9. El nacimiento de Cold (segunda parte)
Melissa se incorporó en el sofá y tomó la taza de té.
El relato de Ares la tenía hechizada. Él hablaba poco, y era la primera vez que le oía contar algo tan largo.
Hablaba en voz baja y suave, como si contara la historia de otro.
Sin emociones ni entonaciones de más. Melissa veía su perfil y lo observaba con atención.
Ahora veía algo distinto, y se reprochaba: ¿cómo no había visto lo evidente?
Es severo, sonríe poco, va a lo suyo. ¿Qué pasa dentro de él? ¿Cómo es? ¿Qué ha tenido que vivir?
—¿Y qué pasó después?
Melissa quería acariciarle la cabeza a Ares o ponerle la mano en el hombro.
La levantó y la dejó caer sobre el sofá, al recordar al hombre muerto y sin rostro.
Había visto muchos cadáveres, había visto a gente morir de enfermedades, de heridas.
Creía que se tomaba la muerte con calma, que la aceptaba, que no le tenía miedo.
Pero se había equivocado. De ahora en adelante, aquel hombre, cuya cara ni siquiera había visto, estaría siempre ante sus ojos.
Ahora le tendría miedo. Con aquella cabeza inclinada, había destruido sus sueños.
—¿Después? —Ares se quedó un instante pensativo, ensimismado, intentando recordarlo todo, no omitir ningún detalle. Para que Melly lo entendiera, para que sintiera con él cómo había sido. Cómo había nacido.
A la mañana siguiente le abrieron a Ares la puerta de la celda y le dijeron:
—Puede irse.
Así de simple. Firma un papel y puedes irte adonde quieras. Eso le dijeron en la comisaría. Pero cuando salió a la luz del sol, vio un auto. Un chico se asomó y dijo:
—¿Tú eres Cold?
Ares asintió.
—Me manda el señor Bruno a buscarte. Sube.
Ares comprendió que solo tenía un camino.
Viajaron cerca de una hora; por fin tomaron un camino rural y llegaron a un terreno vallado.
La verja se abrió automáticamente, dejó pasar el auto y se cerró suavemente tras él.
Todavía recorrieron un buen trecho por un prado verde sin ver ninguna señal de vida.
Por fin apareció a lo lejos una casa grande, casi un palacio, pero el chico que conducía giró a la izquierda, y la casa se fue alejando.
Llegaron a un edificio que, a simple vista, no se diferenciaba mucho del orfanato.
Una construcción sencilla y alargada de dos plantas.
—Esta es tu nueva casa —dijo el chico. Había guardado silencio todo el camino, y Ares tampoco lo había molestado con preguntas. Pero al bajar del auto, el chico pareció quitarse de encima el peso de la responsabilidad: se desperezó, encendió un cigarrillo y preguntó en tono amistoso:
—¿Y cómo te llamas?
—Cold.
—Muy bien, yo soy Leo. Vamos a vivir aquí juntos. Bueno, no solo tú y yo, aquí hay muchos chicos más. Buena gente. Cada uno va a lo suyo, pero es que el trabajo es así.
—Ya. ¿Y qué trabajo es? —decidió tantear el terreno Ares.
Leo soltó una risita y no respondió. Cuando terminó el cigarrillo, dijo:
—Bueno, vamos, que te instalo.
El edificio estaba distribuido como un hotel.
Un gran vestíbulo común y muchas habitaciones.
A Ares lo instalaron en una habitación sencilla, con lo imprescindible: cama, mesa, silla, armario.
Ni cuadros, ni adornos, ni tonterías de esas.
Paredes claras, una colcha azul oscuro en la cama.
Nada más. Sencilla, impersonal, ordenada.
Ares esperaba algo así. Se alegró de que la habitación fuera individual.
Aunque, después del orfanato, habría podido convivir tranquilamente con una decena de personas.
Pero valoraba la soledad y la intimidad.
Encima de la cama había una bolsa, y Leo dijo:
—Son tus cosas; las trajeron ayer.
—Sí, está bien, gracias.
—Bueno, me voy de momento; tú recupérate y sal al vestíbulo dentro de una hora más o menos.
—De acuerdo.
En la habitación, Ares tenía un pequeño baño: inodoro y ducha. Un sueño, pensó. Nada de colas por la mañana, todo a tu entera disposición.
Se duchó, se puso unos vaqueros y una camiseta y se sentó en la cama a reflexionar sobre su situación.
Quedaba todavía media hora para salir, y lo primero que decidió Ares fue echar un vistazo.
Al asomarse a la ventana, no vio absolutamente nada más que hierba verde.
