Nadie Escapa a su Destino 3. Un nuevo día
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3. Un nuevo día

A Melissa le parecía que el nuevo día no llegaría nunca.

Pasó la noche más larga de su vida. Le ardían las mejillas, le quemaban los labios, y dormirse era sencillamente imposible.

¡Cuántas cosas pensó en aquellas horas de insomnio!

El pensamiento principal, el más importante, era que había hecho mal.

Cualquier relación de ese tipo estaba prohibida en el orfanato.

Por otro lado, ahora no estaba en el orfanato, y en el campamento ese tipo de relaciones estaban a la orden del día, y todos los educadores hacían la vista gorda.

Porque los niños necesitan amor, emociones positivas; tienen que aprender a tratar con el sexo opuesto, a entender a las personas y sus propios sentimientos.

A Melissa le daba igual que sus amigas no vieran con buenos ojos a Ares. Le daba igual que le tuvieran miedo. Pero ¿qué diría tía Mary? ¿O la señora Jonas, a la que Melissa respetaba profundamente?

Al recordar sus besos, la Melly ya mayor quería mandar a paseo todas las prohibiciones. Al recordar la cara bondadosa de tía Mary, decidía no seguir con la relación. Estuvo dando vueltas en la cama casi hasta el amanecer, cuando el sueño por fin la venció.

La mañana la recibió con un sol alegre y la sensación de algo maravilloso.

Abrió los ojos y en los primeros instantes no entendió por qué le cantaban pájaros en el alma.

Y luego se acordó. Todas las inquietudes de la noche se esfumaron; no había nada en la vida que deseara más que ver a Ares.

Mirarlo a los ojos grises, tomarle la mano…

Por primera vez en su vida, Melissa estuvo una media hora larga dando vueltas delante del espejo: mirándose, intentando peinarse, pintarse los ojos.

Al ver el resultado de tanto esfuerzo, se lavó la cara con un suspiro y se recogió el pelo en una simple cola de caballo.

No quería hacer el ridículo delante de todo el campamento.

Ya tenía bastante miedo de que Lena notara enseguida el cambio de su amiga.

Quería evitar a toda costa darle explicaciones.

Le parecía que todo lo ocurrido la noche anterior lo llevaba escrito en la cara con todo detalle.

Adoptando un aire indiferente, Melissa se apresuró a desayunar.

Por primera vez se había dormido y se había perdido el reparto de la comida sin darse cuenta siquiera.

En el comedor todos estaban ya comiendo, y unos minutos más y se habría quedado sin desayuno.

Melissa vio a Lena enseguida, pero no era a su amiga a quien buscaba con la mirada.

Esta agitaba los brazos con impaciencia, y Melissa fue arrastrando los pies hacia ella.

No le pasaba bocado y no dejaba de recorrer el comedor con la vista.

—¿Qué te pasa? No te desperté, pensé que a lo mejor estabas enferma.

—No, no, estoy bien —respondió Melissa.

—¿Y entonces qué? ¿No te habrás quedado paseando a la luz de la luna?

Melissa se turbó, pero Lena no podía sospechar algo así:

—Anda, que es broma. Estarás cansada, nada más. No puede ser que siempre estés sirviendo a todo el mundo. Ya es hora de que te ocupes de ti.

—Pero si a mí me gusta.

—Es raro. Mira, no hay manera de que nadie quite las mesas o ponga orden.

—Tía Mary dice que siempre fui así, desde pequeña.

—Y ellos encantados de explotarte.

—No es así, Lena.

—Bueno, allá tú.

Tenían conversaciones así casi todos los días. Lena quería sinceramente a Melissa y solo le deseaba lo mejor. Melissa, por su parte, lo sabía y no se enfadaba.

—Ahora hay reunión general, quieren contarnos algo. Vamos, rápido.

Melissa salió del comedor sin haber visto a Ares.

Todos se reunieron en la explanada redonda que se usaba para las reuniones generales de los niños, el recuento, el reparto de tareas.

Melissa vio a Ares enseguida. Destacaba entre la multitud; aunque estaba de espaldas, incluso de lejos era difícil no ver su figura imponente, sus brazos fuertes, sus gestos seguros.

Sin dudarlo ni un minuto, Melly se abrió paso rápidamente entre la gente y por fin llegó hasta él.

Ares no notó que ella estaba allí: le estaba diciendo algo a un compañero.

Indecisa, Melly se quedó a su lado. El corazón le latía con fuerza; tenía miedo de que los demás notaran su emoción.

Con el rabillo del ojo, Ares percibió un movimiento a su lado.

Al volverse, disipó las dudas de Melly:

—Hola —dijo, y luego la besó con fuerza en los labios delante de todos.

Sonreía, le brillaban los ojos. Nadie había visto nunca así a Ares.

Ni un comportamiento tan desinhibido. El chico con el que hablaba Ares se quedó de piedra, y Lena, que llegaba justo a tiempo, se quedó boquiabierta.

La propia Melissa no tuvo tiempo de reaccionar, porque empezó la reunión; pero no escuchó nada de lo que dijeron, porque a su lado estaba Ares, que le tenía la mano bien agarrada, y no podía pensar en nada más.

