9. Un nuevo apego
El verano terminó, y la vida en el orfanato volvió a su cauce habitual. Las niñas se mudaron a su ala, a sus habitaciones nuevas y recién reformadas. La directora se había esmerado, y los cuartos quedaron todavía más acogedores que antes.
Empezó el nuevo curso, y cada mañana el orfanato despedía a sus habitantes camino de clase.
Tanto Ares como Melissa iban a la escuela con los demás niños.
Y aunque estudiaban, claro, en cursos distintos, eso no impedía que los dos amigos fueran juntos.
En la escuela casi no se veían, y después de clase Ares iba a lucha, así que solo podían hablar durante la cena.
Y tenían mucho que contarse. En presencia de Ares, Melissa se volvía una parlanchina y hablaba, hablaba y hablaba.
Él lo sabía todo de sus compañeras y de sus maestros: quién había dicho qué, cómo la habían mirado y cada nota que había sacado.
Melly se quejaba de las clases de educación física, donde no le salía nada, y contaba con orgullo cómo la elogiaba el profesor de dibujo.
Este le había propuesto ir a un taller de arte y le había prometido arreglarlo.
Y mientras Ares masticaba la cena en silencio, Melissa esperaba su consejo en cualquier asunto.
A su lado, Ares se sentía mayor, listo y capaz de superar absolutamente cualquier cosa.
Empezó a sentirse responsable de ella, como si de verdad fuera su hermana pequeña.
Al orfanato llegaban muchos niños, y muchos se iban.
A unos los adoptaban, a otros les buscaban familias de acogida, otros se iban a recibir tratamiento.
Ares tenía mucho miedo de que se llevaran a Melissa.
Por él no se preocupaba: ya era mayor, y cada año sus posibilidades de que lo adoptaran se reducían.
Además, sabía que de cualquier familia podría volver.
Pero Melissa… Era maravillosa, dulce, encantadora, obediente.
Si no fuera por el cariño que le tenía el personal, se la habrían llevado hacía mucho.
Con solo pensarlo, Ares se sentía mal, le sudaban las manos y se le aceleraba el corazón.
Melissa ni siquiera sabía la suerte que tenía en realidad.
Ares la había observado durante todos aquellos años.
Recordaba cómo era, qué le gustaba, cómo hablaba.
Con el tiempo podría contárselo a su amiga, ya mayor, si a ella le interesaba.
A veces tía Mary traía una cámara vieja y fotografiaba a todos sin distinción, y luego tardaba mucho en revelar el carrete e imprimir las fotos.
Pero cuando por fin llevaba al orfanato el montoncito de fotografías, se formaba una cola para verlas, porque para los niños era todo un acontecimiento.
Pequeños trocitos del pasado. Los niños apreciaban muchísimo aquellas fotos y las guardaban luego toda la vida.
Y así, sin prisas, pasaron otros tres años.
En ese tiempo, Melissa y Ares se volvieron de verdad muy cercanos.
A veces los propios educadores olvidaban que aquellos dos, en realidad, no eran nada el uno del otro.
Simplemente, en un momento dado, el destino los había unido y nada se había interpuesto entre ellos.
Ni siquiera se peleaban nunca. Ares mostraba una paciencia de ángel, completamente impropia de él.
Porque todo el comportamiento de Melissa chocaba con su carácter impetuoso; no la entendía ni la aprobaba.
Pero encontró en sí mismo fuerzas para respetar sus preferencias, sin intentar cambiarla.
Eso no está al alcance de muchos adultos.
La gente siempre quiere algo de los demás, insiste en algo, desea que sus hijos, maridos, hermanas, nietos cambien como a ellos les conviene.
Ares, en cambio, lo aceptó. Él mismo no había cambiado en nada: seguía defendiendo su independencia y no hacía caso a los educadores.
Melissa lo regañaba, pero no mucho. Contemplaba las travesuras de Ares con amor maternal: ¿qué se le iba a hacer, si era un niño?
No había nadie más cercano para Melissa: todos sus miedos, sus noticias, sus alegrías, todo era para Ares.
Aquel verano ocurrió algo que se interpuso entre ellos y cambió su vida ya asentada.
