Nadie Escapa a su Destino 1. Y aquí está Melissa
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1. Y aquí está Melissa

—Te queda muy bien. Parece que naciste para llevar este uniforme, Melissa.

—A mí también me encanta. Toda la vida soñé con ir así, con bata y cofia; enseguida te sientes más segura, como si te pusieras un traje de superhéroe.

Cuando llevas el traje, eres más lista que los demás, sabes qué hacer, corres a ayudar.

Porque las enfermeras también somos una especie de superhéroes: siempre corremos a ayudar.

Melissa no conseguía despegarse del espejo.

Llevaba ya un año estudiando enfermería y por fin podía ponerse el uniforme.

Empezaban las prácticas; ahora aprendería a aplicar la teoría.

Bailoteaba de impaciencia mientras se colocaba la cofia.

Melissa se había cortado el pelo, que ahora le tapaba apenas las orejas.

Se le había oscurecido un poco y había tomado un tono de miel.

Los ojos, al contrario, se le habían aclarado con el tiempo y, del azul oscuro de antes, habían pasado a ser simplemente azules, y a la luz, celestes.

La cofia de enfermera realzaba sus pómulos altos, que parecían cincelados.

La bata le sentaba como un guante, ciñéndola con mucha gracia.

En el cuello le brillaba la cadena. Melissa tocó la abejita con un gesto habitual y sonrió.

En esos momentos siempre recordaba el revuelo que había armado aquella cadena con el colgante de abeja.

Hasta tal punto que la directora quiso prohibirle llevarla, guardarla en la caja fuerte y devolvérsela a Melissa el día que saliera del orfanato.

La señora Jonas incluso localizó al viejo que la había regalado y comprobó en persona que la historia que había contado Ares era cierta.

Hubo muchísimos chismes y cuchicheos; las chicas se morían de envidia.

Pero Melissa se mantuvo firme y no quiso entregarla por nada del mundo.

Prometió que la llevaría siempre debajo de la ropa, nunca a la vista.

La costumbre se le quedó; Melissa no le enseñaba su tesoro a nadie.

Melissa era una afortunada. Había tenido la suerte de estudiar lo que quería.

No le guardaba ningún rencor a la vida, a diferencia de muchos niños del orfanato.

Quería a tía Mary y la consideraba casi una madre; quería al orfanato, al que consideraba su hogar; quería a Ares: él era su familia.

Lo tenía todo. Así era como Melissa veía la vida.

Todo estaba trazado de antemano, sabía cómo seguir viviendo, y eso era la felicidad.

Terminaría sus estudios y ayudaría a la gente; ella y Ares se casarían y vivirían en perfecta armonía.

Tendrían hijos y nunca los abandonarían, los harían felices, serían unos padres perfectos…

Lena miraba a su amiga con envidia. No era una enfermera nata como Melissa, pero tampoco se veía siendo ninguna otra cosa, así que se había matriculado simplemente para hacerle compañía.

Además, no tenía mucho donde elegir: costurera, dependienta.

Con los años Lena estaba cada vez más robusta, así que la bata no le sentaba ni de lejos tan bien como a Melissa.

Su pecho generoso amenazaba siempre con desabrocharle el botón de arriba.

Eso sí, en secreto soñaba con pescar allí a algún médico y despedirse para siempre de aquella bata y de aquel trabajo.

Nunca había entendido el afán de Melly por ayudar a la gente, y a ella le horrorizaban las prácticas que se avecinaban: poner inyecciones, poner enemas, y encima a algún viejo.

Lena no se imaginaba cómo podía una chica joven soportar todo eso, ver con sus propios ojos todas las inmundicias del mundo y seguir siendo alegre, con ganas de amar y soñando con tener hijos.

Lena hacía tiempo que había dejado de discutir con Melissa sobre eso.

Melissa, normalmente tan dulce, se mostraba firme en esa cuestión y no cedía ni un milímetro.

A Lena le daba pena aquella tontita; no creía en la gente y pensaba que Melissa, tarde o temprano, acabaría pagando caro su buen corazón.

Lena era una buena chica, nada malintencionada, y quería sinceramente a Melissa, pero por alguna razón esperaba el día en que su amiga se desengañara de la gente, en que mirara a Lena y le dijera: «Sí, tenías razón».

Entonces, quizás, a Melly se le borraría aquella aureola de casi santa doncella, y estaría más cerca de ella, de Lena, y serían completamente iguales.

