grande, y la lluvia pareció amainar, dejar de hacer tanto ruido, cediéndole el paso a la conversación. Luego el hombre miró atentamente la cara de Melly, entornó los ojos y se detuvo.

—¿Cómo se llama usted?

Melissa miró al desconocido desconcertada:

—Melissa —respondió tras pensarlo un momento.

—Increíble… ¿Melissa Samos?

—Sí, ¿nos conocemos?

—Ay, Melissa, llevo años buscándola. ¿No se acuerda de mí? Soy George Norwell.

Melissa se esforzaba por recordar. Sí, aquel nombre tenía algo de familiar, pero no recordaba nada concreto. ¿Un paciente, quizás?

—Perdone, señor Norwell, pero no me acuerdo.

—Es usted una chica asombrosa. —Se echó a reír—. Hace muchos años me entregó sus obras, unos cuadros magníficos, ¿se acuerda?

—Ah, sí… los cuadros. —Por fin Melissa se acordó de aquel hombre de otra vida, de otro universo.

—Este encuentro es sencillamente increíble. Entremos en este café. —Y al ver su mirada de protesta, exclamó—: Se lo ruego, se lo ruego de verdad. Tengo algo que contarle.

—Bueno, está bien —aceptó ella.

La extraña pareja entró en el café y, tras quitarse la ropa empapada, se instaló en una mesa. El señor Norwell, sin hacer caso de sus protestas, pidió para Melissa una infusión y unos pastelitos, y para él un café aromático.

—Cuando me entregó sus cuadros, decidí organizar una exposición.

Me habían impresionado tanto por su profundidad que estaba seguro de su éxito.

Mucha gente trabajó en la exposición y en el montaje.

Alquilé una sala magnífica, unos especialistas hicieron la iluminación adecuada, discutimos mucho con los colegas en qué orden colocar los cuadros.

Sin falsa modestia, le diré que se invirtieron muchos medios en la organización de aquella exposición.

Norwell notó la turbación en la cara de Melissa y el rubor que le había teñido las mejillas, y continuó:

—No tiene por qué avergonzarse. Los resultados superaron todas las expectativas.

Fue la exposición más sonada de aquel año.

Solo con las entradas recuperamos todos los gastos, pero el interés no decaía.

Los visitantes no dejaban de llegar, y usted se convirtió en una celebridad.

Y el interés por usted se avivaba todavía más porque nadie la había visto nunca ni conseguía encontrarla.

Se metieron en el asunto los periodistas, pero nunca dieron con la pintora misteriosa.

Se la había tragado la tierra. Y luego empezaron a llegar ofertas para comprar sus obras.

Al principio me negaba, porque no podía venderlas sin que usted lo supiera.

Por eso los precios subieron todavía más, y me tomé la libertad de venderlas.

El dinero obtenido lo deposité en una cuenta bancaria a su nombre, y en todos estos años, además, ha ido generando intereses.

Le seré sincero: estos últimos años no la he buscado tanto, pero el propio destino nos ha reunido.

Puedo decirlo con seguridad y con orgullo: Melissa, es usted una mujer rica.

Melly escuchaba a aquel hombre y no daba crédito a lo que oía.

¿Ella, rica? ¿Y qué iba a hacer ahora con esa riqueza?

Acababa de convencerse de que la gente era desagradecida, que no aceptaba la ayuda, que no valoraba la bondad, y el propio destino le traía un desmentido.

Aquel hombre, que podría haberse quedado con todo —tenía pleno derecho, ella misma se lo había dado—, le había reunido una fortuna.

Melly nunca había aspirado a la riqueza; el dinero no le hacía falta, ni siquiera sabía qué hacer con él.

¿En qué gastarlo? ¿Cómo administrarlo? Lo que le daba alegría era que alguien, un completo desconocido, un extraño, se había preocupado por ella, había pensado en ella durante todos aquellos años…

—¿Pinta usted algo ahora?

—¿Qué? No, no pinto.

—Podría volver a trabajar, y le garantizo el éxito. Sería una sensación: la pintora perdida reaparece y crea una nueva exposición…

—Está usted soñando despierto —se rio Melissa—. Creo que ya no podré pintar más. Entonces… me desbordaban los sentimientos… era un desahogo de todo lo que tenía en el alma…

—¿Y ahora? Es usted tan joven.