Quizás desde las ventanas de la segunda planta se viera mejor, pero a Ares lo habían instalado en la primera.
Tampoco tenía la menor idea de qué había detrás del edificio.
Entonces se sentó en la cama y decidió sumar dos más dos.
Así que así es como pasa. Igualito que en el cine.
¿Y qué iba a hacer ahora? ¿Vigilar? ¿Matar?
Servir, decidió Ares, como un perro fiel.
Ese era su destino. Lo principal era escapar después, recuperar la independencia, no perder el sueño.
Se imaginaba que ya habrían averiguado sobre él todo lo posible, porque tenían que encontrar formas de presionarlo.
Lo principal era no permitir que le pasara nada a Melissa.
Mostrar lealtad, ganarse su confianza. Y entonces, quién sabe, encontraría la manera de largarse de allí por las buenas.
Tenía que haber una manera, y Ares la encontraría.
Y mientras tanto había que ser obediente, sin más.
Olvidar su orgullo, su propia cara. Decidió olvidar incluso su nombre durante un tiempo.
Que fuera simplemente Cold. Ares se había quedado en otra vida; Ares era para Melissa.
A la hora exacta, Ares salió al vestíbulo. Allí lo esperaba ya Leo.
—Vamos —dijo sin más explicaciones, y salió del edificio.
Rodearon la casa, y allí Ares vio algo parecido a un campo de entrenamiento.
Como en el ejército. Él no había estado en el ejército, pero había visto muchas películas sobre el tema.
Algo así fue lo que apareció ante él. Una veintena de chicos, en completo silencio, guiándose por lo visto solo por gestos, recorrían una pista de obstáculos.
Con elegancia, coordinados, sin gritos de un comandante.
Nadie berreaba como en las películas: «¡A ver si mueven esos culos perezosos, nenas! ».
Se les acercó un hombre de unos cuarenta años, el típico comandante con uniforme de camuflaje.
—Aquí le traigo al nuevo —dijo Leo.
—Buenos días —saludó Ares.
—Buenos días. Soy el sargento Adams. Tú eres Cold, según tengo entendido. El señor Bruno me avisó de que venías.
Ares asintió. No sabía qué decir, ni tampoco cómo comportarse, así que decidió quedarse callado.
—No eres muy hablador, ¿eh? Eso está bien. ¿Ves a esos chicos de allí? Están haciendo la pista de obstáculos. Lo principal es hacerlo en silencio y rápido. Es lo más difícil. Guardar silencio absoluto. ¿Podrás?
Ares se encogió de hombros. A primera vista, lo que hacían aquellos chicos no tenía nada de difícil.
Todos parecían muy tranquilos; nadie hacía muecas, ni resoplaba, ni se caía.
Pero Ares estaba acostumbrado a no subestimar las situaciones.
Todo podía resultar distinto de lo que parecía a primera vista.
—Bien, vamos a ver de qué eres capaz. Ve y únete a ellos —dijo Adams.
Ares se quedó un poco descolocado: no estaba preparado para eso, pero no iba a demostrarlo en el primer encuentro. Así que, tras calcular la longitud de la pista de obstáculos, se lanzó hacia delante.
Hasta le hacía gracia. Hacer de soldado valiente que iba a superar la pista de obstáculos en un pispás.
Justo al principio, la pista la cortaba una valla lisa de troncos, un poco más alta que él.
Saltarla no costaba nada, pero cuando Ares, tras tomar impulso, se agarró a ella, recibió una descarga eléctrica bastante notable.
No muy fuerte, pero la sensación de que la corriente te recorre era asquerosa.
Como si te pusieran del revés. Al principio Ares ni siquiera entendió qué le pasaba, pero, tras saltar la valla de todos modos, le dieron ganas de soltar una palabrota.
Se acordó de que no podía. Miró hacia delante.
Lo peor ahora era que había aparecido el miedo.
Se había acercado a la pista de obstáculos como a una diversión infantil, y ahora tendría que superarse.
De ahí en adelante, al tocar cualquier cosa, esperaría alguna trampa. ¿Y qué esperabas?
Bueno, adelante. Una zanja asquerosa llena de barro, con una cuerda por encima.
Cosa de niños. Ares tomó impulso y, agarrando la cuerda, voló sobre la zanja.
Era imposible sujetarse a la cuerda. Estaba completa y absolutamente embadurnada de algo que hacía que las manos resbalaran como sobre mantequilla.
Imposible, pensaba Ares. Él mismo había visto a varios pasar por ella sin resbalar en absoluto.