Melissa encontró una amiga: una niña un año mayor que ella, recién llegada al orfanato.
Se llamaba Lena y era hija de emigrantes rusos.
Su tragedia era que había conocido muy bien a sus padres y había crecido con ellos en el amor y la armonía.
Hacía muy poco que habían emigrado, y la pequeña extranjera apenas sabía el idioma.
Y entonces sus padres tuvieron un accidente de auto y murieron, dejándola sola en un país extraño donde no tenía ni parientes ni amigos.
Así fue como llegó al orfanato San Patricio, abatida por la noticia, sin entender nada, aturdida y llena de añoranza.
Melissa consideró enseguida que era su deber ayudar a la nueva.
Se hizo cargo de Lena, iba con ella a todas partes, le enseñaba y le explicaba las cosas.
Así, poco a poco, se hicieron amigas. Lena se apegó mucho a Melissa, que era casi la única que hablaba con ella.
Melissa le enseñaba el idioma, y Lena, a su vez, le hablaba de su país natal, de sus costumbres, de sus padres y de las amigas que había dejado allí.
Luego las conversaciones empezaron a girar en torno a los chicos, y Melissa, a quien antes ese tema nunca le había interesado, descubrió que la apasionaba.
Lo que contaba Lena era emocionante. Y no era nada apropiado contarle esas cosas a Ares.
Melissa empezó a mirar a los chicos desde otro ángulo, y se reía con su nueva amiga comentando quién era guapo y quién no.
Cuando Ares notó el comportamiento extraño de Melissa, intentó averiguar qué pasaba, pero ella no quiso explicarle nada.
Ares nunca había estado tan inquieto. Se consumía viendo aquellos cuchicheos, sin entender nada.
Melissa hablaba mucho menos con él, casi no le contaba nada.
Ares comprendía que todo era culpa de aquella Lena, a la que consideraba vulgar y demasiado grandota.
No le gustaba nada, y no conseguía entender qué podía tener ella en común con la delicada Melissa.
Por lo visto, a Lena tampoco le caía bien Ares, y a menudo se lanzaban miradas de rabia, aunque sin llegar a enfrentarse abiertamente.
Una tarde, Melissa se sentó a cenar con Lena, después de pedirle disculpas a Ares.
Para él fue un golpe. Estaba sentado ante el plato y no podía tragar ni un bocado.
Volvió la sensación de que lo habían traicionado.
El odio salió otra vez a flote, como si nunca se hubiera ido.
Recorría el comedor con una mirada desafiante.
Melissa seguía cuchicheando algo con la odiosa Lena, y a Ares todo su mundo interior pareció darle una voltereta.
De la cabeza a los pies, de los pies a la cabeza.
Aquella vaca se la había quitado. No una familia de acogida, sino una vaca estúpida.
Ares no lo entendía. Cuando a Melly se le cayó el primer diente, corrió con él a enseñárselo a Ares, y juntos lo pusieron debajo de la almohada para el hada de los dientes.
Y por la noche Ares se coló en su dormitorio y cambió el diente por una moneda, como habrían hecho unos padres.
Estaba orgulloso de sus dibujos como si los hubiera hecho él.
¿Y esta qué? ¿Qué había hecho ella por Melissa? ¿Qué cosas tan interesantes le contaba?
Desde entonces, Melissa empezó a alejarse. Ares estuvo un tiempo dolido, pero luego decidió hablar con ella.
—¿Qué tal? —le preguntó a Melissa una tarde, mientras ella ayudaba a poner las mesas para la cena.
—Bien —respondió Melissa. «Demasiado tranquila», pensó Ares.
—¿Qué tal la escuela?
—Como siempre.
Por alguna razón, la conversación no cuajaba, y Ares sospechó que algo iba mal.
—¿Te ha pasado algo? Te estás portando de una forma rara. Melissa, sabes que me lo puedes contar todo.
Por fin Melissa se detuvo y dejó a un lado la bandeja del pan.
—Ares, tú eres un hombre y yo soy una mujer. No te lo puedo contar todo.
Ares se echó a reír:
—Tú no eres una mujer. Eres mi hermana pequeña.
Melissa acababa de entrar en la pubertad; hacía muy poco que le había venido la primera regla, así que las palabras de Ares la enfadaron y la ofendieron.
