Nadie Escapa a su Destino 2. El campamento de verano
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2. El campamento de verano

El campamento, preparado para acoger a los niños durante tres meses enteros de verano, recibió a los huérfanos con una naturaleza maravillosa: bosque, un lago, casitas de madera. Los niños se sintieron como en un cuento.

En aquel lugar se reunieron niños de varios orfanatos a la vez.

Había emociones de sobra, diversión a raudales, libertad suficiente.

Los niños corrían por el bosque explorando sus senderos, paseaban en barca, por las noches encendían hogueras, cantaban canciones y organizaban bailes.

Los grupos en los que dividían a todos los recién llegados competían constantemente entre sí en limpieza y cocina, en deporte y canto; para los niños se organizaban distintos concursos, funcionaban muchísimos talleres, así que nadie se aburría.

La organización resultó ser de primera, y allí los niños florecían.

El ocio activo al aire libre no dejaba sitio a las riñas, las peleas ni los resentimientos.

En el campamento se había procurado crear un ambiente de ayuda mutua y respeto.

Si un niño había estado allí aunque fuera una vez, los vivos recuerdos del verano pasado en el campamento le duraban toda la vida.

Conseguir plaza precisamente en aquel lugar era difícil, y entre las direcciones de los orfanatos había una auténtica lucha. Nunca antes habían ido allí los niños del orfanato San Patricio. Así que aquellas vivencias nuevas tenían que durarles todo un año.

Para acompañar a las chicas mandaron a la señora Potts, porque tía Mary ya era muy mayor y no habría aguantado vigilar a los niños en el bosque.

El señor Brooks se negó a dejar a su familia durante tres meses, así que a los chicos los acompañó al campamento un educador nuevo, el señor Ramirez.

Sobre él corrían rumores extraños y contradictorios, y a los niños no les caía bien.

Pero como no había otra salida, la directora Jonas tuvo que mandar a Ramirez.

Pensó que allí, en un ambiente informal, el nuevo educador tendría más posibilidades de acercarse a los niños y ganarse su confianza.

Al señor Ramirez, en efecto, no le iba nada mal, y aunque todavía no se había ganado a los chicos, tampoco había habido conflictos de momento.

Los chicos tenían miedo de que los mandaran de vuelta y se portaban bastante bien.

Era el mejor incentivo. Les enseñaban a tirar con arco, a remar, a trepar a los árboles y a bajar en tirolina.

Se creían en el paraíso. Además, la posibilidad de competir con los chicos de otros orfanatos los espoleaba a todos.

Se volvieron más disciplinados y se centraron en ganar.

Todos estaban a gusto. Las chicas tenían amoríos y suspiraban, cuchicheaban y se escapaban a citas.

Elegir la ropa para el baile de la noche era una cuestión de primer orden.

Hasta las más pequeñas se contagiaban de la agitación general y, tras robarles el maquillaje a las mayores, se pintaban las caritas de tal manera que las educadoras, muertas de risa, tardaban luego mucho en limpiárselas.

Melissa, por supuesto, estaba ocupada. Siempre encontraba algo que hacer: cuidaba a los pequeños, ayudaba en la cocina, limpiaba la casita.

Gracias a ella, su cabaña era ejemplar y ganaban en las inspecciones semanales.

La prudente Melissa no se subía a los árboles, y era imposible meterla en una barca.

Melly siempre iba limpia, arreglada, peinada sin un pelo fuera de su sitio y sin nada de maquillaje.

Las chicas la consideraban aburrida. Lena, en cambio, era distinta.

Le gustaban la ropa y el maquillaje, se reía a carcajadas y podía conocer a cualquiera en cuestión de segundos.

Lena era sencilla y le caía bien a la mayoría de los del campamento.

¿Qué hay mejor que una persona con la que todo es fácil?

El primer día ya conoció a un chico y empezó un romance.

Duró solo una semana, y el chico, embriagado de libertad, se pasó a otra.

Lena estuvo desconsolada todo un día, y al siguiente ya estaba buscando otra vez.

Melissa se reía de su amiga, sin entender cómo se podía tener un corazón tan inconstante.

—Ay, Melissa, hay tantas cosas en el mundo. Hay que probarlo todo.

—Y a todos —bromeaba Melissa.