Por supuesto, Lena soñaba con eso en lo más hondo de su subconsciente, y si alguien la hubiera acusado de pensar algo así, le habría sacado los ojos al mentiroso con santa indignación.

Era incapaz de darse cuenta de que le deseaba penas a Melly.

Las chicas fueron a hacer su primera ronda.

Una con una sonrisa feliz en la cara; la otra, con miedo.

A Melissa le parecía que se había criado allí, en el hospital, que había llegado a casa.

Todo le resultaba familiar y conocido, y lo que no sabía le salía solo, por intuición.

Nunca nadie había estado tan en su sitio como Melissa en el hospital.

Reconocía los pasos de los médicos, oía que alguien cojeaba, que un joven gemía al otro lado de la pared, veía que a una chica embarazada le daban náuseas.

Siempre conseguía, además de su trabajo, hacer algo más: asomarse a una habitación y cruzar unas palabras con una anciana a la que hacía tiempo que nadie visitaba, revisarle el vendaje a un viejo que se había quedado ciego, comprar un caramelo en la máquina y llevárselo a una niña que lloraba.

Al poco tiempo, todos los pacientes conocían a Melissa.

Se acordaba de cómo se llamaba cada uno, de lo que le dolía a cada cual, y lo sabía todo hasta de los parientes de cada enfermo.

Mientras Lena coqueteaba con todo el que se le cruzaba, Melly estaba dispuesta a ayudar incluso a las auxiliares de limpieza.

Eso sí, cuando la vieron agarrar los cubos, estas la echaron del cuarto de servicio entre bromas.

Y aunque Lena no aprobaba el comportamiento de Melly, cuando oyó un día a unas enfermeras del hospital hablar de ella y poner en duda sus buenas intenciones, se lanzó contra ellas a puñetazos.

Ahora los estudios ya no le pesaban a Melly; la tristeza la había abandonado.

Ir a diario a clase y pasarse horas sentada allí le había resultado insoportable.

Melissa estaba acostumbrada a la acción; era muy activa y no podía estarse quieta.

El primer año había tenido que estudiar, volver a la residencia y seguir estudiando para que no la echaran de la escuela.

Melly no sabía si aguantaría un año entero de aquella «holgazanería», como ella la llamaba.

Ahora, en cambio, todo era distinto. No quedaba sitio para los pensamientos: volvía por la noche a la residencia y se dormía casi enseguida.

Lena preparaba la cena, despertaba a su amiga, y esta, medio dormida, se la comía y volvía a dormirse.

Por supuesto, matarse a trabajar de aquella manera no podía sentarle bien a una chica joven, pero Lena comprendía que así era mejor.

Por lo menos no había aquellas conversaciones constantes sobre Ares, la espera de su llamada, el mirar por la ventana.

Lena disfrutaba a tope de la vida en la residencia.

Cobraban una beca y podían hacer todo lo que quisieran.

Ni ella ni Melissa sabían administrar el dinero.

Los primeros días se lo gastaron todo en ropa, baratijas y cosas ricas, sin más.

Con el tiempo comprendieron que así no podía ser, que había que aprender a ahorrar para no meterse luego en apuros.

El primer año no fue para ellas solo de estudios: fue también una escuela de vida independiente.

Todo era tan nuevo: raro, pero emocionante.

El olor de la libertad las embriagaba. Para Melissa era más fácil: tenía mucho miedo de que la expulsaran de la escuela, así que estudiaba todo el tiempo.

Lena no tenía ese miedo; vivía el aquí y el ahora, así que se lanzó de cabeza a las diversiones.

Cada día, fiestas, alcohol, relaciones de una noche.

Lena no sabía juzgar a la gente, y cualquiera que le dijera cosas bonitas se convertía en su mejor amigo.

Casi siempre por una noche; luego desaparecía sin dejar rastro.

Un par de veces, llevándose toda su beca.

Cuanto más se desengañaba de la gente, más ganas tenía de vengarse de todos los hombres y de casarse.

Entonces sí que se iba a desquitar. Melissa sufría mucho por su amiga al ver cómo bebía todos los días y fumaba hierba.

—Lena, así no te vas a casar nunca. ¿Dónde vas a encontrar a tu futuro marido? ¿En esa fiesta de borrachos?

—¿Y dónde, si no? ¿Aquí, contigo, sentada en el cuarto con los libros?

—Pero si ven cómo te comportas; nadie va a querer una esposa así.

