Nadie Escapa a su Destino 6. Un encuentro casual
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6. Un encuentro casual

Llevaba cuatro días lloviendo a cántaros.

El cielo, gris y lúgubre, vomitaba torrentes de agua, un récord en los últimos años.

A ratos parecía que amainaba, pero solo para volver a caer con más fuerza.

Era el final del verano, pero parecía el final del otoño, tanto frío hacía y tan desiertas estaban las calles.

La lluvia había echado a los niños de los parques infantiles y a los enamorados de los parques; ¿adónde se habían ido todos los pájaros y los perros callejeros? ¿Dónde se refugiaban con un tiempo así?

Lena detestaba todo lo que la sacaba de su equilibrio y de su orden.

Llevaba muchos años procurando que todo en su vida fuera regular y que cada día se pareciera al anterior.

A veces ella misma lo pensaba y llegaba a la conclusión de que era justo lo que necesitaba.

Ni su carácter ni su cuerpo estaban hechos para los cambios.

Había engordado y no podía, por ejemplo, correr detrás de un autobús, así que siempre salía con tiempo para no llegar tarde.

Si algo la obligaba a cambiar sus costumbres, a Lena le daba un ataque de nervios; por eso, incluso en el trabajo, nunca aceptaba cambiar turnos ni simplemente sustituir a nadie.

Su hijo Tim introducía cierta disonancia en su modo de vida tan ordenado, pero con la edad cada vez menos.

Era un chico responsable y conocía como nadie las manías de su madre.

Pero aquel día tuvo que contarle que habían cerrado su escuela deportiva y que ahora los habían trasladado a todos a un sitio completamente distinto; a Lena le pareció que, directamente, a otro país.

Tuvo que cambiar todos sus planes y arrastrarse con Tim a buscar aquella escuela, y todo bajo una lluvia torrencial.

También tuvo que gastarse dinero en un taxi, pero aun así el taxista los dejó en el sitio equivocado, y anduvieron dando vueltas por un barrio desierto y desconocido buscando la escuela deportiva.

Por fin encontraron un edificio viejo, sin nada de particular y de aspecto abandonado.

Lena ya estaba predispuesta en contra de que su Tim fuera a un sitio tan desierto, pero ya no había vuelta atrás, y entraron.

Dentro, el ambiente resultó menos triste: había una luz intensa y hacía calor.

Tim olió el gimnasio y se sintió enseguida como en casa; los ruidos que llegaban de allí lo atraían sin remedio.

Él y su mamá recorrieron el pasillo y encontraron el vestuario, del que salía el entrenador.

—Ah, Tim, me alegro mucho de verte. ¿Qué, listo para el combate?

—Sí —dijo Tim, contento, y Lena no pudo evitar sonreír.

—Anda, corre a cambiarte —dijo el entrenador, y luego se dirigió a Lena—: Normalmente no dejamos a nadie mirar los entrenamientos, pero hoy, con este tiempo y este barrio tan apartado, puede entrar en la sala y esperar a Tim, si quiere.

—Sí, gracias —respondió Lena, sin saber si alegrarse o no de que no la echaran de la sala.

—Por ese pasillo y a la derecha —dijo el entrenador, y se fue, mientras Lena se dirigía adonde él le había indicado.

En los gimnasios siempre se había sentido incómoda.

A Lena no le gustaba absolutamente nada de allí; se sentía de más, algo que no encajaba en el decorado.

Y los hombres que iban allí no la atraían: absortos en sus entrenamientos y pensando solo en su cuerpo y en sus marcas, no le prestaban la menor atención.

Lena encontró unos bancos alineados junto a la pared y se acomodó en uno.

Era el padre de Tim quien lo había apuntado a entrenar, inculcándole que todos los hombres tienen que saber defenderse.

Y como era lo único que había aceptado pagar, ella había dicho que sí.

Una vez fue a uno de los entrenamientos, pero el espectáculo de su hijo recibiendo golpes y siendo lanzado al suelo la dejó tan impresionada que salió de allí disparada y no volvió nunca.

Lena no entendía qué podía gustarle de aquel deporte, pero no se metía y prácticamente no se interesaba por lo que hacía allí.

Los entrenamientos los comentaba con su padre, y seguramente era el único tema de conversación entre ellos.

Por fin empezaron a llegar a la sala chicos de la misma edad que su Tim; todos se conocían, bromeaban y se reían, y Lena se relajó un poco. Los niños siempre sabían aliviar la tensión, igual que sabían avivarla.

Alguien se sentó a su lado en el banco, y Lena vio la nuca de un hombre que se ataba las zapatillas.

El hombre levantó la cabeza y le dirigió a Lena una mirada indiferente, pero luego se detuvo en ella.

Ella se dio la vuelta, pero sintió que el hombre la miraba y, poniendo su sonrisa más encantadora, se volvió hacia él. La sonrisa se le apagó al instante:

—¿Ares?

