3. A solas #2
Y así empezó su vida en común. Melly se llevó sus cosas entre los suspiros de envidia de sus compañeras de la residencia.
Y cuando Lena vio su casa y lo fue pregonando por toda la escuela, la popularidad de Melissa se disparó.
Ahora todas querían ser sus amigas y se autoinvitaban constantemente a su casa.
Ares, de chico raro del orfanato y sin futuro, pasó a ser objeto de deseo de muchas de sus compañeras de curso.
Es asombroso lo mucho que atraen a la gente estas cosas.
Su nueva vida en común, casi podría decirse de casados, no se distinguía en nada especial de la de muchas otras parejas.
Melissa iba cada día a las prácticas, y Ares la esperaba por la tarde a la salida del hospital.
Volvían juntos a casa de la mano y sentían una armonía completa.
A la casa llevaba una calle tranquila y apacible, por la que daba gusto pasear, y a ellos les encantaba ir y venir por ella a última hora de la tarde, a la luz de las farolas.
Pronto todos los vecinos los conocían; no en persona, pero observaban enternecidos a la joven pareja desde las ventanas.
Melly no sentía ninguna inclinación por arreglar la casa y no cambió absolutamente nada.
Al cabo de un tiempo se acostumbraron a todas las cosas y a la distribución de las habitaciones y dejaron de fijarse en ellas.
Melly ni siquiera intentaba cambiar las cortinas o los manteles individuales, por no hablar de mover los muebles.
Quizá fuera porque todo en la casa era funcional y respondía a sus necesidades, o quizá porque no se sentía la dueña.
Fuera como fuera, en la casa no cambiaba nada.
A Lena le sorprendía especialmente aquel rasgo de Melissa, y decía constantemente que, si por ella fuera, lo cambiaría todo. Melly, mirando a Lena, pensaba para sus adentros que en su amiga se estaba echando a perder una buena esposa y ama de casa. ¿Y por qué nadie se había dado cuenta todavía?
A Ares le daba igual dónde dormir y comer; lo importante era que Melly estuviera a su lado y que fuera feliz.
A Melly la atormentaba una pregunta: ¿qué hacía Ares mientras ella estaba en las prácticas?
—¿A qué te dedicas aquí todo el día? Te debes de aburrir muchísimo.
—Para nada.
—Pero ¿qué haces?
—Descanso, Melly. Descanso de cuerpo y alma.
—¿De verdad estás tan cansado?
—Sí, mi amor. Estoy cansado. Pero ahora que estás a mi lado, todo va a ser distinto.
Encontró un gimnasio cerca y empezó a pasar allí un par de horas al día.
Por muchas ganas que tuviera de descansar de los entrenamientos, el cuerpo pedía lo suyo.
Empezó a encontrarse mal cuando no se movía.
Su organismo estaba tan acostumbrado a todo tipo de esfuerzos que sin ellos empezaba a marchitarse.
No tenía ninguna intención de ir a competiciones, ni siquiera como simple espectador.
Melissa procuraba no sacar el tema, viendo que algo agobiaba a Ares.
Se le ocurría de todo, desde una lesión hasta una enfermedad incurable, pero no quería presionarlo.
Llegaría el momento, todo volvería a su cauce y él mismo se lo contaría.
Un par de semanas después de que empezara su vida en común, sonó el teléfono en la casa nueva.
Fue un sonido tan inesperado y brusco que Melissa dio un salto.
Ares no estaba, había ido al supermercado, y ella se acercó tímidamente al aparato.
Ares le había regalado un celular nuevo y caro, así que el timbre del fijo la desconcertó.
Ya nadie llama a esos teléfonos. Melissa levantó el auricular:
—¿Hola?
—¿Melissa?
—Sí, ¿quién es?
—Soy el señor Bulman.
—Ah, perdone, señor Bulman, no lo reconocí.
—No pasa nada. Cada vez es más difícil encontrarte —bromeó él, y Melissa se lo imaginó secándose la frente con un pañuelo.
—¿Y para qué me necesita esta vez?
—Tus cuadros. Quieren comprarlos.
Melissa se echó a reír:
—Pues véndalos, señor Bulman.
—Uno lo ha elegido la Casa de la Creatividad Infantil. No dispone de muchos recursos, así que ofrece quinientos dólares. Dicen que ese dinero es del fondo de apoyo a los jóvenes talentos.
—¡Señor Bulman, eso es estupendo!