—¿Y por qué no? ¿Quién ha dicho que no puede haber muchos hombres? Hay que tener entre quién elegir. ¿Cómo voy a saber que él es el único si no tengo con quién compararlo?

—No sé, a mí me parece que eso se nota enseguida.

—Ay, Melly, es que has leído demasiados libros de esos tontos. En la vida no es así. Nadie te va a abrazar con ternura ni va a suspirar contigo. Los hombres están hechos de otra manera. Ni siquiera tienen emociones.

—¿Cómo que no tienen?

—Pues así, todos piensan solo con una parte del cuerpo.

—No es verdad. —Melissa se ruborizaba, pero no se atrevía a seguir discutiendo, porque sabía que Lena le ganaría la discusión y le diría cosas vulgares; ella se pondría colorada y las demás se burlarían de ella. Mejor hacer como si Lena la hubiera convencido.

—Tienes que echarte un novio, que si no te vas a ir de aquí sin haber dado ni un beso.

Lena decidió emparejar a Melissa con un chico, pero ella, adivinando sus intenciones, esquivaba todas las trampas.

Además, tampoco les gustaba mucho a los chicos: por fuera no estaba mal, pero era demasiado correcta.

¿A qué habían ido allí? A divertirse. Y de normas ya estaban hartos en los orfanatos.

Melissa era casi una educadora: esto no se puede, no hagas eso, no tires papeles, haz la cama.

Una aburrida. Por eso nadie tenía muchas ganas de acercarse a ella.

Darle una camisa para que la cosiera, eso sí; pero para bailar, mejor con las divertidas.

Melissa no sufría en absoluto por eso. Le gustaba observar cómo nacían las relaciones, cómo bailaban los demás. Se fijaba en todos los gestos, en cómo era el primer encuentro. Se sentía una mujer llena de experiencia, observaba a los niños como una adulta, con una sonrisa indulgente.

Una tarde, cuando todos estaban en el baile, Melissa decidió dar una vuelta por el campamento para ver si todo estaba en orden.

Le gustaba hacer aquellas rondas, imaginándose que era una educadora.

No vio nada interesante en el campamento y se dirigió al lago.

Allí solían quedarse cosas olvidadas: toallas, chanclas, raquetas de bádminton.

Melissa las recogía y las llevaba a una mesita especial para objetos perdidos.

Se iba acercando despacio a la orilla y vio que allí se distinguía algo blanco.

Se apresuró hacia su hallazgo, pero al acercarse comprendió que era una persona.

Melissa quiso batirse en retirada, pero luego pensó que todos estaban en el baile y que, si aquella persona estaba tumbada sola en la orilla, tal vez se encontraba mal.

Al pensarlo, claro, se acercó. Estaba anocheciendo, y aparte de la camisa blanca casi no se distinguía nada.

Cuando estuvo a su lado, Melissa comprendió que era un hombre, bastante corpulento, que estaba tumbado con los ojos cerrados.

Se arrodilló frente a él y le tocó levemente la mano.

En un abrir y cerrar de ojos, el hombre ya estaba de pie.

Melissa se asustó tanto que, al echarse hacia atrás, casi se cae.

Él la sujetó, y sus miradas se encontraron.

Melissa tenía delante los ojos grises de Ares.

Hacía muchos años que no lo veía tan de cerca.

«Qué mayor está —pensó Melissa—. ¿Cuándo se ha hecho tan mayor?». No le quitaba los ojos de encima. Ares la soltó y se sentó a su lado en la arena.

—¿Qué haces aquí? —reaccionó por fin Melly.

—Llegué hoy por la tarde.

—¿Por qué no estás divirtiéndote con los demás?

—No tengo ganas. Quería estar solo.

—¿Qué tal la competición?

—Gané el primer premio.

Ares lo dijo con naturalidad, sin alegría, como algo que se da por sentado.

—¿De verdad? Felicidades.

Ares asintió levemente con la cabeza. No miraba a Melissa.

Y ella lo miraba y no podía apartar la vista.

Sintió una especie de agitación en el bajo vientre.

¡Una sensación increíblemente agradable!

Melissa no lograba entenderse a sí misma.

Solo tenía ganas de mirar y mirar a Ares, y nada más.

Lo observaba sin vergüenza: el pelo negro, muy corto, la nariz recta, los labios hoscos.

Comprendió que Ares era de verdad muy sombrío, que no sonreía, y no solo ahora, sino en general.

