6. Las consecuencias
Cuando Melissa se despertó, ya se sabía lo de la muerte de Ramirez.
Lo había encontrado temprano la mujer de la limpieza, que había llamado a la policía y a una ambulancia.
A los niños les dieron el desayuno lo más rápido posible y los despacharon a la escuela.
Todo se hizo con tantas prisas que Melissa no tuvo tiempo de inquietarse.
Pero cuando empezó la primera clase, la invadió una ola de miedo.
De noche todo parecía irreal, como en un sueño.
En situaciones así uno actúa y no piensa.
No queda tiempo para reflexionar. Parece que vas a resolver el problema aquí y ahora, y que con eso se acabará todo.
Pero por la mañana, cuando Melly vio el auto de policía, comprendió lo real que era el peligro.
La policía no iba a irse a ninguna parte; andaría por allí, haría averiguaciones, peritajes.
No la atormentaban los remordimientos por la muerte de Ramirez; al fin y al cabo, no lo había hecho ella.
Lo que la inquietaba, como siempre en estos casos, era si habían hecho bien.
Porque no se puede encubrir un crimen. Engañar.
A Melissa le era ajeno el fingimiento, y sufría mucho.
Tenía unas ganas locas de contárselo todo a tía Mary, y que fuera ella quien decidiera si Melly tenía razón o no.
En el fondo seguía siendo una niña pequeña, y la crianza en el orfanato no la dejaba madurar.
Durante la primera clase, la pobre Melissa se mordió todas las uñas y, en cuanto sonó el timbre, salió corriendo a buscar a Ares.
Con Ares las cosas eran distintas. No se atormentaba dándole vueltas a lo ocurrido la noche anterior, y tenía muy claro que volvería a hacerlo una y otra vez.
Claro que se podría haber resuelto de otra manera, haber intentado apartar a Ramirez, pero al mirar en su interior, Ares decidió que estaba satisfecho con el desenlace: una persona así no debía andar por el mundo.
A Ares le daban igual los demás chicos: si no sabían defenderse solos, era su problema.
Pero aquel canalla había atentado contra lo más sagrado, contra Melissa, y se había merecido la muerte.
Lo único que lamentaba era que no hubiera sufrido.
Además, Ares se estremecía al pensar lo cerca que había estado de quedarse solo.
Ese había sido siempre su mayor miedo. No creía que pudiera volver a encontrar el amor.
Recordaba demasiado bien cómo había buscado la atención de Melissa, cómo temblaba cuando ella lo tocaba.
En lo más hondo de su subconsciente, ella no era solo la chica que amaba: era también su madre, su hermana, toda su familia.
Era la primera y única persona en la tierra que lo había querido.
Dicen que los niños son crueles. Pero los niños son el reflejo de sus padres o de los adultos. Los padres crueles tienen hijos crueles.
A amar hay que enseñarlo; el odio llega solo. Melissa le había enseñado el amor y se había convertido para Ares en la encarnación de ese sentimiento. ¿Perder a Melly? ¿Perder el único rayo de luz de su corazón? ¿Qué sería de él entonces? ¿Qué tinieblas lo engullirían?
Después de la primera clase, Ares también corrió a buscar a Melissa.
Tenían un sitio para verse en la escuela y se encontraron sin dificultad.
Llegaron a la vez, casi chocando las frentes.
Ares quiso abrazarla, pero ella estaba demasiado nerviosa.
Retorcía un pañuelo, se apartó y lo miró a los ojos:
—No puedo pensar en otra cosa. Ares, ¿cómo me calmo? Me parece que lo llevo todo escrito en la frente.
—No llevas nada escrito. En unos días todo se calmará.
—Esta incertidumbre es para volverse loca.
—Por la noche nos enteraremos de todo.
—Nadie nos va a decir nada.
—Habla con tía Mary. Ella seguro que te lo cuenta todo. Le gusta más charlar que comer.
—¡Como si a ella se lo fueran a contar todo!
—En cualquier caso, nadie podrá demostrar que tuve algo que ver. No hay ninguna prueba. Aunque descubran que a Ramirez lo mataron, no podrán saber quién fue.
Melissa estaba a punto de llorar.
—¿Y aquel niño? Si es muy pequeño.
—No va a decir nada. Ya lo arreglé con él.
—Se le puede escapar.
—Pues no se le escapó lo que le hacía Ramirez.
Sonó el timbre, y los alumnos tuvieron que volver a sus aulas.
Para Melissa, el día se hizo interminable.
Además, Ares tenía entrenamiento por la tarde, y ella tuvo que volver al orfanato sin él.
