2. El reencuentro
—Ha sido un gran placer trabajar con usted, Cold. Es usted un auténtico profesional. Si alguna vez lo necesita, ya sabe dónde encontrarme.
—Sí, señor Bruno. Para mí también ha sido un gran placer.
Ares volvió a observar a aquel hombre. Todo en él hablaba de fuerza.
No, no por su aspecto. Era de baja estatura, como todos los italianos.
En el pelo oscuro ya empezaban a asomarle las canas, aunque solo tenía unos cincuenta años.
En sus ojos había tanta seguridad como si tuviera siempre a sus espaldas un comando de fuerzas especiales.
Parecía que le bastaba mover el meñique para que un adversario desapareciera de la faz de la tierra.
Ares nunca había visto al señor Bruno perder los estribos ni levantar la voz; una calma así solo podía conseguirse con tranquilizantes o con disciplina interior.
Y estaba seguro de que no tomaba pastillas.
Alcanzar la posición que ocupaba ahora había sido muy, muy difícil.
En aquel hombre solo habitaban la disciplina más estricta y el control.
No quedaba sitio para las pasiones humanas.
Para qué quería una vida así, esa ya era otra cuestión.
A veces Ares lo pensaba, pero resolver aquel enigma no estaba a su alcance.
Qué duda cabe: lo admiraba y quería parecerse, aunque fuera un poco, a lo que era el señor Bruno.
—¿Vuelve usted a casa? ¿Cuánto tiempo hace que no va por allí, muchacho?
—Ya casi tres años.
—Ahora no vuelve con las manos vacías, ¿verdad? Vuelva siempre como vencedor, o no vuelva.
—Sí, señor Bruno. Quiero casarme, y ahora podré comprarle a mi novia el mejor anillo.
El señor Bruno sonrió con aire paternal:
—Eso está bien. La familia es importante. Es lo más importante que puede tener un hombre. Haga feliz a su esposa y usted mismo será el hombre más feliz del mundo.
Ares volvió a estrecharle la mano al señor Bruno con emoción y salió.
En el patio lo esperaban unos cuantos compañeros.
También querían despedirse. Le tomaban el pelo, le daban consejos sobre cómo comportarse.
Ares recordaba cómo los había conocido. Todos ellos, cuando se vieron por primera vez, eran casi niños.
Niños con un pasado desgraciado, abandonados por sus padres o algo peor.
La vida los había juntado y ahora los separaba.
Es el ciclo incesante de la vida: unos se van, otros se quedan.
El contrato de Ares había terminado. No había quedado mal y dejaba tras de sí una buena impresión.
Aquellos chicos habían pasado muchas cosas juntos; juntos se habían hecho mayores, se habían hecho hombres.
Eso sí, en asuntos de familia no habían ganado experiencia, pero ¿qué edad tenían? Tenían todo por delante.
Después de abrazar con fuerza a sus compañeros para despedirse, Ares echó a andar hacia el aeropuerto.
A la espalda llevaba una mochila pequeña.
Casi las mismas cosas con las que había salido del orfanato.
Por supuesto, su equipaje vital había aumentado, pero no le pesaba sobre los hombros (todavía no); al contrario, le daba ligereza al paso.
Ahora sabía exactamente adónde iba y para qué.
Y qué lo esperaba, o mejor dicho, quién: su Melissa, su familia.
La única que vivía en su alma. Nada podía arrancarla de su corazón.
Ares no podía avisar a Melissa de dónde estaba, no podía llamarla, pero recibía noticias de su amada con regularidad.
Sabía dónde estaba Melly y a qué se dedicaba.
Se imaginaba su horario diario, y le parecía estar siempre a su lado.
Por eso, al aterrizar en su ciudad, fue sin pensarlo a la residencia.
Era temprano; Melissa todavía no había vuelto.
Ares encontró una floristería y compró un ramo igual al de aquel día en que le había regalado la cadena.
Se sentó en un banco no lejos de la entrada de la residencia y se puso a esperar.
Aquella espera era emocionante para Ares.
Incluso quería que durara un poco más. Pero pronto empezaron a aparecer grupos de chicas junto al edificio, y enseguida vio a Melissa.
Por supuesto, iba con Lena, y a esta la acompañaba un chico.
Ares no tenía prisa; desde su puesto de observación examinaba todos los detalles.
Melly casi no había cambiado: igual de delgadita, con unos sencillos vaqueros azules, una chaqueta clara y zapatillas deportivas.
El pelo, muy corto. Igual de pensativa que siempre, caminaba despacio, sin prestar atención a Lena ni a su pretendiente.
El bolso le golpeaba las piernas, pero Melissa tampoco se daba cuenta.
De pronto se detuvo y, como un perro, olfateó el aire.
Empezó a mirar a su alrededor. Primero vio el ramo, que estaba sobre el banco, y luego a Ares.
Corrió hacia él tan deprisa que Ares apenas tuvo tiempo de atraparla.
¡Qué ligera era! Qué agradable era tenerla en sus brazos y mirarla a los ojos.
No podía mirar así a los ojos de nadie más.
En su vida solo había mirado a los ojos a sus rivales, y en eso, como es natural, no había nada agradable; lo importante era quién ganaba, quién se rendía y se echaba atrás. Por supuesto, ese nunca era él, Ares.
