Nadie Escapa a su Destino 7. El regalo
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7. El regalo

El curso escolar llegaba a su fin, y a Ares le inquietaba cada vez más la inminente separación de Melissa.

Un día se saltó las clases y se fue a una joyería.

Por carácter, tendía a expresar sus sentimientos con regalos.

Como en el orfanato los niños estaban privados de cosas propias, trataban con veneración cualquier baratija que fuera solo suya.

Ares no tenía muchas formas de expresar lo que sentía: flores cortadas en el patio de alguien, una piedra bonita con forma de corazón, un libro que alguien había olvidado en un banco.

Había ahorrado el dinero ganado en las competiciones y se propuso darle una sorpresa a Melly. Algo de verdadero valor. En una joyería modesta de las afueras de la ciudad se quedó desconcertado. Incluso allí los precios eran tan altos que se le cerraron los puños de indignación.

Ares recorría el mostrador de derecha a izquierda, de izquierda a derecha.

Con su comportamiento llamó la atención del viejecito sentado detrás del mostrador.

El vendedor empezó a observar con inquietud a aquel joven sospechoso.

La vitrina era de cristal irrompible, había alarma, pero aun así pasaban cosas. Por fin se levantó con decisión:

—Joven, ¿busca usted algo en concreto?

Ares levantó la cabeza como un sabueso ante la presa:

—Sí, algo en concreto.

—¿Y qué es, si no es indiscreción? ¿Para quién?

Ares quiso contestarle al viejo con malos modos: su decepción era demasiado grande. Pero, por alguna razón, mirando aquellas manos viejas y temblorosas, dijo:

—¿Es usted el dueño?

—Sí, joven.

—Usted es viejo. ¿Para qué quiere todo esto? ¿Se lo va a llevar consigo?

El viejo se quedó desconcertado. Pero aun así respondió:

—No creo que me lo lleve.

—¿Por qué está aquí sentado, con este metal? ¿Por qué no se desprende de él? Melissa sí que se desprendería. Lo daría todo por salvar a los que se ahogan. Y a usted ya solo le queda el camino al cielo, pero se aferra a su oro como un leprechaun.

Ares se dio la vuelta y estaba a punto de irse, pero el viejo se echó a reír.

—Espere, joven, no se vaya. Hábleme de esa maravillosa Melissa.

Igual que una madre puede pasarse horas hablando de su criatura, Ares se alegró de tener la oportunidad de hablarle a alguien de Melissa. Le contó cómo ayudaba en el orfanato, lo guapa y lo buena que era, cómo dibujaba y cómo la quería todo el mundo. Y que quería ser enfermera.

El viejo escuchaba sorprendido su relato.

—Vamos a buscarle algo a su Melissa —propuso el dueño de la tienda.

—No, es inútil. No me alcanza ni para la tercera parte…

—Pruebe, y por tanta devoción le haré un descuento.

Ares y el viejo pasaron otra media hora eligiendo un regalo.

Por fin se decidieron por una bonita cadena de oro con un colgante en forma de abeja.

El viejo le dijo que él mismo era joyero y que todas sus piezas eran exclusivas, ejemplares únicos.

Los ojos de la abejita eran de zafiro, las rayas negras de ónice, y el precio, desorbitado.

—Bueno, cuando sea rico, volveré —dijo Ares, ya de buen humor. Había disfrutado hablando con el viejo, y elegir joyas para Melissa había resultado algo muy agradable.

—Puede que yo no llegue a verlo, como usted mismo ha dicho. Así que se la regalo. Y a cambio, usted me promete venir a comprarme los anillos de boda a mí, y solo junto con esa chica maravillosa que se llama Melissa.

Ares miraba atónito al joyero. ¡Y eso después de todo lo que le había dicho! No lo rechazó: tomó el regalo y salió a toda prisa de la tiendecita.

Camino del orfanato, Ares pensaba que la vida es de verdad muy rara.

Cuando quieres algo de ella, no solo no te lo da, sino que te quita lo último que tienes; en cambio, cuando no esperas nada, te hace regalos fantásticos.

Si alguien le hubiera dicho que le iban a regalar un colgante tan caro, se habría echado a reír.

Resultó que hacer un regalo así tampoco era fácil.

Ares intentaba encontrar las palabras adecuadas, pero no se le ocurría nada.

El lugar también tenía que ser especial.

Y además sin miradas ajenas. ¿Dónde encontrar ahora un sitio así?

Desde aquel incidente, a Melissa le daba miedo quedarse a solas.

No iba a entregarle el colgante en el pasillo o en el comedor.

Camino de casa, con el dinero que había ahorrado, Ares compró flores.

Era, seguramente, la primera vez que compraba flores en vez de robarlas.

Pensó que era mejor que hubiera muchas flores sencillas que un ramo caro, así que se decidió por manzanillas, margaritas, flox y claveles pequeños.

Entró en el orfanato saltando la valla. ¿Cómo iba a presentarse por la entrada principal con semejante ramo?

Dejó las flores junto al viejo tocón donde, en otro tiempo, había dibujado con la pequeña Melissa.

No veía la hora de que terminara la cena.

La cajita con el colgante, en el bolsillo de la camisa, le quemaba la piel.

Después de la cena, Melissa fue a quitar las mesas, y Ares, impaciente, se le pegó para ayudarla.

—¿Qué te pasa? —se rio Melissa.

—Quiero hablar contigo cuanto antes.

En la carita de Melly apareció enseguida la inquietud.

—¿De qué?

—De algo bueno, no te asustes.

—Bueno, entonces sí —respondió Melissa. Pero Ares notó que empezaba a ir más despacio. Ahora siempre tenía miedo de que pasara algo malo. Ninguna sorpresa la alegraba.

Fuera, Ares arrastró a su amada hasta el viejo tocón. Al ver el ramo, Melissa casi se pone a dar saltos de alegría.

—¡Qué enorme, qué bonito! —La tensión desapareció de su cara.

—Esto no es todo. Pronto me voy del orfanato y quería regalarte algo de valor… Para que te acuerdes…

—¿Para que me acuerde? ¿Es que me vas a dejar?

—No, qué dices. Solo quería que pensaras siempre en mí. En fin, que no sé decir estas cosas. Toma.

Ares, nervioso, sacó la cajita y se la tendió a Melissa.

No era el único que se sentía incómodo en ese momento.

Ninguno de los dos estaba acostumbrado ni a hacer regalos ni a recibirlos.

Melissa no sabía cómo comportarse, y al abrir la cajita se turbó todavía más.

¿Sería una joya de verdad? No podía calcular su valor, no tenía experiencia, y preguntar cuánto costaba habría sido una falta de delicadeza.

Además, fuera ya era de noche, y no conseguía ver bien el regalo.

Ares comprendió su desconcierto y sacó una linterna.

A su luz, la abejita de la cadena parecía casi un cuento hecho realidad.

—Ay, Ares… No tengo palabras.

—Es oro de verdad, y zafiros, y además… no me acuerdo de cómo se llaman las piedras negras.

—¿De dónde lo sacaste? —preguntó Melly, asustada.

—Tranquila, todo es legal.

—¿Y entonces?

Ares tuvo que contarle la historia del colgante y la promesa de volver por los anillos.

En Melissa se despertó al instante la mujer:

—¿Y qué, va a haber anillos?

—Si tú quieres.

—Quiero.

—Te quiero, Melissa. —Ares la levantó en brazos—. Y te voy a regalar el anillo más bonito del mundo.