Lena y las otras chicas no la dejaban en paz, y solo se hablaba de la muerte de Ramirez.
A Melissa se le pusieron los pelos de punta cuando se enteró de que a algunas les parecía guapo y lamentaban el accidente.
Le costó muchísimo no gritarles, no contarles cómo era de verdad aquel Ramirez.
Los autos de policía se habían ido, y el orfanato tenía el mismo aspecto que antes. Dentro, todo estaba tranquilo; solo la sala de profesores estaba precintada. Melissa encontró en el trabajo un refugio para sus pensamientos y fue, como siempre, al comedor a poner las mesas.
Ahora ni se le pasaba por la cabeza verse a solas con Ares. Le parecía que entre ellos siempre se interpondría el cadáver de aquel canalla. Cuando pensara en una cita, pensaría en las consecuencias. ¿Cómo iba a volver a su vida de antes? ¿A aquellas sensaciones despejadas, llenas de color?
Ares volvió del entrenamiento con un hambre de lobo y se lanzó sobre la comida. A Melissa, en cambio, no le pasaba bocado. Lena la miraba sorprendida: no podía dejar de notar el cambio en el comportamiento de su amiga.
Al final Melissa no pudo más y decidió hablar con tía Mary.
—¿Qué se sabe del señor Ramirez? —preguntó con toda la calma que pudo.
—No lo sé seguro, cariño. Dicen que se cayó y se golpeó la cabeza. Qué muerte tan absurda. Y parecía buena persona.
Meredith se santiguó con temor supersticioso.
—¿Van a investigar algo?
—¿Y qué hay que investigar? Así es, cariño: el señor Ramirez andaba por ahí, trabajaba, pensaba y soñaba, y luego, ¡zas!, y ya no está…
—Sí, tía Mary. Da miedo.
—Tú no tengas miedo. Todo está en manos de Dios. Vivirás hasta muy viejecita. ¿O es que le tienes miedo a su fantasma?
Hasta entonces a Melissa no se le había pasado por la cabeza, pero cuando oyó aquellas palabras, se quedó pensando. No es que creyera en fantasmas, pero si creía en Dios y en el diablo, ¿por qué no iba a creer en un fantasma? ¿Y si de verdad la perseguía?
La investigación terminó sin haber llegado a empezar del todo.
Nadie se puso a escarbar: hicieron la autopsia y no encontraron nada sospechoso.
En la herida había astillas de madera, no surgió ninguna contradicción, nadie se había quejado de Ramirez, no hubo ni una sola persona que hablara mal de él.
Por desgracia, cosas así pasan a cada rato. Cerraron el caso.
Cuando Melissa se enteró, suspiró aliviada. Quizás, en algún lugar muy hondo de su alma honrada, quería que se descubriera la verdad, soñaba con confesar, con quitarse el pecado de encima. No sabía cómo iba a seguir viviendo con aquello.
Pero, tal como Ares había supuesto, pasaron unos días, y Melissa empezó a calmarse, a olvidar. Lo ocurrido ya no tenía contornos nítidos; se había vuelto borroso, perdía su conexión con la realidad.
En esos días, Melissa encontraba desahogo en el taller de arte.
El profesor notó que el carácter de sus cuadros había cambiado.
Aparecieron líneas más definidas, transiciones de color bruscas.
Veía la turbación reflejada en su obra. Pensó que su alumna pasaba a un nuevo nivel como artista.
Pero al cabo de un mes, Melissa dejó las clases.
Lo que la entristecía era que su relación con Ares había cambiado. Ares se comportaba como si no hubiera pasado nada y no quería hablar del tema con ella. Melissa intentó varias veces hablar de lo que sentía, pero él no la entendió:
—¿Qué pasa, te da pena? ¿Quieres que confiese y que me metan en la cárcel?
—¡No, qué dices! —Melissa se asustó y no volvió a sacar el tema.
La luz brillante del romanticismo abandonó su relación.
El sentimiento de Ares era profundo, hundía sus raíces en la infancia.
Melissa, en cambio, vivía su primer enamoramiento, que se convertía demasiado despacio en un sentimiento de verdad.
Lo ocurrido había hecho a Melly más madura; la ingenuidad se había ido, y con ella el entusiasmo.
Al mismo tiempo, Melissa descubrió con sorpresa que su amor por Ares se había vuelto absoluto: ya no le importaba lo que hubiera hecho o pudiera hacer.
Le parecía que ahora lo amaría en cualquier circunstancia, que el asesinato de Ramirez los había unido para siempre.
Por supuesto, estaba segura de que ya no les pasaría nada malo; creía en la nobleza de su amado, en un futuro feliz juntos. Ingenua.