Nadie Escapa a su Destino 3. A solas
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3. A solas

La habitación impresionó no solo a Melissa, sino también a Ares.

Él había estado en casas de gente rica, pero por trabajo: no tocaba nada ni miraba alrededor.

En cambio, en aquella suite todo era suyo, aunque fuera por una noche.

En el salón, los sofás y los sillones estaban colocados con armonía, los cuadros adornaban las paredes, en las mesas había flores frescas en jarrones.

La puerta del balcón daba a una amplia terraza con muebles de mimbre.

Estaban en la tercera planta, y desde la terraza había una vista preciosa de la ciudad de noche, pero no de una avenida ruidosa, sino de una parte del parque y de una calle tranquila iluminada por farolas.

En el dormitorio los impresionaron una cama enorme y una mullida alfombra blanca; no se fijaron en nada más.

Ares marcó un número y pidió la cena: unos platos exóticos, un cóctel de marisco, champán y fresas.

—¿Estás seguro de que eso está rico? —preguntó Melissa con timidez.

—No. —Ares se echó a reír—. Pero es lo más caro de la carta.

Melissa se rio, y cuando les trajeron el pedido, se sentía más segura.

Ares descorchó el champán y bebieron. Melissa nunca había probado aquella bebida, y las sensaciones nuevas la sorprendieron.

Parecía que le calentaba la garganta incluso después de haber bajado.

Una sensación extraña. No es que estuviera muy rico, pero…

era champán. Luego se pusieron a probar la comida y se rieron a carcajadas de las caras que ponía cada uno.

¿Qué se le iba a hacer? Niños de orfanato…

nunca habían comido nada más que platos sencillos, como estofado de carne con papas, verduras, pescado.

En la residencia Melissa comía todavía peor, y Ares estaba acostumbrado a las raciones de campaña.

Y allí había ostras con una salsa complicadísima, una extraña ensalada mexicana que era sencillamente imposible de comer de lo picante que era, carne con caviar rojo, que a su paladar inexperto le estropeaba todo el sabor conocido de la carne, y el caviar en sí tampoco les gustó.

Menos mal que con la carne servían papas fritas y unas pocas verduras frescas de adorno.

Se reían tanto ofreciéndose el uno al otro aquellos platos maravillosos que acabaron tirados en el suelo.

Tuvieron que conformarse con las papas y el champán con fresas.

Ares propuso pedir otra cosa, pero a Melissa le daba apuro y se negó.

Además, no tenía hambre. El champán se le subió a la cabeza, la embriagó, y se sintió tan bien: ¡la cercanía y una alegría desbordante!

Ares desprendía calor. No solo la calentaban sus manos; también sus ojos irradiaban calor, como si la hubiera envuelto en una manta suave y estuvieran los dos debajo, juntos, escondidos del mundo entero, y no fueran a salir nunca.

Sin darse cuenta, pasaron al dormitorio, y Ares quedó encantado con aquel vestido genial: solo había que desatar el cinturón.

Ahí no habría fallado ni el más tonto. Bajo el vestido negro destacó con fuerza la ropa interior blanca, que en la penumbra parecía brillar.

Aquella visión lo hechizó, y Melissa se sentía una reina capaz de mandar.

El champán es un fiel aliado en estos asuntos.

¿A cuántas parejas sin experiencia habrá ayudado?

¿Cuántas torpezas habrá suavizado? Grande es su mérito ante todos los enamorados del mundo.

Qué fácil y qué sencillo era todo bajo su hechizo, qué natural.

Melly ya no tenía miedo ni vergüenza de nada; Ares había ganado seguridad y valor.

Disfrutaban de su intimidad, tan tiernos, tan dulces y tan ingenuos.

¿Qué puede haber más hermoso que dos personas jóvenes, guapas y enamoradas?

¿Qué hay más maravilloso que ese momento en que quieres hacer feliz al otro, darle todo lo que más quieres y abrirle lo más íntimo?

Cuando por primera vez se saciaron de amor, Ares dijo:

—¿Sabes? Ahora mismo me comería aquella carne con caviar.

Melly soltó una risita y siguió la broma:

—Y yo una ostra.

—Decidido: vamos a darnos un festín.

Volvieron al salón y se pusieron a devorar las exquisiteces. Sus cuerpos jóvenes pedían reponer energía, así que se comieron tanto la carne como las ostras.

—Creo que podría acostumbrarme a la vida de rica —dijo Melissa.

—Melly, vas a tener lo mejor de lo mejor. Voy a hacerte rica. Para eso trabajo. Para ti. Yo no necesito nada. Una ración de campaña y un catre duro.

—¿Así vivías, Ares? Pero ¿a qué te dedicabas? Cuéntame tu vida.

—No hay nada interesante. Entrenamientos, competiciones, otra vez entrenamientos. Es aburrido, Melly. No teníamos tiempo ni para descansar. Y tampoco sabíamos descansar.

—Mi amor, qué duro debió de ser para ti. Tendrías que haberlo dejado todo y haber vuelto. Sabes que yo no necesito nada.

—Lo sé, Melissa. Pero eso no está bien. Tú eres mi amor, y tengo que darte todo lo que te mereces. Y tampoco podía dejarlo: tenía un contrato. ¿Y tú cómo has vivido?

