Nadie Escapa a su Destino 5. La boda
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5. La boda

Al final de otro curso más, en la vida de Melissa hubo dos acontecimientos.

El primero fue, precisamente, el final del curso y las vacaciones que se acercaban, que pensaban pasar en cualquier parte menos en aquella ciudad.

En casa había muchos folletos, y les encantaba hojearlos en su tiempo libre y fantasear.

Ares se inclinaba por algo a la orilla del océano: un bungaló, un bañador y nada más; Melissa quería ver algo nuevo: los monumentos de Europa, museos y exposiciones.

El segundo acontecimiento fue la boda de Lena.

Su mejor amiga por fin había agarrado la suerte por los pelos.

Su novio era un guapo encantador, marino de altura.

Vivía con su madre, y esta estaba dispuesta a acoger a Lena en la familia.

La felicidad brillaba en los ojos de los dos.

Las prisas de la boda se explicaban porque Lena estaba embarazada y su futuro marido se embarcaba durante ocho meses.

Se habían conocido en el hospital, adonde él había ido a pasar un reconocimiento médico.

Lena se enamoró del gallardo marino a primera vista e hizo todo lo que estaba en su mano para conquistarlo.

Y aunque un hijo no entraba en sus planes, consideró a la criatura un regalo del destino.

Así es incluso mejor, decidió: eso afianzaría su relación para siempre.

El novio, que se llamaba Alex, también estaba en el séptimo cielo.

Según le contó a Lena, el problema de los marinos es que sus mujeres y novias no son capaces de esperarlos, y muy a menudo, al volver de una travesía, se enteran de que la mujer los ha engañado, espera un hijo de otro o simplemente ha desaparecido.

El embarazo de Lena le garantizaba que ella lo esperaría: no tenía adónde ir.

Y aunque lo decía con una sonrisa, hablaba completamente en serio.

Alegre y guapo: Lena ni había soñado con algo así.

Además, el marino ganaba un buen dinero, y siempre cabía la posibilidad de que lo ascendieran.

La madre de Alex también estaba contenta y ya llamaba a Lena «hija mía».

Se quedaba completamente sola cuando su hijo se embarcaba, y ahora no solo tendría una hija, una ayudante y una amiga, sino también un nieto.

Lena, feliz, decidió terminar aquel curso y no dejar los estudios, sino solicitar una licencia, por si acaso.

Aunque no tenía intención de volver a trabajar.

Sus padres le habían dejado una pequeña cantidad de dinero que, huérfana como era, nunca se había permitido tocar, pero ahora decidió gastarla sin el menor remordimiento.

Reformó el apartamento de su novio y de la madre de este, compró muebles nuevos y preparó su vida futura.

Como la única que tenía dinero disponible era ella, también la boda la celebraron a lo grande con su herencia.

Lena se compró un vestido y unos zapatos lujosos, invitó a casi toda la escuela y se divirtió de lo lindo.

Por supuesto, los estudiantes no tenían dinero para regalos caros, y le hicieron un regalo entre todos.

Alex tenía un montón de parientes, que también se apresuraron a felicitar a los recién casados y les regalaron todo tipo de cosas útiles.

Melissa era la dama de honor y había prometido ser también la madrina del bebé, así que sentía sobre sus hombros todo el peso de la responsabilidad.

Ayudaba a organizar la boda, y Ares bromeaba con que era un entrenamiento para no equivocarse en su propia boda, no meter la pata y aprender de los errores en la celebración ajena.

Todo salió a pedir de boca, al más alto nivel.

El vestido, las felicitaciones, los regalos.

Ni un bochorno ni una pelea: sencillamente, una boda perfecta.

Dos días después, Alex se embarcó, y Lena empezó a construir su vida con la madre de él.

Resultó que no se había casado con Alex, sino con su madre y sus parientes.

Hasta dentro de ocho meses no volvería a ver a su amado.

Al principio todo iba de maravilla, y ella y su nueva mamá no hablaban más que de Alex: cómo era, qué hacía, qué decía, y así sucesivamente.

