14. Los extraños
El paisaje hermoso e infinito tranquilizó a Melissa.
Iba dando tumbos en un autobús viejo que se caía a pedazos, después de un largo vuelo.
En cuanto bajó del avión, un calor asfixiante cayó sobre ella y pareció abrazarla.
Melissa pensó que ahora tenía que acostumbrarse a aquel abrazo: de él no se escapaba nunca.
Apoyó la frente en el cristal y cerró los ojos.
Con ella viajaban a la aldea otras dos chicas, una alemana y otra rusa.
Las dos se defendían a duras penas en inglés, pero se entendían entre ellas mucho mejor que con Melissa, así que la conversación no cuajaba.
Además, todas estaban tan cansadas que no tenían ánimos para trabar relación.
Lo que impresionó a Melissa fue el cielo, extraordinariamente hermoso, que cambiaba sin parar: se cubría de nubes, a través de las cuales se filtraban los rayos, y luego volvía a despejarse.
En cuanto salieron del aeropuerto, a los doscientos metros se acabó la carretera asfaltada, y el vehículo empezó a traquetear por un simple camino de tierra, levantando nubes de polvo amarillo.
Al principio el autobús iba vacío, pero luego, poco a poco, se fue llenando de gente.
El viaje duró unas tres horas, y en ese tiempo Melissa estuvo a punto de decidir volverse en el primer vuelo.
Miraba aquellas caras ajenas e indiferentes y no podía imaginarse su vida entre ellos.
¿En qué estaba pensando? Si eran sencillamente distintos.
Al anochecer, el autobús llegó por fin a la aldea, y las chicas, felices, desentumeciendo los miembros, se bajaron.
No pudieron mirar mucho a su alrededor: tenían muchas ganas de descansar, dejar las cosas, lavarse.
Las recibió un hombre de unos cincuenta años, cansado y desaliñado. Era europeo y hablaba bien inglés:
—Buenas tardes. Me llamo Patrick Gill. Les enseñaré la habitación.
Resultó ser, en efecto, una sola habitación para las tres, en una especie de barracón.
Un cuarto de unos quince metros cuadrados, de paredes irregulares encaladas hacía muchísimo tiempo.
Techo bajo, una ventanita. Tres camas, un armario espantoso cuya puerta se sostenía de puro milagro.
Una mesa que también daba que pensar, y dos sillas.
Paredes desnudas y tristes y suelo de tablas.
Melissa estaba tan cansada que no tenía fuerzas para fijarse en lo que la rodeaba.
Patrick Gill, acompañado de una mujer del lugar, les llevó a las chicas ropa de cama y una jarra de agua.
—El agua aquí es muy valiosa, así que no la malgasten.
—¿Y esto para qué es? —se asombraron las chicas, mirando la jarra.
—Para todo —respondió él.
—¿O sea, que no va a haber ducha? —Patrick Gill estuvo a punto de echarse a reír, pero, por lo visto, no le quedaban fuerzas para ello. Hizo una leve mueca y se fue.
—Bueno, pues vamos a dormir —propuso Melissa.
La mañana en la aldea africana les pareció todavía más horrible.
Cuando las chicas salieron a la calle, lo primero que pudieron contemplar fue la suciedad.
Suciedad por todas partes. Montañas de basura detrás de la casa, delante de la casa, simplemente en todas partes.
Unas casas viejas y destartaladas se alineaban formando algo parecido a una calle.
En lugar de cristales, trapos. El retrete les dio horror, y Melissa no quería ni acordarse de él.
Las chicas se apiñaban y buscaban a Patrick.
Se cruzaron con pocos habitantes, todos ociosos y como indiferentes.
Como si ya nada en este mundo pudiera sacudir a aquella gente.
A Melissa le parecía que había ido a parar a una película surrealista, donde todo estaba mal, nada obedecía a las leyes a las que estaba acostumbrada y todo escapaba a su comprensión.
¿Cómo se puede vivir aquí? Decidió firmemente cambiarlo todo allí, aportar variedad, ayudar.
Se encontraron con unos niños muy pequeños, que jugaban en el polvo a algo con palitos de madera.
Los niños miraron un instante a las chicas y volvieron a enfrascarse en su juego.
Las voluntarias encontraron a Patrick en la cocina, si es que aquel cuarto podía llamarse así. La mujer que les había llevado la ropa de cama el día anterior estaba cocinando algo, barriendo la basura de la mesa directamente al suelo.
—Ah, son ustedes —dijo Patrick arrastrando las palabras—. El desayuno estará pronto.
—¿Y dónde está toda la gente? —preguntó Melissa.
—Han ido por agua. El pozo más cercano está a tres kilómetros de aquí.
