4. La vuelta
Por fin llegó el día de la partida. Los niños estaban tristes al despedirse unos de otros, del bosque, del lago y de la libertad.
Solo Ares y Melissa no lo lamentaban. Se habían encontrado, y de momento la vida traicionera no pensaba separarlos.
Tenían por delante muchísimos días juntos.
En sus corazones no había sitio para compadecer a los demás; vivían solo de su propia alegría.
Por eso, cuando Lena, sollozando, se le echó al cuello a Melissa, esta no consiguió entender el sufrimiento de su amiga.
Se soltó con cuidado y buscó a Ares con la mirada.
Él le guiñaba el ojo a su amada, y ella fingía impaciencia.
Cuando los niños volvieron al orfanato, les pareció pequeño y lúgubre.
¡Cómo se habían acostumbrado al espacio abierto, donde en cuanto abrías los ojos podías estar fuera y correr a tus anchas!
Donde podías olvidarte de los convencionalismos y hasta de los zapatos.
¡Cuánto sol les había dado el verano! Y qué oscuros eran los largos pasillos del orfanato, qué estrechos.
Faltaba una semana para que empezaran las clases, y los niños no sabían qué hacer con su tiempo ni en qué ocuparse.
Salían a su pequeño patio y miraban a su alrededor con tristeza.
¿Cómo podía haberles gustado aquello antes?
Solo para Melissa y Ares no había cambiado nada: eran el uno para el otro un mundo entero, inmenso, desconocido, maravilloso. Tenían delante los ojos de la persona amada y no querían mirar a ningún otro sitio. En aquel mundo no había fronteras: mira, húndete, báñate en los rayos del amor.
Estaban tan embriagados el uno del otro que ni se les ocurría esconderse. Al llegar, Melly y Ares entraron así en el orfanato, bien agarrados de la mano. Tía Mary salió corriendo al encuentro de los niños; a cada uno lo abrazaba, lo besaba, a los pequeños los levantaba en brazos.
Cuando le llegó el turno a Melissa, notó enseguida los cambios en su preferida: el pelo suelto, los ojos brillantes. Luego vio por fin sus manos entrelazadas.
—¡Ay, mis queridos! —Tía Mary se echó a llorar y corrió a abrazarlos.
Más tarde, por supuesto, se serenó un poco y, después de pensarlo todo bien, consideró que era su deber hablar con Melissa.
—Mi abejita querida, cuéntamelo todo.
Y Melissa se lo contó todo sin ocultarle nada, disfrutando de poder revivir aquellos sentimientos. Mary suspiraba, chasqueaba la lengua y no paraba de llorar. Luego dijo:
—En el orfanato están prohibidas esas relaciones.
—Lo sé, tía Mary. Pero ¿qué vamos a hacer? No podemos dejar de querernos.
—Ni tienen por qué. ¡Qué felicidad encontrar el amor! Pero no lo vayan pregonando, no se tomen de la mano. Esperen a salir del orfanato. A Ares le queda el último año. A ti, dos. Y en ese tiempo su relación se hará más fuerte.
—Tía Mary, no voy a poder esperar tanto. ¡Lo quiero tanto!
—Ahora tu tutor es el Estado, y no creo que entienda tus sentimientos, niña mía.
Supongo que la señora Potts se lo contará todo a la directora, pero si son sensatos, nadie los va a separar.
Lo principal es que no hagan tonterías. Tienen toda la vida por delante.
Toda la vida —repetía tía Mary con tristeza.
Empezó el nuevo curso, y poco a poco todo fue volviendo a su cauce. Los niños se metieron de lleno en los estudios, volvieron a acostumbrarse al orfanato, a la rutina.
Al principio, hasta a la paciente Melissa se le hacía insoportable estar sentada en clase, por no hablar de Ares.
Ella llenaba los cuadernos de corazoncitos y miraba por la ventana.
Ares se escapaba de clase para ir a arrancar flores en algún patio.
Al final la noticia llegó a oídos de la directora, y no le quedó más remedio que llamar a la parejita a su despacho.
Tenía intención de regañarlos con severidad, pero ante un amor juvenil tan absoluto se habría derretido el corazón más helado.
Estaban tan contentos de poder estar juntos, aunque fuera en el despacho de la directora.
El entusiasmo y la adoración se leían en sus caras como en las de buenos actores en una buena película. Por eso la señora Jonas dijo:
—No puedo prohibirles que se quieran. Quiéranse.
Pero si quieren ser felices en el futuro, constrúyanlo ahora.
Hay que estudiar bien. Ares, tú tienes todas las posibilidades de entrar en la universidad, con tus logros deportivos.
Melissa, tú, si no me equivoco, querías ser enfermera.
Los voy a ayudar, pero solo si sientan la cabeza.
Piensen en el futuro que pueden tener: niños de un orfanato que han llegado tan lejos.
¿No es ese el sueño de cualquiera? Lo sé, Melissa, tú eres muy sensata, cosa que no puedo decir de Ares —Melissa quiso protestar, pero la directora no la dejó—, pero tú tienes una buena influencia sobre él.
Por eso no veo más que cosas positivas en su relación. Prométanme que seguirá siendo así.
Las palabras de la directora los conmovieron tanto que prometieron ser sensatos y, sobre todo, tenían intención de cumplir esa promesa.
Lo que les dijo la señora Jonas les hizo efecto de verdad.
Los dos querían un futuro luminoso. Ares se puso a entrenar con empeño e intentó no faltar a clase, y Melissa empezó a mostrar interés por las asignaturas.
Prestó especial atención a la anatomía. Siguió yendo al taller de arte y, bajo la influencia de los nuevos sentimientos que llenaban su vida, empezó a pintar cuadros muchísimo más intensos.
El profesor no cabía en sí de gozo y no dejaba de elogiar a su alumna.
Su obra tenía una pureza y una frescura infantiles, colores vivos, temas nada trillados.
Era imposible creer que aquellos cuadros los pintara una colegiala.
El profesor insistía en que Melly pasara mucho más tiempo en el taller, pero ella apostaba por los estudios.
No consideraba su afición a la pintura algo serio.
Soñaba con ser médica, pero comprendía que el camino a la facultad de medicina estaba cerrado para ella.
En cambio, estudiar enfermería era bastante realista.
Por supuesto, esperar abnegación de unos adolescentes habría sido demasiado, pero ellos se esforzaban todo lo que podían.