¡Pero era tan guapo! Melissa se asustó cuando llegó a esa conclusión.

—¿Y qué premio es? —Le parecía que había que decir algo a toda costa.

Ares se volvió hacia ella y enarcó una ceja, sorprendido:

—¿De verdad te interesa?

—Sí, claro.

—Una copa, nada más. Y algo de dinero.

Melissa no sabía qué responder a eso. Sentía una gran confusión en el alma.

¿Por qué se sentía así? Tenía ganas de hablar, de hacer algo, pero no se le ocurría nada.

Él era tan mayor y tan serio que ella se sintió enseguida una niña tonta.

Así que hizo lo que hacía siempre en los momentos de confusión: encontró una ramita y se puso a dibujar en la arena.

De pronto sintió a Ares a su lado. Se pegó a ella y, mirando por encima de su hombro, observaba su obra.

Su aliento caliente le quemaba el hombro a Melissa.

Pensó en sus labios, y todo se le encogió por dentro, como si bajara en un columpio.

Con timidez, Melissa se volvió y encontró su mano, tan fuerte, callosa y grande.

No era en absoluto aquella mano de niño que había dibujado con ella en otro tiempo.

Pero era cálida, casi ardiente. Melissa le tomó los dedos y se puso a dibujar.

Ares la abrazaba, y ella, tan frágil, cabía entera en sus brazos.

¡Una sensación demasiado intensa para los dos!

Ares no podía creer en el milagro. Allí estaba él, abrazando a la única chica del mundo capaz de conmoverlo.

No había previsto la fuerza de los sentimientos que lo inundaban.

Respiraba su olor, y la felicidad casi le hacía perder el sentido.

Era imposible deshacer el abrazo. Los dos tenían miedo de hacer un movimiento de más y romper el encanto del momento.

Ya había oscurecido del todo, no veían lo que dibujaban, y no tenía ninguna importancia: ahora lo principal era estar juntos.

Por fin, Melissa no pudo aguantar más. Quería algo más.

Volvió la cara hacia Ares. Él sintió su movimiento y miró a Melissa.

Casi no veía la cara de Melly, pero no le hacía falta, porque conocía todos los rasgos de aquella carita adorable mejor que los suyos: sus ojos, azules y limpios, la naricita delicada, los labios tiernos.

Melissa tenía el pelo suave, castaño claro.

Sin rizos ni peinados. Ares se permitió acariciar aquel pelo, dejarlo correr entre los dedos.

Y Melissa se inclinó hacia él con valentía y lo besó.

Con suavidad, pero en absoluto como una hermana pequeña.

Ares lo comprendió enseguida. Él nunca se habría atrevido a hacerlo.

Pero Melly lo había decidido todo por él, por los dos.

Tomó su rostro fino entre sus grandes manos y decidió no soltarlo nunca más.

Se besaban y se besaban, no podían separarse.

El primer beso inocente se volvía más atrevido.

Aprendían aquel arte y descubrían algo nuevo.

¡Qué maravilla! ¡Qué delicia! ¡Indescriptible!

¿Acaso describe algún libro algo así?, pensaba Melissa.

Sentía que le dolían los labios, que le ardían, pero interrumpir el beso estaba más allá de sus fuerzas.

Pasó mucho tiempo hasta que por fin lograron separarse.

En el alma les tintineaban campanillas; tenían ganas de bailar, de saltar, de volverse locos.

Pero no se movieron del sitio. Solo se apretaron más el uno contra el otro.

Así siguieron sentados hasta que se dieron cuenta de que la música se había callado, el baile había terminado y en media hora sonaría el toque de silencio. Los educadores empezarían a comprobar que todos los niños estuvieran en su sitio.

—Hay que irse —dijo Melissa.

Ares estuvo a punto de protestar, pero recordó lo importantes que eran las normas para Melissa.

—Si hay que irse, nos vamos —respondió.

Se levantaron de la arena a regañadientes, sacudiéndose la ropa.

Y luego volvieron a quedar muy juntos. Ares era tan alto que Melissa tenía que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.

Él volvió a inclinarse sobre ella y la besó, con ternura y cuidado.

Luego le tomó la manita en la suya y echó a andar con decisión hacia el campamento. La acompañó hasta su casita y dijo:

—Nos vemos mañana. Buenas noches.