3. Un nuevo día #2
—Voy a conseguir que nadie pueda hacernos daño. Nunca. Toda esa gente estará a nuestras órdenes.
Sus palabras escandalizaron a Melissa.
—¿Qué gente, Ares?
—Cualquiera.
—Nadie quiere hacernos daño.
—Eso es lo que tú crees, porque no entiendes la naturaleza humana. Eres demasiado buena, Melissa. Y todos se aprovechan. Y te van a utilizar toda la vida si no se le pone fin.
Ya era la segunda persona a la que Melissa oía un discurso así. No sabía qué responder, no quería justificarse. ¡Era su elección! Así que se calló, cabizbaja. Y Ares, creyendo que ella estaba de acuerdo con él, se acaloraba cada vez más:
—Le pondré fin cuando volvamos al orfanato. No vas a seguir haciendo las camas de los demás ni quitando los platos sucios como una criada.
Resultaba que Melissa nunca discutía. Pero, a pesar de eso, siempre hacía lo que quería.
Sus propios deseos siempre coincidían con los de los demás, y precisamente por eso vivía en paz consigo misma y con el mundo.
Aquel carácter podía considerarse un don rarísimo.
Y ahora todas sus convicciones chocaban con las palabras de la persona que amaba.
Los demás eran incapaces de entender la necesidad de Melissa de ser útil.
—¿Y cómo le vas a poner fin?
—Sencillamente no te dejaré hacerlo. Y ya está. Y que se atreva alguien a venir a molestarte con sus peticiones.
—¿Vas a pelearte? —Melissa sencillamente no podía creerlo ni imaginarse una situación así.
—A mí ya me obedecen todos.
—¿Y a mí no, entonces?
Ares sonrió con indulgencia:
—Melly, tú eres una chiquilla pequeña y frágil. A mí todos me respetan y me temen.
—Ah, ¿sí? —Melissa se levantó de un salto; le ardían las mejillas—. Ya veremos, Ares Cold.
Y echó a correr hacia el campamento. Ares le gritaba algo, maldiciéndose por aquella pelea estúpida, pero ella ni siquiera se volvió.
Él regresó despacio al campamento, sin entender del todo qué la había ofendido. Analizaba sus palabras y no veía en ellas nada que no fuera verdad. Pero aun así, decidió sabiamente, le pediría perdón y todo volvería a ser como antes.
Pero encontrar a Melissa resultó difícil.
Primero hubo reunión, en la que hablaron de las competiciones entre campamentos.
Ares escuchaba a medias, hasta que se dio cuenta de que habían dicho su nombre.
Resultó que le tocaba a él defender el honor del campamento.
Por supuesto, gracias a su victoria en la competición de escrima.
No consiguió encontrarla entre la gente; en la cena estaba ocupada: ponía las mesas y luego las quitaba.
En resumen, había vuelto a sus antiguas costumbres.
Ares estaba seguro de que lo hacía para fastidiarlo, así que decidió esperar a la noche.
Pero tampoco por la noche consiguió quedarse a solas con Melissa.
Estaba alegre, no paraba de hablar con sus amigas, cosía la camisa de alguien.
Ares se consideraba mayor y sensato, así que decidió simplemente esperar.
Que viniera ella, cuando lo echara de menos.
Pero al cabo de dos días Melissa seguía sin hacerle ningún caso; se había volcado por completo en el trabajo, y Lena, encantada con la amiga recuperada, la llevaba a todas partes bien agarrada de la mano.
Ares comprendió que volvía a lo de antes, a contemplar a Melissa: qué hacía, dónde estaba, cómo estaba.
Una sensación de déjà vu lo inundó, y con ella una profunda tristeza, que siempre había sido la compañera inseparable de su rabia.
Toda su ira hervía en algún lugar de su interior; no la dejaba subir a la superficie.
Sus ojos recuperaron el tono acerado, y la sonrisa desapareció de su cara.