Así empezó para Melissa y Ares esa época que todo el mundo debe vivir alguna vez, la de la felicidad plena y sin límites.

Esa época en que el sol brilla más, la lluvia es más cálida y el viento, más tierno.

Las flores se abrían solo para ellos; los pájaros habían aprendido a cantar solo para cantar al amor.

Sus sentimientos se intensificaban porque a aquellos niños nadie los había querido nunca.

Y si Melissa al menos había sentido algo de cariño, para Ares ser amado era como un hechizo.

Le sorprendía que a Melissa le interesara todo de él, que lo encontrara guapo.

Solos en el mundo entero, se habían encontrado el uno al otro.

Ahora nada podía con ellos. La vida que tenían por delante parecía un cuento de hadas.

Por fin sus sueños empezarían a cumplirse.

Se levantaban antes que nadie en el campamento y se acostaban los últimos, incapaces de separarse.

Lena estaba tan asombrada por el cambio de Melissa que ni siquiera la acosaba con preguntas.

Los demás también decidieron prudentemente callar.

Aunque ahora Melissa estaba dispuesta a gritarle sus sentimientos al mundo entero.

Dispuesta a compartirlos y a abrirse. Pero nadie le preguntaba.

Si su elegido hubiera sido otro, las cosas habrían sido distintas.

Pero a Ares todos le tenían miedo. Aquel chico era demasiado imprevisible.

A los niños de los otros orfanatos la relación de Melly y Ares no les parecía nada rara.

El nuevo educador tampoco estaba al tanto de todos los avatares.

Y solo la señora Potts intentó una vez hablar con Melissa.

Pero Melly estaba tan enamorada que era imposible hablar con ella.

Solo repetía que Ares era el mejor del mundo entero, que nadie lo entendía, y que ella lo conocía desde la infancia.

Que lo quería desde el momento en que lo vio por primera vez en el despacho de la directora.

Ahora se los veía en todas partes, siempre juntos.

Y a veces, al contrario, desaparecían y nadie podía encontrarlos.

Ares encontraba montones de rincones apartados, y Melissa lo seguía encantada.

Contra lo que temía la señora Potts, no hacían nada indecoroso.

Normalmente, tumbados en la hierba, mantenían largas conversaciones, como en otro tiempo, de niños.

Eso sí, ahora a las conversaciones se habían sumado besos apasionados, pero nada más.

Les bastaba con eso. Ares tenía tanto miedo de espantar aquellos sentimientos recién nacidos que la mayoría de las veces era él quien tenía que cuidar del orden: llegar a tiempo a la comida y a la cena, no faltar a las reuniones y cumplir tareas que no le servían a nadie.

Por un tiempo se habían intercambiado los papeles, y los dos lo disfrutaban.

Un día, Melissa vio que Ares tenía un objeto extraño.

Algo parecido a un palito, con unas muescas bonitas.

El palito era pequeño, de unos quince centímetros.

Se notaba que Ares lo tomaba a menudo en la mano, porque la madera se había vuelto lisa, pulida, agradable al tacto.

Estaban sentados en un claro soleado, de esos que abundaban alrededor del campamento.

No se podía ir lejos: les habían avisado de que iban a hacer un anuncio.

—¿Qué es esto? —Melissa tendió la mano, y Ares le puso el palito en ella.

—Es un dulo-dulo. Un arma de defensa personal. Cuidado, ¿ves qué afilado está uno de los extremos?

—¿Y cómo se usa? ¿Como un cuchillo?

—Se puede usar como un cuchillo. Pero en general hay muchas técnicas distintas. Es parte de mi entrenamiento de escrima.

—Cuéntame, ¿qué deporte es ese? ¿Qué hacen allí?

Ares se quedó pensando. Nunca había intentado contar nada de su afición a las artes marciales. ¿Qué eran para él? ¿Para qué le servía todo aquello? ¿Qué hacían? Seguramente, pensó, esas preguntas tendría que habérselas hecho antes de empezar a entrenar.

—Es un arte marcial filipino. Un sistema completo de combate con armas y sin ellas, a todas las distancias y en todas las posiciones.

Aprendemos a usar el cuchillo, los palos, los objetos que tengas a mano.

Y las armas tradicionales de Filipinas. Hay de todo, pero no sé por qué yo prefiero esta.

Es más bien para la defensa personal, pero muy eficaz.

—¿Me enseñas?

—No.

Melissa hizo un mohín:

—¿Y eso por qué?

—Porque yo siempre voy a estar a tu lado y podré protegerte. Ahora esa es mi misión en la vida. Siempre lo será.

—Pero en ese combate te pueden herir. No quiero.

Ares se echó a reír. Se sentía tan fuerte, tan valiente, un protector capaz de abatir a cualquiera.

Igual que toda mujer necesita sentirse guapa y amada, todo hombre necesita sin falta sentirse protector.

Esa necesidad vive en la sangre; es imposible de erradicar, incluso en nuestra época civilizada.

¡Cómo se enfadan hoy los hombres con las mujeres modernas por haberse vuelto fuertes e independientes!