4. Coincidencias
Ares no conseguía dominarse. Llevaba varios días sin encontrar sosiego.
Qué digo: llevaba muchos años sin sentir emociones así.
Cuando recordaba cómo robaba flores de jardines ajenos como un enamorado tonto, le daba risa.
Aquel no era él, sin duda; no se acordaba de sí mismo así, e incluso lo despreciaba.
Era debilidad, vulnerabilidad. ¿Qué haría ahora, en su vida actual, con una debilidad así?
Sencillamente no podría llevar sus negocios; perdería.
Aunque… Se acordaba todo el tiempo del señor Bruno, que sabía combinar dos personalidades en sí mismo.
Él, seguramente, no lo habría conseguido.
Y daba igual: hasta hacía poco, Ares estaba bastante conforme con su vida, y ahora se le había instalado en el alma un sentimiento desconocido.
La sensación de la Traición. No tenía amigos íntimos, y con sus socios no lo unía más que el trabajo: no sentían ningún afecto por él, igual que él por ellos.
Respeto mutuo, y nada más. Las mujeres tampoco le eran cercanas, así que, incluso cuando se iban, no sentía ninguna emoción.
Y ahora aquella sensación de que te han traicionado…
Tan desagradable, tan desconocida, tan ajena…
¿Cómo vivir con ella? Ares pensaba que en un día o dos se le pasaría, pero no hubo manera: iba a peor.
Le daban ganas de escupir acusaciones, de gritar, de zarandear…
Sí, quería pedir cuentas. Era una estupidez y, además, no podía permitírselo, pero al hurgar en su interior comprendió que era precisamente eso lo que quería.
Preguntarle: ¿cómo has podido? Si éramos una familia.
Parientes. Éramos el pasado el uno del otro; no había otro; ninguna otra alma viva sabía cómo podría haber sido él si…
Ares nunca se había permitido pensar en esas cosas; eso era para las novelas de mujeres; él era como era. Daba igual qué lo había hecho así: el destino, la casualidad, la sociedad o Melly. No había a quién culpar, ni tampoco para qué.
Simplemente, había que cambiar algo por un tiempo.
Sonó el timbre de la puerta. ¿Sería esa la oportunidad? Ares se acercó a la entrada y vio a Adele en la cámara. Bueno, de acuerdo.
—Hola, ¿molesto?
—Pasa.
—No contestabas al teléfono, y tenía tantas ganas de invitarte a mi estreno. Vamos, ¿eh?
Adele iba de gala, pero Ares apenas se fijó.
—Bueno, vamos. Pero nada de frac; no soy un pavo engalanado.
Adele no podía creerse su suerte y ni siquiera insistió:
—Claro, es cosa tuya; ve como quieras. Ya sabes que a mí eso no me importa.
Aun así, Ares se obligó a ponerse unos sencillos pantalones negros y una camisa blanquísima; no le dio para más.
—Vamos a divertirnos. —Abrazó a Adele, y salieron juntos del apartamento.
Melissa estaba de un humor estupendo. Hacía mucho que no le pasaba, y hasta tenía ganas de salir a algún sitio. Llamó a Lena, y esta aceptó encantada recibirla.
Cuando Melissa apareció en la puerta de Lena, su amiga soltó una exclamación:
—¡Dios mío, Melissa! ¿Qué te ha pasado?
—Ah, esto. —Se tocó el moratón—. Ya te lo cuento. ¿Dónde está Tim?
—Se ha ido a dormir a casa de su padre. Así que podemos, como en los viejos tiempos, pasarnos la noche en vela recordando nuestra juventud.
Cuando se instalaron en la acogedora cocinita, Lena encendió la televisión.
—Déjala, ¿es que no puedes estar sin la caja tonta?
—Hoy es el estreno de Adele Winter; quiero ver qué vestido lleva. Sin sonido, ¿sí? Solo echo un vistazo a la ropa de los famosos y la apago enseguida.
Pero mientras la televisión estuvo encendida, no fue fácil captar la atención de Lena.
Su amiga no apartaba los ojos de la pantalla, incapaz de despegarse.
Melissa se resignó y también se puso a mirar a gente completamente desconocida.
¿Por qué nunca le había interesado la vida de los famosos?
¿De los actores, de los cantantes? ¿Por qué le daba igual quién se casaba con quién, quién se divorciaba, quién ganaba un Óscar y todo eso?
Lena, en cambio, no podía vivir sin chismes.
Siempre estaba soltando historias sobre las estrellas, como si hubiera tomado el té con ellas el día anterior.
No perdía la esperanza de casarse bien, pero cada vez la realidad pisoteaba sus esperanzas.
Una y otra vez llamaba a Melissa y le decía: «Este es el hombre de mis sueños», y luego volvía a llamar y le decía: «Todos son iguales, y este no es mejor».
