16. Patrick
Al cabo de un tiempo, en el alma de Patrick Gill anidó una esperanza.
Melissa, a diferencia de todas las chicas antes que ella, no tenía intención de irse.
Así que ahora podía esperar que ella hiciera realidad sus sueños.
No eran tan ambiciosos como muchos años atrás; del pasado de Patrick no quedaba ni rastro.
Pero había algo que sabía con certeza: había que perpetuar su linaje.
Patrick se sentía allí rey, aunque fuera de un reino diminuto, y necesitaba un heredero.
Además, tampoco le habría hecho ascos a una reina.
Melissa no era la mujer de sus sueños, pero era joven y bonita. Y como allí no había otras candidatas, eso la ponía en primer lugar.
Así que Patrick, tras observar cómo Melissa se acercaba a los niños africanos, cómo se reía y, por lo visto, se curaba las heridas, decidió no dejar el asunto para más adelante. Bebió para darse valor y, cuando ella se retiró a su habitación ya entrada la noche, llamó a su puerta.
Melly le abrió en camisón corto. Estaba segura de que era alguno de los niños, pero no se sorprendió lo más mínimo al ver a Patrick.
—¿Patrick? ¿Ha pasado algo? Pase.
No le dio ninguna vergüenza ir en camisón, y Patrick lo tomó como una buena señal.
—He venido a hablar contigo con franqueza, Melissa.
—Hablemos. —En su voz había más broma que alarma: tan ligera tenía el alma.
—He estado pensando, y mirándote, y he decidido que tenemos que estar juntos.
—¿Juntos? Ya estamos juntos. ¿O… a qué se refiere?
—Justo a lo que has pensado, Melissa.
Melissa miraba desconcertada a Patrick, al que sencillamente no veía como un hombre. Algo así no se le podía pasar por la cabeza, y le parecía que de un momento a otro él se echaría a reír y le diría que era una broma. Pero Patrick, escrutando su cara a la luz de la vela, continuó:
—Yo estoy solo aquí, y tú estás sola; ¿por qué no aliviar esta soledad? Hace tanto que no estoy con una mujer.
—Pero, Patrick, ¿por qué? ¿No lleva usted aquí tanto tiempo? Aquí hay un montón de chicas…
Patrick se echó a reír (Melly ni siquiera sabía que fuera capaz) y luego dijo:
—Ya puestos, proponme vivir con una cabra.
—¿Qué quiere decir? ¿Qué tiene que ver una cabra?
—¿Cómo voy a vivir con una africana?
En su voz había un asombro tan genuino como si de verdad pusiera a una africana y a una cabra al mismo nivel.
—Pero no lo entiendo… ¿Cómo ha acabado usted aquí, en este trabajo, con esa actitud ante… la vida?
—¿Para qué ocultarlo ya? Huí de las autoridades.
Esto era el refugio perfecto. Además, me imaginaba que era un esclavista y que aquí todos me obedecían.
Lo confieso: durante un tiempo fue agradable vivir aquí.
No rechazaba ciertos servicios que me prestaban estas africanas, pero ¿vivir con ellas bajo el mismo techo?
Dios me libre. O, Dios no lo quiera, tener hijos con ellas.
En fin, pronto me aburrí, pero ya no tenía adónde volver…
Allí soy persona non grata, y en cuanto vuelva, me meten en la cárcel.
—No quiero ni saber por qué —respondió Melissa.
—Ni hace falta; ahora eso no tiene ninguna importancia. Tú eres una mujer y yo soy un hombre; ¿qué más hace falta en este rincón perdido?
Melissa estaba sencillamente atónita ante aquella confesión.
Se había ido al fin del mundo, ¿y adónde había ido a parar?
Creía que el voluntariado solo podía atraer a almas nobles y puras.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo salir de aquella situación?
¿De verdad el mundo estaba lleno de gente así? ¿O era su destino atraer a gente así?
—Patrick, hace muy poco que he roto una relación y quería recuperarme de esa ruptura. Todavía no estoy preparada para empezar otra.
—Bien, ¿y qué tal el sexo?
Patrick se bajó en un abrir y cerrar de ojos los pantalones cortos de cintura elástica.
Hacía tanto que no veía la necesidad de guardar las formas que no encontró en lo que hacía nada reprochable.
Él mismo era como un animal; sus sentimientos se habían atrofiado tras tanto tiempo viviendo en aquel rincón perdido, aunque Melly no descartaba que nunca los hubiera tenido.
Pero ahora, como un animal, podía simplemente tomar lo que necesitaba, y ella no tenía adónde huir.
Melissa intentó hacer entrar en razón a aquel hombre extraño, pero comprendió que era inútil.
Fuera como fuera, era un hombre varias veces más fuerte que ella.
Sabía que gritar no servía de nada: nadie se asomaría nunca a su habitación.
Allí trataban a Patrick como a un amo, y a las mujeres no las tenían en ninguna consideración.
—Puede ser por las buenas o por las malas —dijo Patrick, con sencillez y casi con suavidad.
Melly pensaba febrilmente; luego dijo:
—Hoy no, Patrick. Hoy no puede ser. Aguanta un par de días.
