2. El regalo
Al acercarse a la casa, Ares se quedó desconcertado.
Era un edificio ruinoso, con unas grietas enormes.
No se entendía cómo seguía en pie; tenía tal aspecto que parecía que en cualquier momento el tejado se les iba a caer en la cabeza a los inquilinos.
Ares dudaba que alguien pudiera vivir allí, pero aun así llamó a la puerta desvencijada.
Al cabo de un minuto la puerta se entreabrió y asomó una niña de unos siete u ocho años.
Miraba a Ares asustada. Se notaba que estaba acostumbrada a tener miedo, daba igual de quién: viniera quien viniera, traía peligro.
Aquella niña no esperaba nada bueno de la vida.
—Hola. —Ares intentó suavizar la voz, pero no le salió muy bien. No estaba acostumbrado a hablar con niños.
La niña callaba, y Ares añadió:
—¿Y tu mamá? ¿O algún adulto?
La niña se metió corriendo en la casa sin decir nada, y al cabo de otro minuto apareció en el umbral una mujer exactamente como la había descrito el hombre de la casa de empeños: de edad indefinida. Ares suspiró aliviado: no era Melissa.
—¿Qué? —preguntó la mujer.
—¿Es usted Rose McLean?
—¿Y qué?
Ares le enseñó el colgante.
La mujer se quedó mirándolo y luego dijo con descaro:
—¿Y qué? ¿Qué es lo que quiere usted?
—Usted lo dejó en una casa de empeños. Me gustaría saber de dónde lo sacó. —Por si acaso, Ares sacó cien dólares, para reducir las discusiones al mínimo.
—Me lo regalaron. Una conocida.
—¿Cómo se llamaba?
—Eeeh…
—Melissa —dijo la niña.
—Eso, eso.
—¿Dónde fue? ¿Cuándo?
—A lo mejor hace un mes, no me acuerdo bien. Somos víctimas de un incendio. Hubo un incendio en nuestra casa. Se perdió todo, todo, y ella ayudaba allí a gente como nosotras: nos dio ropa, nos acogió una noche.
—¿Y el colgante?
—¿Qué pasa con el colgante? —La mujer se puso gallita—. Qué manía con el colgante. Ella no tenía nada, y la señora era muy compasiva, así que nos lo regaló. Así que no tiene usted por qué…
—¿Dónde las acogió?
—No me acuerdo. Estábamos tan disgustadas entonces, el incendio…
Ares sacó con impaciencia otros cien dólares:
—A ver, haga memoria rápido, o encontraré otros métodos…
—Bueno, bueno, qué impaciente… —Le arrebató los cien dólares—. Tenía un apartamentito en la Segunda Avenida, en una casa de dos plantas, en la de arriba.
Ares no quería seguir hablando con ella, así que se dio la vuelta y se fue.
Al doblar la esquina, se quedó mirando el colgante, desconcertado.
¿Cómo había podido Melissa regalárselo a aquella mujer horrible?
Podía perdonar cualquier cosa, pero, por alguna razón, aquello lo hirió muchísimo.
Aquella mujer sucia era más importante para Melly que toda su relación, que todo el pasado que los había unido.
Con su afán de ayudar a todo el mundo, sencillamente había pisoteado su vínculo.
Él había vivido en armonía con la elección de ella, sabiendo que hacía lo que debía, que se había resignado a como era él.
Había vivido todos aquellos años sintiendo en el corazón que ella estaba en algún lugar de la tierra, y con eso le bastaba.
Pero Ares estaba seguro de que ella sentía lo mismo.
Y ahora no sabía qué pensar. De todo cuanto existía, Melissa era lo único inalterable, lo que le permitía saber quién era y mantenerse firme.
Pero ahora todo su mundo se tambaleaba. ¿Quizá ella ni se acordaba de aquel parentesco de almas, quizá nunca había existido y él se lo había inventado todo?
¿Qué hacer ahora con aquel colgante? Le quemaba la mano, y tenía ganas de tirarlo lejos, pero no tenía fuerzas para hacerlo.
Cold se fue a su casa y, en el silencio de su vivienda solitaria, se entregó a los recuerdos.
Seguro que podía encontrarla; no le costaría nada, si hacía un mes vivía en la Segunda Avenida.
Pero Ares no quería. En su alma se desataba una tormenta.
¿Cómo castigarla? Tenía ganas de destruir…
¿darle más trabajo a la traidora? ¿Que anduviera de un lado a otro, sin un respiro?
Estaba en su mano hacerlo, y los demonios dormidos pugnaban por salir.
Solo junto a ella podía refrenar su furia; solo sabiendo que ella se oponía a él, se contenía.
Pero ¿y ahora? Si a ella le daba igual. Lo había despreciado, y él lo podía todo.
Ares hizo unas cuantas llamadas. Varias decenas de personas se quedaron sin trabajo. Pero a Ares eso no le produjo ningún placer. No bastaba. Su organización benéfica ni lo notaría.
Bueno, había que actuar a mayor escala.