Nadie Escapa a su Destino 3. Esto es la felicidad
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3. Esto es la felicidad

Melissa había tenido un mal día. Qué digo un día: probablemente, un mes entero.

Sentía que se le acababan las fuerzas. Últimamente le parecía que la energía vital se le iba derritiendo, que abandonaba su cuerpo en un hilillo fino, apenas perceptible, y no volvía.

Ya no se levantaba por las mañanas con tanta facilidad, llena de fuerzas y de esperanzas; durante el día necesitaba sentarse a descansar por lo menos tres veces, y hasta cinco.

En África había enfermado de tuberculosis y había tenido que volver.

La curaron, pero Melissa nunca llegó a recuperarse del todo.

Todos los médicos le recomendaban unas vacaciones largas, descanso en un buen clima, tranquilidad, y entonces todo pasaría.

Le decían que era joven, fuerte y que tenía toda la vida por delante, pero Melissa no lo sentía así.

En algún rincón del alma quizá hasta quería terminar de consumirse.

Porque ya no podía soportar aquella carrera.

Pero de momento, por inercia, Melly se levantaba cada mañana y se iba a trabajar, volvía ya de noche y se acostaba.

Un mes antes habían ayudado a las víctimas de un incendio; varias familias se habían quedado sin techo, y Melissa hizo todo lo que estaba en su mano. Acogió a una madre soltera con una niña y a un hombre. La madre y la niña desaparecieron a la mañana siguiente, pero el hombre se quedó.

Al principio parecía desvalido y solo; se sobresaltaba constantemente y le pedía a Melly que lo ayudara.

Tenía las manos quemadas, y Melissa le hacía las curas con paciencia y le daba de comer con cucharita.

Al cabo de una semana, él le declaró su amor.

Ella se quedó tan sorprendida que no supo qué responder.

Pero él la seguía a todas partes, repitiendo que, si no lo hacía feliz, se quitaría la vida, porque ya no tenía para qué vivir.

Melissa lamentaba no haberlo mandado al hospital el primer día, pero ahora no podía echarlo a la calle.

Él caía de rodillas ante ella y le juraba amor eterno, le decía que la trataría como a una reina, porque era un ángel bajado del cielo.

En su trabajo, Melissa se había cruzado más de una vez con hombres así.

Sentían apego por ella, querían que los cuidaran, como cualquier ser normal, y Melissa encajaba a la perfección en ese papel.

Había comprendido que atraía a hombres débiles de espíritu, que buscaban en ella más una madre que una mujer, y aquel estado de cosas no le convenía.

Este, en cambio, parecía distinto; ella intuía en él un potencial, pero no supo calarlo a primera vista.

Cuando lo comprendió, ya era tarde. Se había instalado en casa de Melissa y se sentía allí el dueño absoluto.

Melly llegó a casa y vio a Stig repantigado en el sofá. Tenía los pies encima de la mesa y estaba bebiendo cerveza.

—Ah, llegas justo a tiempo. Ya tengo hambre.

Melissa no dijo nada y fue a cambiarse. Ella no tenía hambre. Últimamente comía poquísimo, y no tenía ningunas ganas de cocinar. Le dolían las piernas, y solo soñaba con darse un baño y acostarse.

—Eh, ¿por qué no dices nada? —gritó Stig.

—Si tienes hambre, ve y cocina —dijo Melissa, cansada.

—No sé cocinar, ya lo sabes —dijo Stig con aire culpable.

—No quiero discutir contigo —respondió Melissa, y fue al baño.

Por el camino pensaba en cómo se había metido en semejante lío.

¿Es que no tenía bastantes preocupaciones?

¿Es que era tonta del todo? Le decía siempre a su amiga Lena que fuera más exigente, ¿y ella?

Hay que acabar con esto, pensaba Melissa.

En cuanto descanse un poco, le diré que se largue.

Lo pensaba cada noche, y luego se dejaba caer en la cama y por la mañana se iba a trabajar mientras Stig todavía dormía.

—¿Sabes? He visto una cosa en la tele: un magnate se ha vuelto loco y ha cerrado todas sus empresas. Un montón de gente se ha quedado en la calle, sin trabajo.

—Ya —respondió Melissa con desgana. La vida de los magnates resultaba tan lejana, tan irreal, que parecía existir solo en la televisión. Hacía mucho que no veía la televisión ni leía libros, ni periódicos, ni revistas.

—¿Y qué hay de la cena?

Stig se estaba terminando otra cerveza, y Melissa se dio cuenta de que era ya casi la décima lata.

—Te has bebido tanta cerveza que ya vale por una cena.

Se agachó a recoger la bata, y cuando se dio la vuelta, no entendió qué había pasado. Algo se le estrelló en la cara, y cayó al suelo. Encima de ella estaba Stig, frotándose el puño.

—¿Y por qué me has obligado a hacer esto? —preguntó con toda naturalidad.

Melissa se levantó del suelo a duras penas y, tambaleándose, llegó al baño. Le sangraba la nariz, el ojo se le empezaba a hinchar, tenía la cabeza embotada. Todavía no lograba entender cómo podía haberle pasado algo así.

Melly se miró al espejo y se horrorizó. A menudo ayudaba a víctimas de la violencia, a mujeres maltratadas por sus maridos, sus padres, sus novios, pero ¿ella misma en una situación así?

Desde el espejo la miraba una mujer vieja y demacrada: el pelo corto metido detrás de las orejas, la mirada cansada y abatida, y ahora, además, un moratón.

Parecía una alcohólica venida a menos. Era como si se viera por primera vez, y no podía apartarse de aquella visión.

Pero ahora, pensaba, ya no le quedaban fuerzas para cambiar nada en su vida.

¿Por qué se había entregado ella misma, su juventud y su energía, para que las despedazaran las desgracias ajenas?

¿Podría cambiar algo? No, seguro que ya no; no tendría fuerzas para negarse, para decirle «no» a nadie.

Y los que no habían recibido un no de ella se ponían en pie y seguían adelante, mientras ella se quedaba en el mismo sitio, doblándose cada vez más bajo el peso de las penas ajenas.

Y en todo aquel tiempo nadie había vuelto para darle las gracias: revivían y se iban volando.

La puerta del baño se abrió, y Stig la abrazó por detrás, bonachón, y le susurró al oído:

—Vamos, no te enfades, tampoco es para tanto. Ve a hacer la cena, y lo olvidamos todo.

Por mucha vergüenza que le diera a Melissa, al día siguiente tuvo que ir a trabajar con el moratón y la nariz hinchada. Lo disimuló con maquillaje como pudo, pero sirvió de poco. Eso sí, hacía mucho que nadie la miraba: se había convertido en algo insignificante que no le interesaba a nadie.

El día pasó como siempre: agotador, monótono, sin esperanza.

Melissa retrasaba la vuelta a casa, pero al final, ante las miradas extrañadas del vigilante, se puso en camino arrastrando los pies, desanimada.

Cuando entró en su apartamento, al principio no entendió qué era distinto.

Luego cayó en la cuenta de que en casa había silencio: la televisión, que siempre estaba a todo volumen, aquel día callaba.

Entró en la habitación y descubrió que Stig había desaparecido con todas sus cosas.

Melly se echó a reír por primera vez en mucho tiempo. Se quitó los zapatos y tiró el bolso. Volvió a sentirse libre y joven. Qué poco necesitaba para ser feliz…