Nadie Escapa a su Destino 8. El nacimiento de Cold (primera parte)
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8. El nacimiento de Cold (primera parte)

—¿Qué, chicos? ¿Por la primera victoria?

—¡Hurra!

—Somos los mejores.

—Les dimos una paliza.

Era la primera vez en su vida que Ares pisaba un antro.

La cerveza corría a raudales, la música atronaba, todos estaban achispados.

Lugares así contagian su ambiente a todos los presentes, y hasta los más callados quieren ser el centro de atención, golpear la mesa con la jarra de cerveza y sentirse unos tipos duros.

Además, él y los chicos del equipo tenían algo que celebrar.

Novatos todavía muy verdes, habían ganado en su primera competición a un equipo local muy fuerte.

Y ahora se sentían auténticos héroes. ¡Y les quedaban tantas victorias por delante!

¡Qué vida! Perspectivas, dinero. Ares, en su orfanato, ni siquiera había soñado con algo así.

El entrenador los elogiaba, el equipo estaba compenetrado, todos querían ayudar.

Casi ni echaba de menos a Melissa, tanto lo había absorbido su nueva vida.

No llevaban ni una semana fuera del orfanato y ya recorrían el país.

Ares le dio un trago a la cerveza con gusto y su mirada se cruzó con la de un grandullón tatuado. Claro, pensó Ares, estos sitios siempre están llenos de tipos así. Quiso apartar la vista enseguida, pero parecía que el grandullón solo esperaba la ocasión:

—¿Qué miras, imbécil? ¿A ti te dejan entrar en estos sitios? Me parece que todavía no tienes edad.

Ares se dio la vuelta, decidido a no hacer caso de las provocaciones del grandullón.

Además, en eso tenía razón: el joven deportista no pintaba nada allí.

Si se enteraba el entrenador, no le iba a dar una palmadita en la espalda.

Hasta podía quitarle el contrato. Y entonces adiós al sueño de ganar dinero, y luego no lo contratarían en ninguna parte…

—Eh, tú. ¿Por qué te das la vuelta cuando te hablo, eh? —El tatuado se levantó de la silla y se dirigió con paso vacilante hacia Ares.

Maldita sea, pensaba Ares. ¿Y ahora qué hago?

Su grupo parecía no haber notado nada; seguían gritando y riéndose a carcajadas.

Al llegar a su lado, el tipo, sin más palabras, le vació una jarra de cerveza en la cabeza.

Ares se sintió un completo idiota. Podía controlarse, como le habían enseñado, pero ¿cómo reaccionar?

La cerveza le chorreaba por la cara y le entraba por el cuello, y parecía un gorrión mojado.

Por supuesto, a su equipo no se le escapó, y todos se pusieron a alborotar a la vez.

Ares no era tonto y esperaba: ¿empezaría alguno la pelea?

¿Saldría en su defensa? Pero, por lo visto, sus compañeros no estaban tan borrachos como querían aparentar, porque se limitaron a azuzar a Ares sin meterse en la pelea.

No era el único que valoraba su contrato.

—Bueno, hagamos como si no hubiera pasado nada —dijo por fin Ares, a duras penas.

—Mocoso. —El grandullón le escupió con desprecio a los pies.

Como ya le había ocurrido otras veces, en ciertos momentos Ares no podía controlar sus emociones. Salían a la superficie con tal fuerza que por un instante no podía respirar. La sangre se le subía a la cabeza, y entonces en los oídos solo le latía una palabra: «Mata».

Ares saltó de la silla con facilidad y le arrebató el taco al chico que estaba a su lado. Este ni siquiera se resistió; todo pasó muy deprisa. Los chicos del equipo de Ares entendieron al momento de qué iba aquello y empezaron a corear, entusiasmados:

—¡Cold! ¡Cold! ¡Cold!

Igualito que en el ring, pensó Ares.

Hizo girar el taco varias veces, acostumbrándose al peso y la longitud del arma que le había caído en las manos.