Nunca había vuelto a casarse, pero Melissa, mirándola, comprendía que tenía mucho más que ella misma.
Lena tenía trabajo, iba arreglada, bien vestida, salía con hombres y tenía un hijo.
¿Y ella qué tenía? ¿Un ojo morado? ¿Una tuberculosis curada? ¿Y qué, había salvado el mundo?
—¡Ooh, ahí está Adele! Dios mío, Melly, mira qué mujer tan fantásticamente guapa.
—Sí, de verdad —dijo Melissa, asintiendo. Nunca había visto a nadie así: no parecía una mujer de carne y hueso, sino una muñequita de porcelana.
—¿Y quién va con ella? —Lena casi se cae de la silla; luego alargó la mano hacia el mando y subió el volumen. En la cocina irrumpió la voz entusiasmada del locutor:
—Y junto a la magnífica Adele Winter, el no menos magnífico y más misterioso de los millonarios: Ares Cold. Sigue siendo un soltero codiciado, pero, por lo visto, no por mucho tiempo…
Lena y Melissa se quedaron pegadas a la pantalla. Él no había cambiado nada. La cámara lo tomó en primer plano, y sus penetrantes ojos grises miraron a Melissa. Luego la cámara pasó a otro de los que llegaban, y Lena apagó la televisión.
—Qué guapo, ¿eh?
—No ha cambiado nada —dijo Melissa. Eso la impresionó más que todo lo demás.
A Lena, por lo visto, la dejó en estado de shock que alguien a quien conocía estuviera allí, en la televisión, con la gente más extraordinaria. No encontraba palabras. Luego dijo:
—¿Y por qué lo dejaste? ¿Ahora te arrepientes?
—Tenía mis razones.
—Pues a Adele Winter le importan un bledo esas razones. —Ni la propia Lena entendía por qué decía aquello.
Y Melissa se encendió y lo soltó, mandándolo todo a paseo:
—Es un asesino a sueldo, Lena. ¿Entiendes?
Un asesino despiadado. Ni siquiera sé cuántas vidas se ha llevado, pero muchas.
—Sintió una especie de satisfacción enfermiza al decirlo en voz alta, al ver la cara de asombro de Lena, y luego añadió—: Y, a pesar de todo eso, lo amaba más que a nada en el mundo.
Y ahora él está con una tal Adele, y yo… yo solo soy una vieja fea…
Melissa rompió a llorar, y Lena corrió a consolarla. El shock de lo que había oído no era nada comparado con ver llorar a Melissa, por primera vez en su vida. Ni siquiera en el orfanato la había visto llorar nunca.
—Pero qué dices, qué dices. ¿Cómo vas a ser fea? Si solo tienes treinta años…
—Tengo trescientos treinta. He visto tanto dolor, tanta suciedad y tanta mierda que, a su lado, un chico asesino a sueldo es una travesura inocente. A lo mejor él era mi oportunidad de salvar el mundo, y la dejé escapar, y ahora tengo que pagar por ello…
Y luego Melissa se acordó del colgante y lloró todavía con más amargura.
—Estaba ayudando a las víctimas de un incendio y me llevé a casa a una mujer con una niña.
Les di de comer, les di casi toda mi ropa, la ropa de cama…
A la niña le gustaron unos collares y otras baratijas de África, y se los regalé.
Nos acostamos, y por la mañana la madre y la niña habían desaparecido.
Y con ellas desapareció también mi colgante.
Lo único que tenía. Un trocito de mi corazón.
En la cocina, debajo del azucarero, encontré una nota escrita con letra de niña. Decía: «Perdón». Qué detalle, ¿verdad?
Toda la vida me lo advirtieron, tú y Ares: que el mundo es así, que la gente es así, y yo quería demostrar que no. Que hay gente honrada, decente, sencillamente agradecida. Y así me lo han agradecido. Y ahora llevo un mes viviendo sin saber qué hacer con todo lo que toda la vida he creído correcto.
Lena escuchaba aquella perorata y se odiaba a sí misma.
Por sus palabras, por no haberse dado cuenta de nada, por vivir en su mundillo pequeñoburgués sin ver más allá de sus narices.
Melly siempre le había parecido tonta e ingenua, una mujer que cree que puede curar el mundo, y ella se lo tomaba con una sonrisa y con burla.
Lena había pensado siempre que Melly era una tontita, y ella, en cambio, toda una mujer curtida y experimentada.
Y ahora comprendía que no sabía nada de nada.
Que aquella chica ingenua había conocido en la vida toda la amargura posible.
Que sus hombros se habían doblado bajo el peso de las desgracias ajenas, ¿y cómo enderezarlos ahora? ¿Cómo ponerla de nuevo en pie?