Al día siguiente, la alemana y la rusa se fueron de la aldea.
Melly se quedó sola. Patrick casi no hablaba con ella; por lo visto, esperaba que ella tampoco aguantara mucho.
Pero quizá aquellas chicas tenían adónde volver: habían vivido emociones nuevas y se iban a compartirlas con su familia.
Para ella, en cambio, el camino de vuelta estaba cerrado.
No le quedaba más remedio que adaptarse allí.
Estaba firmemente decidida a intentarlo y a poner todo su empeño en ser útil.
Le enseñaron el «consultorio médico» de la aldea y a una anciana que hacía de médica.
El aspecto de aquel consultorio horrorizó a Melissa, y se puso manos a la obra con ahínco.
Intentó poner al menos algo de orden y limpieza, aunque sin agua no era tarea fácil.
Había traído un baúl con medicamentos y decidió cuidarlos como oro en paño, porque no estaba claro dónde conseguir otros en aquellas condiciones.
La anciana intentaba ser útil y cumplía sin rechistar las indicaciones de Melissa, aunque no se le borraba de la cara la expresión de incomprensión e indiferencia.
La mayoría de la gente de la aldea iba dos veces al día por agua, cada uno con lo que tenía.
Melissa pidió, a través de Patrick, que le llevaran agua al consultorio.
Luego intentó hacer algo con la basura y no conseguía entender por qué nadie la tiraba.
Al cabo de una semana Melly comprendió que no tenía sentido: ningún camión de la basura pasaría por allí, ni siquiera por casualidad, para llevársela, así que todos se habían desentendido.
Melissa intentó hacerse amiga de la gente del lugar, pero parecía que les daba igual.
Ya fuera porque las personas como ella no se quedaban mucho tiempo, ya porque la vida de aquella gente era tan triste y pobre (tanto en lo material como en lo espiritual), el caso es que miraban a través de ella.
Si era sincera consigo misma, ella tampoco podía sentir apego por ellos: nadie destacaba, eran todos uno.
Como un organismo compacto y sin razón. Como un hormiguero.
Obedecía a ciertas reglas y normas, pero ninguna hormiga cambiaba nada, decidía nada ni destacaba de la masa.
Y allí estaba Melly: una abeja caída en un hormiguero, un cuerpo extraño, incomprensible para el organismo común.
Se movía en él, creando desequilibrio, pero ellos habían aprendido a rodearla y a no fijarse en ella.
Los nativos no querían que los curara una forastera desconocida: seguían acudiendo a la anciana, y Melissa observaba cómo esta curaba algo en condiciones de total insalubridad. Sobre todo con infusiones de plantas y unas pomadas incomprensibles de olor penetrante.
Por las noches Melissa se iba a su habitación, de la que ahora era dueña absoluta, y lloraba.
Se convencía de que tenía que aguantar, adaptarse, fundirse con aquel mundo.
¿Cómo había ido a parar allí? ¿Para qué?
¿Tendría razón Ares? Procuraba no pensar en él, no recordarlo, porque allí, bajo aquel cielo infinito, le parecía que él era lo mejor que podía haber en este mundo.
Y si un asesino a sueldo era lo mejor, ¿cómo seguir viviendo?
Una mañana Melissa se encontró con unos niños que estaban pintando algo en la pared de su casa con unas extrañas pinturas caseras.
Se asustaron, pero solo un momento, porque vieron que Melly no se enfadaba.
Se agachó junto a ellos y mojó los dedos en las pinturas.
Los pasó por la pared, acostumbrándose a la textura, observando cómo quedaba la pintura y calculando cuánta hacía falta.
Luego Melissa se entusiasmó. Era estupendo pintar con los dedos en la pared.
Nadie te regañaba por ello, y los niños mostraron interés.
Pintaba, y bajo sus dedos aparecían dibujos como los que aquellos niños nunca habían visto.
Animales del mar y bestias de cuento, gnomos y ciervos, copos de nieve cayendo y un árbol de Navidad.
Los niños se pusieron a reír y a darse empujones, encantados.
Llamó con la mano a un chiquitín y, mojándole los deditos en la pintura, dibujó un arcoíris.
Los demás se entusiasmaron tanto que empezaron a pedirle a porfía que los tomara en brazos para ayudarlos a ellos también a pintar.
Por primera vez en todo el tiempo que llevaba allí, Melissa se acostó con una sonrisa en los labios: había encontrado el camino hacia los extraños, había visto la variedad de sus caras; era como si hubieran cobrado vida y se hubieran convertido en seres vivos.
Podré vivir aquí, pensó Melissa, apaciguada, y se quedó dormida.