Les habían enseñado a ver cualquier objeto que tuvieran en las manos como un arma en potencia y a evaluar sus posibilidades en el combate.

El taco era justo lo que hacía falta. No se podía pedir nada mejor en una situación así.

Lo bastante ligero como para no causar lesiones demasiado graves, lo bastante largo como para no dejar acercarse al adversario, lo bastante eficaz como para dejarlo fuera de combate.

Ares podía tumbar al grandullón en cuestión de segundos, pero le hervían el orgullo y la rabia.

Además, los chicos que coreaban querían espectáculo.

Pues lo tendrían. Ares empezó a dar vueltas despacio a su alrededor, y el otro gritó:

—¡Miren, el pajarito quiere jugar! Venga, vamos.

Ares hizo un molinete con el taco y, cuando el grandullón iba a soltar otra frase, le dio en las piernas; al cabo de unos instantes ya estaba detrás de él y le asestó un golpe en la espalda. El adversario se enfureció y le gritó a alguien:

—¡Dame a mí también un taco!

Enseguida le dieron uno, solícitos, y el corro de mirones se abrió esperando el espectáculo.

El grandullón levantó el taco con torpeza, pero Ares paró su ataque con facilidad.

Podía arrancarle el taco de la mano a su rival en un segundo, pero entonces no tendría gracia.

Así que se limitó a esperar el siguiente ataque, con una sonrisa de oreja a oreja.

El tatuado se puso hecho una furia y se lanzó contra Ares, pero este lo esquivó sin esfuerzo y volvió a sacudirle con el taco en la espalda.

—¡Como a un perro! —gritó alguien de entre la gente, y todos se echaron a reír.

En realidad, a Ares ya lo aburría aquel combate vergonzoso y quería terminar cuanto antes.

Así que, esquivando y dando golpes ligeros pero contundentes, calculaba cómo dejar fuera de combate a aquel tipo sin peligro.

La rabia se había calmado, y Ares quería llegar al hotel sin más incidentes.

Al esquivar otro ataque, vio que su adversario salía despedido de cabeza tras tropezar con el pie de alguien.

No tuvo tiempo de frenar y voló un par de metros más hasta caer.

Todos alborotaban y esperaban la continuación, pero el caído ya no se levantó.

Por fin el camarero salió de detrás de la barra y le dio la vuelta al pendenciero.

Había caído con muy mala suerte sobre un saliente de hormigón y se había abierto el cráneo.

Ares, sin creer lo que veía, miraba el charco de sangre que se extendía, y cuando se volvió buscando ayuda, vio que el bar se había vaciado casi por completo.

Todos se habían esfumado como por arte de magia.

Tanto su equipo como los amigos del grandullón habían desaparecido como si nunca hubieran estado allí.

El camarero ya estaba marcando el número de la policía.

Ares no se resistió cuando le pusieron las esposas y lo metieron en el auto. En la comisaría le hicieron muchas preguntas, lo anotaron todo, le tomaron las huellas. Luego lo mandaron a una celda. A esperar el amanecer.

Ares no quería ni pensar en su poco envidiable suerte, así que se tumbó y se quedó dormido.

Por la mañana esperó mucho rato a que apareciera alguien en aquel lugar dejado de la mano de Dios.

Pero hasta el mediodía no lo llamaron para que saliera.

Ares estaba seguro de que el entrenador había intercedido por él, pero cuando lo llevaron a la sala de interrogatorios, allí estaba sentado un hombre completamente desconocido.

—Buenos días, señor Cold. Siéntese, por favor.

Ares se sentó frente al desconocido y se puso a examinarlo. Un hombre cuidado, de unos cincuenta años, buen traje (aunque Ares no entendía mucho de esas cosas), mirada segura.

—Soy el señor Bruno. Me he enterado del lío en el que se ha metido y he decidido ayudarlo.

Ares miraba en silencio a aquel señor Bruno, sin saber qué decir.

—Le espera una condena considerable. Aunque el homicidio no fue premeditado…

—Yo no maté a ese hombre. Se cayó solo y se abrió la cabeza.