—De los estudios. Era lo único que me salvaba en las tardes de soledad.

Creí que me volvería loca de tristeza. Me sentía tan sola.

No estaban tía Mary ni la señora Jonas. En el orfanato nunca te quedas sola; siempre estás en familia.

No es una familia de verdad, sino una ilusión, pero por lo menos había eso.

Y luego, de golpe, ya no estaba, y eso me deprimía.

Lena no me salvaba: siempre andaba por ahí, de fiesta en fiesta y de club en club.

—Mi Melly querida, para ti fue cien veces más duro que para mí. Ahora voy a decir algo que a lo mejor no viene a cuento, pero te deseo otra vez.

—Sí que viene a cuento. —Melissa besó a su amado.

Y Ares sintió que ahora siempre iba a necesitar también aquella intimidad: una vez probada, ya no hay manera de parar.

«Cuánto dependo de ella», pensaba mientras tendía a Melissa en la cama. Luego los pensamientos lo abandonaron.

Al día siguiente, cuando Melissa se fue a clase, Ares salió a buscar vivienda.

Su criterio era que a Melissa le gustara.

Lo que le había dicho era la pura verdad: le daba exactamente igual dónde vivir.

Las condiciones espartanas le bastaban de sobra.

Es más, apenas entendía para qué servían la mayoría de los aparatos de los que estaban equipados los apartamentos caros.

Le asustaba el mero hecho de ver una cocina moderna con un montón de programas, no sabía qué programa necesitaba en una lavadora y le era indiferente el estuco veneciano.

El agente inmobiliario se quedó desconcertado cuando comprendió que al cliente no le impresionaba lo que solía usar para seducir a los demás.

Así que, al final, le preguntó para quién buscaba la vivienda.

Ares ya estaba cansado de recorrer apartamentos, así que se lo dijo sin rodeos: busco un nidito acogedor para vivir con mi novia, de momento sin hijos, necesito comodidad y una vista bonita.

Mejor si hay un parque cerca, y tranquilidad.

El agente se rascó la nuca, pero aun así llevó a Ares a otra dirección.

Era la casa de sus sueños: un césped delante de la entrada, un caminito bordeado de bonitas flores blancas, un patio trasero con un balancín, cuatro habitaciones amplias.

La casa estaba completamente amueblada, decorada en tonos tranquilos.

Ares comprendió enseguida que era justo lo que buscaba.

El agente dijo el precio con miedo. No se la había propuesto precisamente porque, en primer lugar, la casa era demasiado grande, y en segundo lugar, Ares no daba la impresión de ser alguien capaz de soltar semejante cantidad.

Pero él no se inmutó lo más mínimo y firmó el contrato encantado.

Ares, feliz, apenas pudo esperar a Melissa.

Había decidido no recorrer la casa él solo: quería hacerlo con ella.

Llegaron de muy buen humor, bromeando y riéndose todo el tiempo, sin acabar de creerse la felicidad que habían encontrado.

Cuando Melly vio la casa, no daba crédito a lo que veía.

Estaba segura de que Ares le estaba tomando el pelo.

—No puede ser —decía riéndose.

—Ahora mismo lo comprobamos.

Ares subió de un salto los escalones de la entrada y se puso a abrir la puerta.

—Ares, sal de ahí, ya basta, que los dueños van a llamar a la policía.

Pero cuando Ares abrió de verdad la puerta de par en par y, con un gesto de invitación, llamó a Melissa, ella se rindió.

Al cruzar el umbral, todavía pensaba que alguien iba a salir de pronto del fondo de la casa a echarse sobre ellos.

Pero la casa estaba en silencio y en calma.

Y solo los recibió un agradable olor a madera.

Recorrieron juntos las habitaciones. Era como si hubieras entrado en una casa ajena y anduvieras por ella sin permiso.

Cosas ajenas que daba miedo tocar, un silencio que asustaba, un lujo al que no estaban acostumbrados.

Parecían niños pequeños que se hubieran atrevido a hacer una travesura.

Al verlos, solo surgía una pregunta: ¿cómo pensaban vivir allí?

¿Qué elección tan rara había hecho Ares?

Ares no sabía administrar el dinero, su conocimiento de la vida era muy limitado; siempre había sido un niño raro y se había convertido en un hombre poco común.

—Ares, es muy grande. ¿Para qué la queremos?

—Era lo mejor que había.

—Aquí me voy a sentir como una matrona de cincuenta años a la que se le han ido todos los hijos de casa.

—Primero criaremos a esos hijos. Y si nos falta sitio, alquilamos otra. O a lo mejor compramos esta.

Melissa se preguntó por primera vez de dónde sacaba Ares tanto dinero.

—Debe de costar una barbaridad.

—No tanto.

—Aun así, ¿cuánto?

—Melly, no tienes ninguna necesidad de pensar en esas cosas. Déjamelo a mí. Tu tarea ahora es estudiar y disfrutar de la vida. Y además… simplemente quererme. —Ares la besó en los labios.

—Está bien —respondió ella—, vamos a buscar el dormitorio. Voy a quererte.