Si hubiera sabido que Melissa sufría tanto como él, habría corrido de inmediato hacia su amada, le habría pedido perdón y habría hecho solo lo que ella le mandara.
Pero Ares creía que Melissa siempre había sido indiferente con él: no era la primera vez que cortaba así cualquier relación con él.
Cuando, al tercer día de su riña, llegaron a la competición los chicos de los otros campamentos, Ares volvía a odiar al mundo entero.
Aceptó todas las reglas, escuchó todas las condiciones del combate y estaba impaciente por pelear, como un caballo que lleva demasiado tiempo en el establo. Comprendía que solo en la pelea podría descargar toda la energía acumulada, soltar la rabia que llevaba dentro.
Vencía con facilidad a sus rivales; al principio se contenía, sin dejar que la furia lo inundara del todo.
Veía que los chicos no eran muy fuertes y comprendía que los habían mandado simplemente porque no había nadie más.
Por fin, en la final, le tocó un rival que valía algo.
Ya no había que contenerse; podía pegar con toda su fuerza.
Ares daba golpes y los recibía, disfrutando del combate.
En esos momentos nada a su alrededor le interesaba; el mundo entero dejaba de existir.
La lucha era una válvula de escape, un lugar donde no había sitio para el tormento del alma, donde solo existía el adversario.
Melissa estaba entre la multitud, mirando el combate, y se volvía loca.
Cuando su amado encajaba un golpe, sentía como si se lo hubieran dado a ella.
Pero, observándolo, pronto comprendió que Ares daba muchos más golpes, que era más fuerte y más ágil que los demás.
Entonces empezó a disfrutar del espectáculo.
¡Qué extraño era! Nunca habría pensado que hubiera en ella algo sanguinario, que una mujer pudiera llegar a sentir algo así.
Tenía ganas de gritar, de animar a Ares; casi se lanzaba ella misma a la pelea.
Nunca había vivido semejante descarga emocional.
Lena, que estaba a su lado, miraba sorprendida a su callada amiga y reflexionaba de forma deshilvanada: «De verdad, cuántas cosas contradictorias hay en una persona.
Muchos matices de la personalidad pueden no manifestarse nunca sin ciertas condiciones.
Así, alguien no encontrará en sí la fuerza para hacer algo; no se le pasará por la cabeza ningún pensamiento sucio aunque viva cien años o, al contrario, no hará ni una sola buena obra.
Pero de pronto, un empujón, una desviación de la norma, y sale a flote cada cosa…
Qué triste que alguien pueda no descubrir nunca su talento, que muera un Mozart más simplemente porque no se le cruzó un piano… ¿Qué más esconderá esta pequeña?».
El combate terminó, y proclamaron vencedor a Ares.
Le levantaron la mano, y él estaba allí de pie, bañado en sudor, satisfecho, impenetrable.
En ese momento Melissa salió de entre la multitud y se dirigió hacia él con decisión.
Se le echó al cuello y lo besó en las dos mejillas entre la ovación general.
Entonces Ares, sin hacerse rogar, la tomó en brazos y abandonó el campo de batalla como vencedor absoluto.
Cuando se quedó a solas con Melissa, Ares no podía creer que volviera a abrazarla. Había venido ella sola, sin miedo, delante de todos. Eso le daba esperanzas, le daba alas. Volvió a convertirse en un enamorado cualquiera.
—Melly, mi amor…
Ares no sabía qué más decir; solo la apretaba tan fuerte que ella soltó un gemido.
—Ay, perdón. —La soltó—. ¿Te he hecho daño?
—Sí, cuando no te acercaste a mí en tres días.
—Creía que ya no me querías.
Melissa se echó a reír: tan absurda le pareció aquella conclusión.
—Eso no va a pasar nunca. Eres tan, tan… Creo que hoy todas las chicas me van a tener envidia. Voy a tener que defenderte.
—A mí siempre me vas a interesar solo tú.
Y así se restableció el idilio.