—Ay, otra vez sus cosas de mujeres. Y yo que ya me había hecho a la idea. Bueno, iré a buscar consuelo a otra parte.
Se subió los pantalones y se fue, y Melissa comprendió lo que había querido decir.
Se puso un vestido y lo siguió, pisando sin hacer ruido por la aldea dormida.
Pero al cabo de un rato ya no hizo falta guardar silencio.
De una de las casas le llegó un grito. Melly corrió hacia allí y miró por la ventana.
Lo que vio la horrorizó. Una de las mujeres de la aldea, de rodillas, recibía latigazos, y la culpa era de la propia Melissa.
Lo que pasó después no se ve ni en una pesadilla, pero Melissa comprendió que aquella chica estaba acostumbrada a los malos tratos.
Y nadie de la aldea salió en su defensa, aunque los gritos de la desdichada se oían por todas partes.
Melissa volvió arrastrándose a su habitación, maldiciéndose. Los alaridos cesaron, pero no consiguió dormirse.
Ahora podía mirar a Patrick con otros ojos.
Y todo lo que pasaba en la aldea lo veía de un modo muy distinto.
La gente le tenía miedo; las chicas lo rehuían.
Al pasar a su lado, procuraban no levantar la vista para que no se fijara en ellas.
Qué le daba aquel poder seguía siendo un misterio para Melissa.
Dos días después, esperando a que cayera la noche, Patrick se presentó en su cuarto haciendo el papel de marido pródigo.
Sin decir una palabra, le quitó el camisón. No usó látigos ni ningún otro atributo de su poder, y le propuso compartir con él el «gobierno» de la aldea. Melissa comprendió que aquel hombre había perdido el juicio, imaginándose esclavista.
Cuando todo terminó, Melissa pudo mirar la verdad a la cara y decirse que no había sido horrible.
No había sido nada. Casi no había sentido nada; tenía muchos pensamientos bullendo en la cabeza y se había distraído del lado moral de la cuestión.
Le interesaba más adónde podía irse de allí.
¿Y cómo? ¿Le pondría Patrick obstáculos?
Pero aunque consiguiera salir de la aldea y librarse de Patrick y de su imaginación enferma, ¿qué hacer con todas aquellas pobres chicas?
No era costumbre de Melissa actuar por impulso, discutir o empeñarse en salirse con la suya. Lo estuvo pensando un tiempo y llegó a la conclusión de que no podría librarse del acoso de aquel hombre. Llevaba demasiado tiempo creyéndose señor de aquella aldea como para atender a razones.
Melissa sabía muy poco del idioma local, pero aun así intentó averiguar dónde había otros asentamientos de voluntarios.
Nadie supo responderle nada sensato. Solo quedaba una cosa: volver.
Pero Melissa, mirando a los niños, que por fin empezaban a acercarse a ella, no podía dejarlos.
Le repugnaba la idea de que ahora su destino en la vida fuera huir de cada contratiempo, de cada hombre que se creyera dueño de los destinos ajenos.
Pasó una semana dándole vueltas a todo esto, y Patrick iba a verla cada noche, como quien va a cobrar un tributo.
Él mismo se consideraba algo parecido a un príncipe medieval que toma todo lo que quiere.
Melissa pasó otra semana fuera de la aldea.
Se iba al amanecer y volvía tarde por la noche, solo para que Patrick pudiera saciar su lujuria.
Cuando él le preguntaba adónde iba, ella respondía que para el hospital hacían falta ciertas plantas y que las estaba recogiendo.
A Patrick, en el fondo, le daba igual: tenía una salud excelente, y los asuntos de los sanadores no le preocupaban en absoluto.
Por fin Melissa consiguió lo que buscaba.
Antes de irse a África, había estudiado todo lo que pudo sobre aquella zona.
Sobre todo para protegerse, y también para aprovechar los recursos naturales con fines curativos.
Así fue como supo de una serpiente terriblemente venenosa que abundaba en aquellas tierras.
Le costó mucho atraparla y llevarla a la aldea.
Por la noche le propuso a Patrick ir ella a verlo para variar, y él, sin sospechar nada, aceptó. Cuando el soberano se metió en su cama, ansiando el placer, allí lo esperaba la serpiente. No tuvo tiempo ni de chistar: todo pasó muy deprisa.
Por la mañana lo encontraron amoratado junto a la cama.
Se armó un revuelo; todos conocían los síntomas de una mordedura de serpiente.
Encontraron a la visitante nocturna y la mataron, preguntándose cómo había podido colarse allí.
Melissa contemplaba lo que había hecho y solo pensaba en Ares.
¿De verdad se parecían tanto? ¿De verdad todos se parecían tanto?
¿Cualquiera puede recurrir a un método tan sencillo para conseguir lo que quiere?
¿Qué vale su vida después de eso? Qué imprevisible es: hoy eres una persona, y mañana otra completamente distinta.
Ahora a Melissa no le quedaba otra cosa que hacer de la aldea su hogar y ayudar a aquella gente.
A partir de entonces no había camino de vuelta.