10. El nacimiento de Cold (tercera parte)
Toda la vida de Ares en las semanas siguientes fue un entrenamiento continuo.
En la casa vivían unos veinte chicos, mercenarios como él.
Ares se relacionaba con ellos, pero sin intimar.
Era prudente y lo temía todo. Temía dar información de más sobre sí mismo, volverse vulnerable.
En su mayoría, los otros chicos se parecían a él.
Todos fuertes y bien plantados, con una infancia y un pasado difíciles.
Todos tenían algo que esconder, y entre ellos no había charlatanes.
Por supuesto, bromeaban, contaban chistes que habían oído alguna vez y los presentaban como si les hubieran pasado a ellos, pero Ares sabía distinguir bastante bien cuánto había de verdad en sus palabras.
Cada día entrenaban en la pista de obstáculos.
Acostumbrarse a ella, como había esperado Ares al principio, era imposible, y adaptarse también, porque la pista cambiaba.
A veces podía estar varios días exactamente igual, y luego, un buen día, en lugar del barranco te encontrabas una zanja llena de agua.
Tenías que bucear una distancia determinada, y cuando te acostumbrabas y te relajabas, donde solía estar la salida salvadora aparecía un callejón sin salida.
Varios sufrieron lesiones graves en la pista, pero no hubo muertes.
La corriente podía darles en sitios completamente distintos, las tareas se complicaban y el cuerpo se entrenaba.
Los dedos de Ares se fortalecieron; al cabo de un tiempo pudo sujetarse a la cuerda resbaladiza sin caer cada vez al barro.
Ares se tranquilizaba pensando que no era el único que pasaba por todos aquellos entrenamientos día tras día.
Y no solo los chicos con los que entrenaba.
Todas aquellas cosas se practicaban desde hacía muchos años en distintas unidades especiales, y nadie se moría por ello.
Sí, le dolía el cuerpo, pero por las tardes tenía buena comida (y les daban de comer como para engordar un regimiento), una cama limpia, una habitación propia.
Pidió libros, y al día siguiente Leo le trajo un montón.
Tenían una sala de cine, y podía ver cualquier película con sus compañeros.
¡Juntos era aún mejor! Todos pensaban igual (por lo menos en aquella etapa de la vida), y por eso Ares disfrutaba de verdad viendo películas con ellos.
Elegían, por supuesto, películas de acción, thrillers, películas de Jackie Chan.
Cada uno ponía su granito de arena (uno criticaba, otro se reía de forma contagiosa, otro animaba a los demás a repetir la escena), y parecían una gran familia bien avenida.
No había necesidad de competir: había de todo en abundancia.
De vez en cuando llamaban a alguno a la casa del señor Bruno. Entonces se iba a una misión y volvía, o no volvía. Nadie hablaba de las misiones, por supuesto, y a los compañeros desaparecidos tampoco se los recordaba. Todos sabían que, tarde o temprano, cada uno tendría que cumplir su papel.
Por las tardes organizaban combates amistosos de entrenamiento, y cada uno enseñaba a sus compañeros lo que sabía.
Ares, naturalmente, enseñaba a combatir con palos, y a los chicos les gustaba mucho.
Un día el sargento trajo espadas de verdad de la casa del señor Bruno, y organizaron con ellas un combate apasionante.
Eran unas armas magníficas; Ares las empuñaba con emoción.
Un combate así pasaba de inmediato de juego a auténtico arte.
El sargento se defendía bien, pero Ares lo superaba en técnica, y le costaba muchísimo no emplearse a fondo.
No podía evitar tener pensamientos sanguinarios: al fin y al cabo, una espada no es un palo, y se imaginaba cómo podría cortar un brazo de un solo golpe.
Tenía que contenerse, y el sargento sonreía, notándolo todo.
También iban al campo de tiro, pero Ares no se aficionó a disparar. Demasiado ruido, demasiado lejos. Solo confiaba en su mano, y nunca llegó a fiarse al cien por cien de las armas de fuego. Aunque, por supuesto, aprendió a manejarlas.
Ares tuvo suerte: durante varias semanas todo estuvo tranquilo. Era como si hubiera ido a parar a un campamento para niños que les inculcaba valor.
Por fin, una mañana, se encontró con Leo, que siempre estaba al tanto de todo, y este le dijo que el señor Bruno quería verlo.
Aquellas palabras sencillas le provocaron un ligero temblor.
Esperaba aquella llamada; comprendía que no podía estar eternamente sin hacer nada.
Y pensó que por fin había llegado la hora de pagar.
Fuera como fuera, de momento estaba en deuda con el señor Bruno y quería saldarla.
—¿Y qué, voy a su casa sin más?