—Tómate un poco de vino, cielo. —Lena le acarició la cabeza—. Te sentará bien.
—¿Y sabes qué más? Nadie más que él me ha querido nunca.
Mis padres me abandonaron, no sé por qué, pero él me quiso.
Se convirtió en lo más cercano y querido que tenía.
A lo largo de mi vida he salido con hombres, hasta me han propuesto matrimonio, pero en los ojos de ninguno he visto tanto amor y tanta bondad como en los suyos.
Seguramente es el único que he conocido que es capaz de amar.
Con devoción y entrega. Él, desde luego, no habría dejado a su hijo sin pensión ni me habría pegado en la cara.
Entonces, ¿quién es mejor? ¿Quién merece amor?
¿Un asesino a sueldo que ama o un vago que no ha matado ni una mosca pero pega a las mujeres?
No sé responder a esa pregunta, Lena. Estoy completamente perdida.
Ares había ido a la fiesta solo para distraerse.
Pero los pensamientos sombríos no se le iban de la cabeza, y la sed de destrucción lo perseguía.
A esos actos acudía muchísima gente famosa y de alto rango.
Unos podían ser útiles; otros, darle una idea.
No todas las conversaciones eran sobre vestidos y premios: la gente resolvía asuntos más importantes.
Ares se deslizaba entre los invitados. Le bastaban frases sueltas, un movimiento de cejas, gestos ambiguos para entender de qué se hablaba.
Le gustaba ser invisible; nunca había buscado la atención, evitaba las miradas.
Se sentía tan bien en la sombra, convirtiéndose él mismo en sombra.
Su profesión había dejado huella, pero lo más probable era que siempre hubiera sido así.
Incluso su venganza tenía que ser silenciosa e imperceptible para todos; nadie entendería cuál era la causa…
Por fin, Ares se topó con el alcalde de la ciudad. No reconoció al interlocutor del alcalde, pero no importaba: con trozos de conversación siempre se puede componer el cuadro completo.
—Es muy complicado y supone un gasto excesivo —dijo el alcalde.
—Pero es necesario. Sin eso puede morir una ciudad entera. Las consecuencias podrían ser sencillamente catastróficas.
—Pero ¿de dónde, dígame usted, va a sacar la ciudad semejantes fondos? Hablando con franqueza, hubo ciertos gastos, y ahora no estamos en condiciones de…
—Lo que dice usted es monstruoso. Busque cualquier manera. Un patrocinador, quizás…
—¿Un patrocinador? ¿Puedo confiarle a alguien que la ciudad no puede cubrir los gastos de la reparación de la presa porque yo perdí el dinero en el juego? ¿Entiende usted lo que eso supondría? Y no solo para mí, también para usted.
—Lo sé, no hace falta que lo diga.
A Ares le bastó con eso. El corazón le dio un salto de alegría, y salió de la sombra:
—¿Señor alcalde?
—Ah, el misterioso Ares Cold. —El alcalde sonrió de oreja a oreja—. ¿Cómo le va?
—A mí me va perfectamente, se lo agradezco. —Ares miró al alcalde con compasión—. Pero a usted, según he oído, no tanto.
—¿Qué dice, amigo mío? Todo va de maravilla. La ciudad prospera, y eso es lo más importante para mí. Es mi criatura; lo principal es que no le falte de nada.
—No lo he dudado ni un minuto. Pero he oído que tiene usted un problema. Yo diría incluso que el problema es de todos nosotros. Porque ha enfermado una criatura que es de todos.
El alcalde se puso rojo y le lanzó una mirada furiosa a su interlocutor, y Ares continuó:
—Pero quiero ayudar a curarla. Sería un honor para mí. Ya sabe usted que estoy en condiciones de hacerlo.
El alcalde miraba atónito a la salvación caída del cielo, sin dar crédito a lo que oía.
—Pero, señor Cold, ese… eh… tratamiento es muy costoso. Es toda una fortuna.
—La tengo.
—Pero ¿qué quiere a cambio?
—Un poco de esto, un poco de aquello. Ya sabe que soy un hombre de negocios, y a veces necesito ciertas facilidades. Pero también sabe que nunca me dedico a nada ilegal, así que por su parte no habrá grandes sacrificios.
—Esta propuesta es sencillamente un regalo del destino. No puedo rechazarla.
—Muy bien. Mi gente se encargará.
—¿Se podría hacer de manera que nadie se enterara?
—Por supuesto. Lo haremos todo como si fuera una pequeña reparación programada.
—Señor Cold, me quita usted un peso de encima.
—Perfecto. Y ahora le ruego que me disculpe: veo que mi acompañante me ha perdido, y debo dejarlo.
Al día siguiente empezaron las obras de reparación en la presa.