—Melly, razonas como una vieja del siglo diecinueve. Ahora todo es distinto: a los chicos les gustan las chicas sencillas, que sean divertidas. A nadie le importa con quién se acostó alguna vez.

Melissa solo negaba con la cabeza. Tenía tanto miedo de perder su Sueño que ni siquiera podía pensar en ir a una juerga así. Lena se reía de ella, las compañeras de la residencia también le tomaban el pelo sin parar, pero Melissa estaba acostumbrada.

Un día, en cuanto Melissa entró en el vestíbulo de la residencia después de las prácticas, le salió al encuentro Penny, su compañera de cuarto.

—Te estaba esperando —le dijo en un susurro de conspiradora.

—¿Para qué?

—Te llamó varias veces un hombre, con mucha insistencia. Pidió que le devolvieras la llamada sin falta.

A Melly el corazón se le aceleró.

—¿De verdad? ¿Cuándo? ¿Quién? ¿Dijo algo?

—Sí, se llama señor Bulman. Tiene un acento encantador…

—Ah, el señor Bulman —dijo Melissa, decepcionada—. Es mi profesor de dibujo. ¿Qué querrá?

—No sé. —Penny no parecía menos desilusionada—. Dejó un teléfono.

—Dámelo.

Tragándose la decepción, fue de todos modos a llamar al señor Bulman. Siempre la había tratado bien, y hacerlo esperar habría sido una descortesía.

—¿Señor Bulman?

—Sí, soy yo.

—Soy Melissa Samos. Quería hablar conmigo.

—Ay, Melissa. Qué contento estoy de haberte encontrado. Verás, un conocido mío organiza una exposición de obras infantiles. Me quedan varios cuadros tuyos; ¿te importa si los expongo?

—Señor Bulman, ¿qué dice? Claro que puede exponerlos. Haga con ellos lo que quiera.

—Ay, Melissa. Qué despreocupada eres con tu obra y con el arte. Es una parte de ti. ¿Qué es eso de «haga con ellos lo que quiera»? Esos cuadros son de tu propiedad.

—Señor Bulman, ¿se imagina dónde voy a guardar yo esa propiedad? Tengo un cuartito en la residencia; aquí ya no cabemos ni nosotras.

—Melissa, ya sabes lo que pensaba de tu obra. Puede que yo no sea más que un profesor de dibujo de escuela, pero algo entiendo. Bueno, esperemos a ver qué pasa con la exposición. Que decida la gente.

—Muy bien, señor Bulman, gracias por llamar.

—Adiós, Melissa.

Melly colgó el teléfono y dejó caer los hombros. Esperaba tanto tener noticias de Ares, y no llegaban.

Lena ya estaba enterada de la llamada y esperaba a su amiga con impaciencia:

—¿Y qué quería?

—Lena, qué curiosa eres.

—A mí me parece que está enamorado de ti. Ay, Melissa… Oh, Melissa… Siempre se pone colorado cuando te ve.

—¿Estás loca? Tiene casi cuarenta años.

—¿Y qué?

—Quiere mandar mis cuadros a una exposición.

Lena enarcó una ceja con desconfianza.

—¿Y qué, se puede ganar algo con eso?

—¿Con qué? ¿Con una exposición infantil? No me hagas reír. Como mucho irán a calentarse los sin techo; ¿quién más va a esas exposiciones?

—Entonces no hay nada de qué hablar. ¿Y por qué estás tan desanimada?

—Pensé que era Ares.

—Ay, otra vez. —Lena hizo una mueca de disgusto y fingió estar muy ocupada mirándose en el espejo.

—¿Qué quieres decir? —Melissa se encendió.

—¿Quieres la verdad? Bueno. Ya basta. Melly, hace un año que no sabes nada de él; ni se acuerda de ti. Esos apegos de la infancia no duran toda la vida, por mucho que tú te lo creas. Empieza a vivir tu vida y sácatelo de la cabeza.

Melissa escuchaba aquella perorata en silencio. Sospechaba que Lena pensaba así, pero no sabía qué responder. A ella misma nunca, ni por un segundo, se le había pasado por la cabeza una duda así; creía firmemente en Ares y en sus sentimientos. Pero ¿cómo iba a demostrárselo a su amiga incrédula?

—No quiero seguir hablando de esto —respondió por fin Melissa.

Lena ya se había arrepentido de haberle dicho todo aquello y ahora quería enmendarlo:

—¿Te hago una tortilla con queso, como te gusta?

Melissa asintió en silencio y tomó un libro de texto.