—Sí, pero… El segundo cuadro lo quiere comprar el dueño de un concesionario de autos para su despacho. Dice que ha tocado sus pensamientos más íntimos. No sé, Melly, qué habrá querido decir… —El señor Bulman se turbó.
—A ver, ¿qué estaba diciendo? Ah, sí. Pues ese dueño ofrece tres mil por él.
—¡¿Qué?!
—Sí, y además quiere también el otro, el que ha elegido la Casa de la Creatividad. Creo que te convendría más venderle los dos cuadros al dueño del concesionario.
—Señor Bulman, tres mil es muchísimo para mí.
No sé ni qué decir. Véndale uno al dueño del concesionario y el otro a la Casa de la Creatividad.
Que luego el dueño del concesionario se entienda con los nuevos propietarios.
A lo mejor la Casa de la Creatividad engrosa su fondo con ese dinero. A mí me basta con lo que tengo.
—Melissa, eso es muy noble por tu parte. Me gustaría hablar contigo de que volvieras a pintar. Como te decía, tus cuadros tienen potencial. Tú misma lo ves. Puedes hacerte rica y famosa.
—Señor Bulman, eso no es lo mío. No quiero hacerme famosa.
—Eso es muy raro en una chica de tu edad.
Melly se quedó pensando un segundo:
—Digamos que me da miedo. No quiero que nadie sepa nada de mí, que me miren. Ahora todo me va bien. ¿Para qué cambiar nada?
—Bueno, dejemos esta conversación. Llegará el momento, y quizás cambies de opinión.
—Adiós.
Cuando Ares volvió del supermercado, cargado de bolsas, Melissa lo esperaba en la puerta. Estaba radiante.
—Me ha llamado el señor Bulman —casi gritó.
—¿Quién?
—¿Te acuerdas? Mi profesor de dibujo del taller de arte.
—Me suena. ¿Y qué quiere?
—Ha vendido mis cuadros. Por tres mil quinientos, ¿te lo puedes creer?
—Tienes talento, Melissa. Nadie lo ha dudado nunca. ¿Quieres pintar en casa? Te compramos todo lo que haga falta. Preparamos una habitación. Puedes incluso dejar los estudios.
—¿Estás loco? No voy a dejar los estudios.
—Pero puedes ganar dinero.
—Lo que me ha caído del cielo, lo voy a dar a la beneficencia.
Ares se quedó de piedra. No le daba pena el dinero, que no le importaba en absoluto, pero le daba pena Melissa.
No se valoraba ni se quería nada a sí misma, y no se imaginaba una vida en la que simplemente viviera para sí.
Su Melly nunca se compraba perfumes caros (ni perfumes de ninguna clase), no quería joyas ni cositas bonitas.
El propio Ares no sabía qué necesitaba una chica de su edad, no entendía de marcas y en las boutiques se sentía un tonto.
Intentaba arrastrar allí a Melly y comprarle todo lo que quisiera, pero ella solo se reía.
Casi se echó a llorar viendo su sacrificio.
¡Cómo la habían destrozado en otro tiempo!
¿Cómo habían podido? Su furia muda no se le reflejó en la cara: hacía mucho que había aprendido a controlar los músculos del rostro.
Por eso Melly no notó nada y pensó que su silencio era aprobación.
Pero ¿y los hijos que vendrían?, pensaba Ares.
Ella no es capaz de vivir para sí misma.
Los extraños le importan más que ella misma.
¿Cómo va a tratar a sus propios hijos? ¿No le importarán siempre más los ajenos que los suyos?
¿Dónde encaja él mismo en su idea de la justicia?
¿Lo considera de los suyos o todavía un extraño?
¿Cómo hacerla ambiciosa? ¿Obligarla a pensar en sí misma? ¿Es eso siquiera posible?
Ares no encontraba respuesta a todas las preguntas que le bullían en la cabeza.
¿Quizás debería llevarse un desengaño de la vida, comprender que la utilizan?
Pero ver sufrir a Melissa estaría más allá de sus fuerzas.
Y, en cualquier caso, no se la podía imaginar subida a unos tacones de aguja, envuelta en pieles, arrastrándose con cara de aburrimiento de boutique en boutique.
Así que Ares decidió dejarlo todo como estaba.
Porque así es precisamente como la ama. Si hubiera sido como todas, no se le habría acercado aquel primer día en el orfanato, cuando él se quemó el brazo. ¿Qué habría sido de él entonces? Entonces se habría quedado para siempre con el señor Bruno…