—Te está esperando, así que ve. —Leo le dio a Ares una palmada amistosa en el hombro.
Ares no se hizo esperar y fue derecho a la mansión. Junto a la amplia y bonita escalinata aflojó un poco el paso, pero se sobrepuso y llegó hasta la puerta, decidido a no dejar ver su nerviosismo. La puerta se abrió como por arte de magia delante de sus narices, y un viejecito enjuto dijo:
—Lo acompaño a ver al señor Bruno.
Ares siguió en silencio al viejecito. Toda la situación era ridícula, irreal. Procuraba no mirar a su alrededor, pero lo que veía con el rabillo del ojo ya era más que suficiente. Un lujo deshabitado. ¿Cómo se puede vivir aquí?
Entraron en el despacho del señor Bruno, que estaba sentado detrás de una mesa maciza. Algo así era lo que esperaba Ares; ninguna sorpresa.
El viejecito salió sin hacer ruido, y Ares se quedó a solas con su salvador.
—Buenas tardes, Ares. ¿Qué tal se encuentra con nosotros?
Un tono cortés, interés en la voz.
—Gracias, señor Bruno, me encuentro bien. —Ares sonrió levemente.
—Me alegro, de verdad que me alegro. Casi nunca paso por aquella casa; los negocios…
Ares callaba, sin saber qué más decir.
—Aquí tiene, Cold, su primer encargo. Una prueba, por así decirlo.
El señor Bruno le tendió a Ares una foto.
En ella aparecía el hombre más corriente del mundo: un tipo de unos cuarenta años, con una camiseta sencilla y vaqueros.
Salía de una tiendecita y llevaba una bolsa en las manos.
Al dorso de la foto, una dirección. Mientras Ares pensaba si debía preguntar o aclarar algo, el señor Bruno, como si nada, volvió a los documentos que estaba revisando antes de que llegara él.
Ares se sentía un tonto, cambiando el peso de un pie al otro con la foto de un desconocido en las manos. Todo parecía clarísimo, pero ¿y si lo había entendido mal? ¿Qué hacer?
—¿Puedo quedármela? —preguntó por fin Ares.
—¿Para qué? ¿No lo ha memorizado? —El señor Bruno era amable, pero Ares no se dejó engañar.
—Lo he memorizado todo.
—Muy bien, entonces. Tiene tres días. Ah, y esto. —El señor Bruno sacó una llave y se la tendió a Ares—. Hasta pronto, Cold.
Ya no había nada que adivinar. Ares tomó la llave y salió del despacho. Se topó con el viejecito, que lo acompañó amablemente hasta la puerta.
Lo primero que hizo Ares fue buscar a Leo y preguntarle:
—¿Cómo voy a la ciudad? No está cerca, ¿no?
—No hay problema. Ve a ver al sargento y dile que tienes que ir a la ciudad.
—¿Y puedo irme varios días?
—Si hace falta para el trabajo… —dijo Leo arrastrando las palabras—. Tú decides qué es mejor y cómo actuar.
—Entendido.
Ares buscó al sargento y decidió no dejar el asunto para más adelante. Un par de horas después ya estaba en la ciudad. Acordó con el sargento que lo recogieran en el mismo sitio dos días después.
En la ciudad se sintió completamente distinto.
Como si se hubiera escapado de un país de cuento al mundo real.
Allí había un prado verde, compañeros, comida gratis y entrenamientos.
Nada perturbaba su existencia. Aquí lo recibieron el smog, los cláxones de los autos, los empujones de la gente.
Ares se quedó desconcertado un instante.
No conseguía entender cómo se las había arreglado para meterse en semejante situación.
¿Mandarlo todo al diablo? Pero enseguida aparecía ante sus ojos la imagen de Melissa.
Y no se trataba ni siquiera de no estar a la altura de sus esperanzas, de no ganar dinero, de que tuvieran que ir dando tumbos por el mundo.
Sino de que ahora cada paso irreflexivo suyo podía costarle a ella la vida.
Había picado como un pez en el anzuelo. Ares era lo bastante listo para comprenderlo.
En la tienda más cercana compró un mapa de la ciudad y encontró la dirección.
El pueblo era muy pequeño, podía recorrerse en un par de horas, así que Ares, adoptando un aire de paseante, salió a hacer un reconocimiento.
Encontró la dirección media hora después.
Un barrio poco recomendable, un edificio de apartamentos de tres plantas rodeado de edificios iguales.
Muchas ventanas y, por tanto, muchos ojos.
¿Para qué dar vueltas?, pensó Ares. Cuanto más anduviera por allí, más gente lo vería y lo recordaría.
Entró con seguridad en el portal y empezó a subir por la escalera sucia.