—¿Lena?

Se miraron en silencio. Por la cara de Lena pasaron muchísimas emociones; la de Ares seguía impenetrable.

Lena pensó primero en Melissa, en el orfanato, y luego en lo que había sabido hacía poco de Ares, y el miedo se le coló en el corazón.

Mirar a un asesino directamente a los ojos era sencillamente espeluznante.

No podía evitarlo: el corazón se le aceleró.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Ares.

—Yo… mi hijo, allí —dijo, señalando con la mano a los niños.

—Vaya, qué mayor está —dijo Ares, mirando hacia los chicos.

Ellos lo saludaron con la mano, contentos.

—¿Te conocen? —preguntó Lena en voz baja.

—Sí, les doy clase… de vez en cuando.

Lena entornó los ojos:

—Ares Cold, maldita sea, ¿qué le estás enseñando a mi hijo?

—Tranquila, Lena, solo clases de escrima. Es un complemento de la lucha.

—No sé qué es eso.

—Ya lo verás.

El entrenador empezó la clase con los chicos; calentaban, corrían, y durante un rato Ares y Lena se limitaron a mirar a los niños. Por fin Ares rompió el silencio:

—¿Y qué tal vives, Lena?

—Pues vivo, sin más. Como todo el mundo. Trabajo en el hospital, y aquí está mi hijo, creciendo.

Lena se calló.

—Por educación, normalmente se pregunta: ¿y tú qué tal? —dijo Ares, riéndose.

—Te vi en la tele. En una recepción, con Adele Winter. ¿Qué voy a preguntar? Por cierto, estaba con Melly. —Lena lo dijo y al instante se arrepintió: ¿quién le mandaba hablar?

—Ya que has sido tú la que la ha mencionado, cuéntame qué tal está.

Lena callaba. ¿Qué decir? ¿Cómo decirlo? ¿Se puede contar a Melissa en dos palabras? ¿Y hacía falta? ¿Lo habría permitido la propia Melissa? Lena todavía se reconcomía de culpa ante su amiga y ahora no quería hacerle más daño, herirla más.

—¿Por qué no dices nada? —preguntó Ares con impaciencia.

—No sé qué decir —reconoció Lena con franqueza—. Creo que no te hace falta. Tú, Ares, tienes tu vida, completamente distinta de la suya; ¿para qué intentar entenderla?

—¿Sigue corriendo de un lado a otro ayudando a la gente? ¿La vida no le ha enseñado nada?

Lena oyó la rabia en su voz y se sintió incómoda.

Nunca había entendido a Ares, siempre tan raro, nunca lo había querido, nunca había podido entender el apego de su mejor amiga por él.

Hablar con él le pesaba; era como si la hubieran atado a una piedra y la hubieran tirado al fondo de un río: sin salida, con el alma pesada, el pecho oprimido.

Su mente le pintaba escenas espantosas cuando miraba aquellos terribles ojos grises.

Tenía tantas ganas de hacerle algo desagradable, de ofenderlo, de vengarse de que fuera tan afortunado, tan pagado de sí mismo.

—La vida la ha pisoteado, Ares. Tú empezaste y el mundo entero siguió.

Ahora reconoce que teníamos razón, que nadie necesita sus sacrificios, pero seguramente es tarde.

Melissa no cree que pueda empezar su vida de nuevo.

Así es: tú y yo, que nunca le hemos hecho bien a nadie, tenemos razón, y ella no.

—¿Y qué le ha hecho perder la fe? Antes no escuchaba ningún argumento.

—Le robaron. Una mujer con una niña, a las que había acogido, se llevaron todo lo que le quedaba. —Lena estuvo a punto de hablarle del canalla que había vivido con Melissa, pero se contuvo. No se sabía qué tenía en la cabeza; mejor no arriesgarse.

El entrenador llamó a Ares, y los niños esperaban contentos su clase.

—¿Hablamos después del entrenamiento?

—No, Ares, creo que no merece la pena.

—Pero ¿dónde vive ahora?

Lena negó con la cabeza en silencio. Ya había dicho demasiado.

Quería echarle a otro parte de la culpa por Melly, y ahora le resultaba agradable que una parte de esa culpa recayera en el odioso Ares.

Qué pensaba él era difícil de saber, y su cara seguía impenetrable, pero él la había amado una vez; ¿quizá no se le había apagado todo en el alma?

Cuando terminó el entrenamiento, Lena agarró a su hijo y se subió de un salto al taxi que había pedido de antemano, huyendo lo más lejos posible de Ares.

Tenía que pensar y decidir qué hacer a continuación: si dejar que Tim siguiera entrenando allí o no.

¿Quién sabe para qué entrenaba aquel Ares a los niños?

¿Y debía contarle a Melissa aquel encuentro?

Lena no quería volver a hablar de Cold, y mucho menos de que era posible encontrarlo en cualquier momento, con solo quererlo.