Nadie Escapa a su Destino 8. La graduación
41%

8. La graduación

Terminó el curso, y el orfanato se despedía de varios de sus chicos.

Entre ellos estaba Ares Cold. La directora Jonas siempre se preocupaba por los que se iban.

Le parecía que sobre ella recaía la responsabilidad de lo que llegarían a ser y de cómo vivirían.

Incluso más que sobre unos padres. Los padres no desaparecían: seguían ayudando y aconsejando.

Ella, que se quedaba allí, en el orfanato, ya no tenía ningún poder sobre los chicos.

Su tarea consistía en prepararlos para quedarse solos en el mundo.

Sabía que a los niños se les hablaba demasiado de sus derechos.

Adónde ir a quejarse, qué exigir, cómo defenderse, qué les debía el Estado.

La señora Jonas procuraba inculcarles la idea de que ellos también «debían».

Cómo debían conducirse en la vida, qué debían dar.

No siempre lo conseguía, y le preocupaba mucho su reputación y cómo la recordarían.

En el caso de Ares Cold, simplemente respiró tranquila.

Gracias a Dios, aquel barril de pólvora no había estallado entre los muros de su orfanato.

La señora Jonas no dudaba de que estallaría; solo confiaba en que ocurriera lejos de su lugar de trabajo.

El problema seguía siendo su relación con Melissa: el apego de Ares era demasiado grande.

Pero la directora resolvió también ese problema.

Tras preguntar, informarse y recurrir a todos los medios a su alcance como directora de un orfanato, consiguió para Ares unas oportunidades magníficas.

Como joven deportista sobresaliente, le ofrecieron un contrato de tres años fuera del país.

La paga era espléndida; un chico salido de un orfanato no podía ni soñar con una oferta así.

Al principio, Ares se resistió, pero tras una larga conversación con la directora Jonas no tuvo más remedio que aceptar la oferta.

Ella le explicó que sus encuentros con Melissa no serían convenientes, que las normas no permitían a quien no fuera pariente mantener relaciones con los niños del orfanato.

¡En cambio, qué oportunidades se le abrían!

¡Ver mundo! ¡Ganar dinero! Pasados tres años, Ares podría preparar su hogar, su vida en común.

Podría cuidar de Melissa. Ofertas así no se rechazan.

Después de pensarlo, Ares tuvo que reconocer que la directora tenía razón y aceptar.

Contra lo que él temía, Melissa se tomó la noticia con bastante calma. Hacía tiempo que se preparaba para algo así, y los años eran solo números. Uno, dos, tres… Gran cosa.

A los chicos les organizaron la fiesta de graduación anual.

Llenos de esperanzas y miedos, se divertían de lo lindo y se despedían del orfanato.

Casi nada los distinguía de cualquier otro estudiante.

Salvo que ahora se iban a un mundo de soledad y de independencia.

La señora Jonas lograba colocar a cada uno, se desvivía por cada uno, pero los frutos de su trabajo tardarían en verse.

Por desgracia, muchos no llegaban a estar a la altura de las esperanzas: se daban a la bebida, se suicidaban, se convertían en delincuentes.

A la mayoría no podía darles estudios superiores, pero aprendían buenos oficios y podían mantenerse.

Tía Mary siempre lloraba a lágrima viva al despedir a sus chicas.

Ellas también se deshacían en llanto. Entre los hombres, la despedida era contenida: apretones de manos secos, a veces un ligero abrazo amistoso.

Los jóvenes graduados escondían su nerviosismo tras bromas tontas y travesuras; corrían toda la noche por el orfanato, asustaban a las chicas, hacían todo lo que antes les estaba prohibido.

Unos días después de la graduación oficial, los jóvenes empezaron a marcharse cada uno por su lado.

Casi siempre el destino los dispersaba por distintos rincones, y se veían muy rara vez.

Llegó el día en que también Ares Cold, joven, guapo y prometedor, salía del orfanato.

Con una bolsa pequeña y una gran esperanza en un futuro luminoso.

Abrió las puertas del orfanato, y le pareció que el mundo irrumpía por ellas, que se le echaba encima como un huracán y lo arrastraba en un torbellino.

Como si hubiera entrado en un mundo paralelo, donde ahora regían otras leyes, otras reglas, y se abrían nuevas posibilidades.

No había vuelta atrás. Ares salió a aquel asombroso mundo adulto.

Y el mundo le abrió los brazos y lo engulló.