Era un día laborable; por lo visto, la mayoría de los vecinos estaban en el trabajo, así que no se cruzó con nadie.
Y ahí estaba el apartamento. Ares no sentía ni miedo ni nervios.
En realidad, no acababa de asimilar lo que estaba pasando.
Como un videojuego: aquí está la misión, cúmplela.
Ares sacó la llave y la metió sin esfuerzo en la cerradura.
La llave giró casi sin ruido, y la puerta se abrió.
Como si todo estuviera preparado y esperara precisamente su llegada.
Desechando las dudas, cruzó el umbral y entornó la puerta.
En la mano tenía el palillo de palma, y su contacto acabó de tranquilizarlo.
Miró a su alrededor: dos puertas. Empujó una y vio detrás un baño sucio en el que no había nadie.
Ares fue hacia la segunda puerta y la abrió.
Ante él apareció una habitación desordenada: había cosas tiradas por el suelo, trozos de papel, latas de cerveza, un cenicero con colillas.
En el sofá estaba tumbado un hombre. Por lo visto, había decidido ver la televisión, porque tenía en la mano el mando a distancia y, justo en el momento en que entró Ares, pulsó el botón.
En la habitación irrumpió la voz del presentador de las noticias, pero el hombre se puso a cambiar de canal con impaciencia.
El dueño del apartamento se detuvo en el fútbol y dejó el mando.
Al estirarse para agarrar una lata de cerveza, vio por fin a Ares, de pie en la puerta.
—¿Tú quién eres? —preguntó el hombre, borracho.
Ares se aseguró de que aquel hombre era precisamente el que buscaba.
Sin decir nada, Ares cruzó la habitación. El hombre, sin entender lo que pasaba, se lanzó aun así contra el intruso:
—¡Largo de aquí! —Levantó la lata, pero Ares la esquivó con facilidad y, con un golpe medido al milímetro del palillo de palma en la sien, lo tumbó en el suelo.
Ni siquiera tuvo tiempo de gritar: se dobló y luego se desplomó del todo, como si hubiera decidido descansar. Ares se quedó un minuto de pie junto al cuerpo; luego le tomó el pulso. Una herida muy pequeña sangraba, y no había pulso.
Ya está, pensó Ares. Qué rápido puede acabarse una vida.
No quería pensar en quién era aquel hombre ni por qué se había convertido en un objetivo.
Esos pensamientos no traen nada bueno. Pero aun así Ares recorrió la habitación y echó un vistazo a una vieja cómoda.
¿Qué relación podía tener aquel pobre borracho sucio con el señor Bruno?
¿Habría sido solo una prueba, y le había tocado por pura casualidad?
Seguramente no importaba. En la cómoda, debajo de ropa sucia metida de cualquier manera, Ares encontró un fajo de fotos.
Asquerosa pornografía infantil. ¿Era un premio de consolación?
Ares no quería pensar ni hacerse esas preguntas, pero no podía.
No podía quitarse de encima la sensación de que todo era demasiado fácil, demasiado limpio, y encima las fotos al final.
El joven asesino comprobó una vez más el cuerpo; no tenía intención de revivir.
Se llevó las fotos y salió. Igual que antes, sin que nadie lo viera, salió a la calle y echó a andar hacia el centro.
Por el camino quemó las fotos. Ya está, pensaba Ares: había un hombre, y ya no lo hay; había un objetivo, y ya no existe.
¿Y ahora qué? Esperar un nuevo objetivo.
Era lo único de lo que ahora estaba seguro Ares.
Porque ese día él mismo, con sus actos, se había convencido de que en esta vida ya no puedes estar seguro de nada más.
Ahora tenía dos días enteros, y Ares no tenía la menor idea de cómo pasarlos.
Vagó por la ciudad, comió en un café. El sargento le había dado una pequeña cantidad de dinero para «gastos corrientes», que no tuvo.
Entonces Ares fue a la estación de autobuses y compró un billete a la ciudad grande más cercana.
Pasó la noche viajando, y por la mañana se fue a pasear por la ciudad.
Fue al zoológico, luego entró en correos y le mandó una postal a Melissa, comió y encontró una tienda de material deportivo.
Estuvo mucho rato mirando palillos de palma y, al final, compró uno.
Era distinto del que lo había acompañado durante tantos años, pero del anterior había tenido que deshacerse.
El nuevo era barato e impersonal, pero, pensó Ares, separarse de él sería mucho más fácil.
Todavía quedaba tiempo para el autobús de vuelta, y Ares se fue al cine.
Y al día siguiente volvió al lugar de encuentro con el sargento, que no se hizo esperar, y regresaron «a casa».