Iban juntas a elegir la canastilla del bebé, discutían cómo llamarlo, qué cuna era mejor comprar.

Pero poco a poco la madre empezó a alejarse de Lena, a encerrarse a menudo en su cuarto y a no responder cuando Lena la llamaba.

Un día Lena entró en el cuarto de su suegra y la encontró dormida, y junto a la cama vio una botella vacía de whisky.

Lena no podía creer lo que veían sus ojos.

Su suegra era una mujer tan agradable y todavía joven.

Avanzando despacio por la habitación, empezó a mirar a su alrededor.

Al final miró detrás de la cortina y vio en el alféizar todo un regimiento de botellas vacías.

Lena salió sin hacer ruido del dormitorio y se quedó pensando.

¿Qué se hace en situaciones así? Estaba claro que su suegra tenía problemas.

¿Tratarla? Pero ¿aceptaría? Esas personas casi nunca reconocen su problema.

Y resultaba que nadie lo sabía. ¿Tan bien lo había escondido?

¿Cómo lo había conseguido? Lena llegó a la conclusión de que la mujer bebía así cuando su hijo estaba embarcado.

Entonces decidió contárselo todo a Alex.

Era su madre; que decidiera él qué hacer.

A Lena le costó mucho localizarlo y conseguir hablar con él.

Él se sorprendió un poco, pero al mismo tiempo se alegró muchísimo.

Le preguntó por el bebé y por su nueva vida, bromeaba, le prometía traerle todo tipo de rarezas.

Lena escuchaba a medias y no sabía cómo darle la noticia.

Al final no aguantó más, lo interrumpió y le dijo:

—Alex, no te llamo sin motivo. Tu madre…

—¿Mi madre? ¿Qué le pasa? —Sonaba asustado—. ¿Está enferma?

—Bueno, no, no exactamente…

—¿Cómo que no? ¿Qué quiere decir «no exactamente»? Lena, me estás asustando.

—Pues que he descubierto que bebe. Mucho y a solas. Es alcohólica.

Un largo silencio; Lena llegó a pensar que se había cortado la llamada, pero luego se oyó su voz:

—Desgraciada. ¿Cómo te atreves? ¿Qué tramas? ¿Quieres acabar con mi madre? Si me entero de que le ha pasado algo, te mato, ¿entendido?

Y colgó. Lena se ahogaba en lágrimas. ¿Qué iba a pasar ahora?

¿Qué había hecho? Ahora él llamaría a su madre, y ella la echaría de casa.

Con siete meses de embarazo se quedaría sola…

Lena se devanaba los sesos pensando qué hacer; se imaginaba mil desenlaces distintos, mil reacciones suyas, mil excusas.

Así pasaban los días, pero no ocurría nada.

La suegra casi no aparecía y no daba ninguna señal de estar enterada, y al cabo de un par de semanas sonó el teléfono en casa.

La madre, como si sintiera a su hijo a distancia, salió al instante de su cuarto y corrió al teléfono.

Era Alex de verdad, y ella charlaba con él alegremente, como si nada.

Lena, mientras tanto, estaba sentada en su cuarto, apretando los puños convulsivamente y escuchando la conversación. Luego oyó:

—Ahora te la paso, hijito —y, asomándose al cuarto de Lena, le dijo—: Corre al teléfono, que te está esperando Alex.

Con las piernas rígidas, Lena fue hasta el aparato:

—¿Sí?

—Hola, mi amor. ¿Qué tal estás? ¿Y el bebé?

—Bien.

—Pues estupendo. Pronto vuelvo. La última vez tuvimos un malentendido, ¿verdad, cariño? No te enfades.

—Sí, sí, un malentendido. Todo está bien.

—Un beso. —Alex colgó.

Lena decidió no volver a sacar el tema nunca más. Al fin y al cabo, nadie la molestaba; todos hacían como si no pasara nada. Por lo visto, para encajar en aquella familia, tenía que aprender a hacer lo mismo.