Se puso roja y respondió:
—No entiendes nada.
La niña se dio la vuelta y siguió repartiendo el pan en silencio.
Con toda su actitud dejó claro que no quería seguir hablando con su hermano adoptivo.
Ares salió del comedor desconcertado. Estaba preocupado por Melissa; su imaginación le pintaba escenas cada una más terrible que la anterior.
Le dio mil vueltas a todo y decidió ir a ver al señor Brooks.
Para él era una auténtica hazaña, porque no estaba acostumbrado a compartir con nadie sus pensamientos ni sus preocupaciones.
Pero ahora no veía otra salida. Si alguien estaba haciéndole daño a Melissa en la escuela, él no podría ayudarla ni enterarse.
Había que averiguarlo todo y decidir algo.
Encontró al señor Brooks en la sala de juegos, vigilando a los pequeños.
Cuando Ares le pidió al educador hablar a solas, a este se le dispararon las cejas de la sorpresa. Intentó disimular su asombro y dijo impasible:
—Sí, Ares, claro. Hablemos.
Tartamudeando y atascándose, Ares le soltó al señor Brooks sus inquietudes.
Al educador no le quedó más remedio que explicarle la fisiología de las mujeres.
Y mientras tanto se ponía rojo como un tomate.
Porque normalmente los hombres no tienen esas conversaciones.
¿Por qué, por Dios, pensaba el señor Brooks, no lo enseñan en la escuela, en clase de anatomía?
¿Cómo acordarse ahora de todo eso? Mal que bien, el educador, abochornado, le pintó el panorama y comprendió que su explicación había dejado a Ares atónito.
No podía creer lo que le había contado y, por lo visto, intentaba aplicar sus nuevos conocimientos a Melissa, pero le costaba.
Después de darle las gracias al señor Brooks, se fue al desván para asimilarlo todo.
¡De verdad no sabía nada! Qué rara es la vida, qué enrevesada, pensaba.
Las cosas sencillas pueden adoptar formas desconocidas.
¿Cómo tratar ahora a Melissa? ¿Hacer como si no supiera nada o, al contrario, demostrarle que estaba enterado?
No, decidió, que todo siga como está. Haré como si no supiera nada, y con el tiempo nuestra relación volverá a ser como antes.
Melly se acostumbrará y no le dará tanta importancia.
Pero con el tiempo Melissa no hizo más que alejarse.
Cuanto menos compartía con él, menos ganas tenía de estar con él.
Y luego resultó que había tantas cosas que él no sabía que ya era imposible contárselo todo.
Ella y Lena se volvieron amigas inseparables, siempre juntas en la escuela y en el comedor.
Lena se apuntó al taller de arte con Melissa para hacerle compañía, y aunque no le salía nada, a ella le daba igual.
Se había adueñado por completo de Melissa, y Ares pasó a un segundo plano.
Intentando ahogar de algún modo su tristeza, dejó la lucha y decidió dedicarse a un deporte radicalmente distinto.
Se apuntó a acrobacia. Al principio fue muy duro, nada que ver con lo que hacía antes.
Le dolía todo el cuerpo y no le salía nada.
La acrobacia resultó ser justo lo que Ares necesitaba en aquel momento.
Se empeñó con tenacidad en tener éxito y volcó todas sus fuerzas en el deporte.
Ares casi no veía a Melissa. La herida de su corazón cicatrizaba, pero en el lugar de la cicatriz ya no podía revivir nada.
Era solo tejido muerto. La costumbre de vigilar a Melly se le había quedado: aguzaba el oído si se hablaba de ella, podía reconocerla sin fallar entre la multitud.
Eso sí, a su lado siempre estaba la odiada Lena, y Ares fruncía el ceño con asco al mirarla.
La frágil y delicada Melissa sencillamente se perdía junto a aquella chica simplona y algo basta.
Así comprendió Ares que, para adueñarse del corazón y de la atención de alguien, no basta con amar. Hace falta algo más, otros estímulos. Una relación no puede construirse solo sobre el amor. ¿Qué más hace falta? ¿Qué más?
Su mente infantil no podía responder a esas preguntas, y no tenía a quién pedir consejo.