Ahora miraba sus ojos tiernos y capitulaba, se rendía a su merced y lo disfrutaba indeciblemente. Había estado privado de ello tanto tiempo, ¡y cómo le gustaba someterse a la ternura y al amor!
—Ya has vuelto —dijo por fin Melly.
—Ya he vuelto —repitió Ares.
Volvían a ser niños; eran el pasado el uno del otro, pero desde ahora también el presente y, por supuesto, el futuro.
—Vamos a mi cuarto, que me cambio.
—¿Te dejarán?
—Nos colamos.
Melissa se acordó de Lena. Su amiga estaba junto a la entrada y miraba a Ares con desconfianza. Su acompañante se había esfumado.
—Así que te has dignado aparecer, ¿eh? —le preguntó Lena cuando se acercaron.
Ares no consideró necesario responder.
—Distrae a la arpía —le pidió Melissa—, queremos subir al cuarto.
—Bueno, está bien. —Lena hizo una mueca.
Todavía no era tarde, así que la vigilancia de la portería era mínima, y consiguieron entrar en la residencia sin incidentes.
Ares examinó el cuarto de Melissa y dijo:
—Esto es un poco estrecho. Mañana mismo alquilo un apartamento, el mejor, y nos mudamos allí.
—¿El mejor de todos?
—Sí, Melly.
—Me da igual, Ares, aunque sea diminuto.
Ares sonrió. Ahora tenía dinero, y al día siguiente sorprendería a su amada.
—¿Vamos a celebrarlo? Al mejor restaurante.
—¿Y qué me pongo para ir allí? —preguntó Melissa entre risas—. Me temo que me sentiría fuera de lugar. Solo quiero estar a solas contigo.
—Bueno, tengo una idea. Alquilamos una habitación de lujo y pedimos que nos suban la cena, champán y ¿qué más?
Un leve miedo, o más bien emoción, asomó a los ojos de Melissa, pero enseguida dijo:
—Perfecto. Como en el cine. Sal y espérame fuera; me cambio y bajo.
Ares obedeció sin rechistar.
Y Melissa se puso a dar vueltas por el cuarto.
Abrió el armario y lo vació entero. Llegó Lena y, al ver aquello, lo entendió todo sin palabras.
Salió corriendo y volvió con Penny. Arreglaron a Melissa entre toda la residencia.
Era un acontecimiento fuera de lo común: ¡Melissa tenía una cita!
No confesó que iba a un hotel; si no, al día siguiente toda la escuela habría estado hablando de ello.
A Lena le dijo que no la esperara.
—No voy a volver en toda la noche.
Lena enarcó las cejas, pero no dijo nada. «Ya era hora», pensó.
Le encontraron a Melissa un conjunto de ropa interior de encaje blanquísimo. Melly intentó negarse, pero Lena le dijo que, aunque no tuviera planeado nada de eso, tenía que estar preparada de todos modos. Y aunque solo fuera por sentirse segura.
Le buscaron también un vestido negro estilo kimono, cruzado, sin ningún cierre, sujeto solo con un cinturón; para los pies, unos zapatos negros de tacón bajo, y encima, la chaqueta clara.
Al irse, Melissa dijo:
—Mañana Ares va a alquilar un apartamento, y vamos a estar siempre juntos.
—Primero hay que llegar a mañana. A lo mejor después de esta noche no quieres vivir con él.
—¡Lena, qué cosas dices! Tú sí que sabes animar.
—Bueno, perdona, ha sido una broma tonta. —Lena le dio un beso a Melissa en la mejilla y la empujó fuera.
Ares estaba desesperado de tanto esperar.
La ropa le daba exactamente igual: de todas formas no se fijaba en nada que no fuera la propia Melly.
Por eso no entendía cómo se podía tardar tanto en vestirse.
Cuando Melly salió por fin, la miró solo a los ojos y no vio nada más.
Echaron a andar con las manos entrelazadas y casi sin hablar.
Era tan agradable simplemente caminar de la mano por la ciudad al anochecer.
Ninguno de los dos había podido darse paseos así en toda su vida.
Ares tenía obligaciones; Melissa se había privado ella misma de todo.
Aquel día, casi por primera vez en su vida, había decidido descansar y no pensar en nada.
A Melissa le daba mucha vergüenza entrar en un hotel como una intrusa; tenía miedo de que no los dejaran pasar. Le pidió que buscaran un motel barato donde hicieran la vista gorda a todo, pero Ares no quiso ni oír hablar de ello.
Llegaron ante un edificio pequeño y bonito.
Era un buen hotel, para viajeros ricos y entendidos, que no se exhibía con oropeles llamativos, pero mantenía el confort al más alto nivel.
Sus precios no estaban al alcance de los jóvenes corrientes.
Ares abrió la puerta con seguridad. Veía lo incómoda que estaba Melissa, así que la sentó en un mullido sofá de cuero del vestíbulo y fue él solo a hablar con el recepcionista.
Melly contemplaba el vestíbulo: una pequeña escalera de mármol lo dividía en dos mitades; alfombras mullidas, luz tenue, tonos sobrios. Todo respiraba lujo, y, por suerte para ella, no sabía cuánto había soltado Ares por la habitación. Por la mejor habitación.
Melissa estaba sentada en el sofá como si fuera a echar a volar en cualquier momento, dispuesta a salir disparada por la puerta en ese mismo instante. Pero Ares, tomándola del brazo, le enseñó la llave de la habitación.
—Usted primero, mi señora.