—Puede ser. Pero no hay testigos…

—¿Cómo que no? El bar estaba lleno.

—No me interrumpa, por favor. Si es usted tan impulsivo, decidiré que no me sirve.

Como le decía, testigos no los va a encontrar ni buscándolos con lupa.

El camarero dice que usted empezó la pelea, que le dio una paliza al tipo con un taco y que luego él se cayó.

La causa de su caída pudieron ser los golpes que usted le dio.

Aunque eso ni siquiera importa. Es usted menor de edad, deportista; ni siquiera debería haber estado allí. Créame, joven: le espera una condena.

Ares meditó en silencio las palabras del señor Bruno y llegó a la misma conclusión. Aunque los chicos del equipo dijeran que aquel tipo se había metido con él, eso no cambiaba el fondo del asunto. Le había pegado, se había aprovechado de su superioridad, y ahora el tipo estaba muerto.

—¿Y qué me propone, señor Bruno?

—Le propongo un trabajo. Usted me sirve, señor Cold. Firmaremos un contrato, y usted cumplirá los encargos que yo le dé.

—¿Así de simple?

—Así de simple. Tengo influencias suficientes para echar tierra sobre este asunto, y mañana mismo estará usted libre.

—Atado por un contrato.

—¿Y en el equipo no está atado por un contrato? Solo que yo, a diferencia de ellos, no abandono a mi gente cuando está en apuros.

—Entiendo que esos encargos no serán del todo legales.

—No quiero andarme con rodeos, pero su trabajo será casi el mismo que en el equipo. Habrá un adversario, y habrá que vencerlo por cualquier medio.

Ares no era nada tonto y sumó dos más dos, pero no sintió ninguna protesta en su interior.

Mucho más amargo era que el entrenador ni siquiera hubiera ido a verlo y que los chicos se hubieran largado.

Y él que los consideraba su equipo, sus amigos.

Seguramente fueron los últimos amigos de su vida.

Es mucho más sencillo no contar con nadie y pensar con tu propia cabeza.

Solo que ahora el señor Bruno sería su cabeza… Pero no por mucho tiempo.

—¿Hasta qué punto puedo fiarme de usted? ¿De que el contrato terminará de verdad al cumplirse el plazo acordado?

—Puede fiarse. Me conviene mucho más colaborar y seguir en buenos términos. Además, se me olvidaba lo principal. Su trabajo estará muy bien pagado. Mucho mejor que ahora.

—¿El riesgo?

—Señor Cold, ¿dónde no hay riesgo? Puede que hasta le guste. Si es así, nos espera una larga colaboración; si no, nos separaremos al terminar el contrato.

—¿Puedo pensarlo?

—Piénselo. Pero esto no es un hotel; tendrán que acusarlo formalmente y trasladarlo. Entonces el asunto ya no estará en mis manos.

Ares no dudó mucho.

—Acepto, señor Bruno.

—Bien. Pero no intente engañarme, ¿de acuerdo, señor Cold?

El señor Bruno miró a Ares tan fijamente que no hizo falta explicarle qué le pasaría si empezaba a jugar por su cuenta.

—De acuerdo. Pero llámeme simplemente Cold. —Y se estrecharon la mano.

Cuando el señor Bruno pasó a la habitación de al lado, se encontró allí con un hombre.

—Entrenador Brown, buenos días.

—Señor Bruno. —El entrenador lo saludó con la cabeza—. ¿Qué tal?

—Justo lo que buscaba. Tenía usted razón. El chico es un hallazgo. Tiene un dominio de sí mismo magnífico.

—Su técnica es sencillamente impresionante. Hace lo que le mandan, pero sabe tomar la iniciativa. Aunque siempre con cabeza: nunca ha hecho una tontería.

—¿Dice que es huérfano?

—Sí, de padre y madre.

—Eso es muy valioso. Bueno, gracias por su colaboración.

—Espero que no sea la última vez. —El entrenador asintió.

Se despidieron cordialmente y se fueron en direcciones opuestas.