—No hay nada; todo está como… no quiero decir muerto, pero sí paralizado… No sé qué más podría despertar en mi vida emociones así. Todo eso es pasado.

—No, no diga eso. Sus obras hacen falta. A la gente le gustan, la inspiran. No puede enterrarse en vida así como así. No lo permitiré.

Sus palabras ardientes le resultaron agradables a Melissa; hasta le removieron algo en el alma. A alguien le importaba su suerte. ¿Quizás de verdad había elegido en su día el camino equivocado? ¿Quizás en otro terreno lograría ser más feliz?

—Ahora sí que no la voy a perder. Ahora tengo una reunión, y usted tiene que ir a casa a ponerse ropa seca, que si no, quién sabe, se va a resfriar. Pero voy a hacerle prometer que no volverá a desaparecer, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —se rio Melissa.

El escrupuloso señor Norwell acompañó de todos modos a Melly hasta su casa, le pidió su teléfono y le dijo el nombre del banco donde estaban sus incalculables riquezas. Ya casi en la puerta de su apartamento, Melissa se volvió aun así y preguntó:

—Señor Norwell, ¿y cuánto dinero hay?

—Creo que alrededor de un millón.

A él se le habían encendido las mejillas como a un muchacho, y los ojos de aquella chica extraordinaria, muy abiertos de asombro, le produjeron un placer indecible.

Un par de días después, George Norwell alquiló para Melissa un estudio precioso, compró todo lo necesario, lienzos, pinturas, y la llevó allí.

Era atento y considerado; Melissa lo fascinaba con su talento y su misterio.

No conseguía entender a aquella chica: era insondable.

George había vivido una larga vida y había amasado una fortuna; conocía a muchas personalidades de alto rango; su comprensión de la naturaleza humana lo había ayudado mucho en la vida y en los negocios.

Todas las personas encajaban para él en unos estereotipos creados por él mismo, y al conocer a alguien nuevo, lo clasificaba sin esfuerzo en uno de ellos.

Pero Melissa era extraña. Sonsacándole poco a poco la historia de su vida, George no entendía nada.

Sospechó que fingía (como muchos antes que él), pero al conocerla mejor dejó a un lado sus sospechas.

Una especie de ingenuidad infantil se combinaba de forma incomprensible con juicios y una visión del mundo maduros.

Cómo podía convivir eso en un solo ser, todavía tan joven a su parecer, no lo sabía.

Melissa no se lanzó a gastar el dinero y ni siquiera fue al banco; era como una extraterrestre que no sabe adónde ir en un planeta ajeno.

George tenía tantas ganas de ayudarla a encontrarse a sí misma, a encontrar su camino, de consolarla y de ver una sonrisa en una cara tan bonita.

Se sorprendió mirando a Melissa de una forma no tan paternal, aunque la diferencia de edad era considerable.

Sabía que Melissa se había criado en un orfanato, y sabía también que esas chicas siempre buscan inconscientemente un padre en sus relaciones con los hombres.

¿Quizás, después de todo, tenía una oportunidad?

George Norwell no perdía la esperanza, aunque de momento no hacía ningún gesto insistente.

Por ahora había que sacar a Melly del estado de postración en el que se encontraba por una razón que él no comprendía, obligarla a trabajar y a distraerse de los tristes pensamientos que la atormentaban.

Melissa estaba conmovida por sus atenciones, pero no conseguía obligarse a pintar.

Daba vueltas por el estudio, ordenaba los pinceles, mezclaba colores con el pensamiento.

Pero no le venía el impulso de plasmar algo en el lienzo.

Era como si hubiera perdido toda viveza de espíritu; la imaginación se le había apagado, los colores se habían desvaído.

Le venían a la cabeza imágenes grises y tristes, y nada más.

Melly dio unas vueltas más por el estudio, desanimada, y luego llamó a un taxi y pidió que la llevaran a la presa.

La lluvia no paraba, y la presa debía de estar hirviendo y desbordándose. El agua la iban soltando poco a poco, y era un espectáculo impresionante. Por lo menos para Melly.

No sabía que el mecanismo de desagüe estaba averiado. El agua amenazaba con reventarla en cualquier momento y arrasar con todo a su paso. Ese sí que habría sido un espectáculo impresionante de verdad, si alguien hubiera podido verlo.