7. El héroe #2
Intentó lanzarse hacia el dormitorio, pero las firmes manos de tía Mary la sujetaron.
—¿Qué mamá? ¿Qué cosas dices?
Pero la pequeña gritaba e intentaba soltarse, sin decir nada que tuviera sentido.
—La foto de su madre está en la mesita de noche —recordó Melissa.
Los demás consideraban afortunada a aquella niña pequeña.
Había conocido a su mamá, y hasta tenía una foto.
Tenía un pasado, algo de lo que muchos estaban privados.
Y ahora ese pasado podía desaparecer en la nada, como el pasado de los demás niños.
Todos miraban desconcertados a la niña, incapaces de cambiar nada.
El impulso de ayudar solo podía tenerlo Melissa, pero no podía desobedecer ni ir en contra de una orden directa del educador, así que se limitó a levantar las manos, impotente.
—¿Dónde está la foto? —Era Ares. Se había acercado hasta pegarse a Melissa.
Ella miró al niño desconcertada, sin entender quién era ni qué quería de ella.
—¿Dónde está la foto? —precisó Ares.
—En la tercera mesita de la derecha —respondió Melissa.
Sin decir una palabra más, Ares se dirigió con decisión al centro del incendio.
—¡Ares Cold, detente ahora mismo! —gritó el señor Brooks, sabiendo de sobra lo inútiles que eran sus gritos. Más que detener a Cold, podían azuzarlo. Aun así, no le quedaba más remedio que seguir gritándole al desobediente Ares:
—¡Detente ahora mismo, es peligroso, te vas a ganar un castigo…! —y así sucesivamente.
Una vez dentro del lugar en llamas, Ares ya no lo oía de todas formas, porque el fuego hacía bastante ruido, y toda su atención estaba puesta en cómo esquivarlo.
Atravesó corriendo el primer dormitorio: allí las llamas apenas empezaban.
Arrancó la colcha de una de las camas y se envolvió en ella.
El cuarto de los educadores ardía con un fuego anaranjado y vivo, de una belleza hipnótica.
Ares nunca había visto nada igual. Sabía, por supuesto, que el fuego hace daño, pero no era muy consciente del peligro.
Lo que sabía del mundo no le bastaba para calibrar del todo la amenaza.
La manta se la había echado encima por pura intuición, fiándose de instintos antiguos.
Embelesado con el fuego, distinguió huecos en algunos sitios adonde las llamas aún no habían llegado y se abrió paso hábilmente por ellos.
La manta empezó a humear, el humo le entró en los pulmones y Ares se puso a toser, pero siguió adelante con obstinación.
En el segundo dormitorio el fuego no era tan fuerte como podía parecer al principio, e incluso a través del humo Ares vio sin dificultad la mesita y la foto encima.
Fue sencillo, porque allí había una sola foto.
Miró a su alrededor y no encontró nada más que valiera la pena salvar.
Pero se quedó quieto un instante más, intentando adivinar cuál era la cama de Melissa.
A través de la cortina de humo todo parecía igual, así que Ares se apresuró a salir.
Toda su expedición duró como mucho tres minutos.
Los chicos aplaudieron cuando Ares asomó por el vano de la puerta con aire de vencedor, quitándose la manta humeante y agitando la foto.
El señor Brooks se abalanzó sobre el insoportable niño, lo zarandeó por los hombros y le gritó algo a la cara.
Luego se dio cuenta de que se estaba comportando de forma impropia, se dominó y soltó al niño.
Le entregaron la foto a la niña, y ella, entre sollozos, la apretó contra el pecho.
Ares estaba muy orgulloso de sí mismo. No lo había hecho en absoluto por aquella niña a la que no conocía, sino por Melissa, que ahora sí que se acordaría de él.
La buscó con la mirada, y en sus ojos Ares no vio alegría, sino desconcierto. Cuando los niños bajaban todos juntos la escalera hacia el patio, ella, que se había quedado a su lado, le preguntó:
—¿Cómo has podido desobedecer? Eso no se hace.
Ares enrojeció. «Vaya héroe», pensó. No supo qué responder y se quedó callado, enfurruñado.
En la cabeza se le agolpaban ideas y respuestas posibles, pero todas le parecían inadecuadas.
Llevaba dos años soñando con llamar la atención de Melissa, y por fin lo había conseguido.
¿Y qué? Ella no había valorado su esfuerzo.
¿Quizás no eran tan parecidos? ¿Qué iba a recordar ahora aquella niña?
La idea de que había hecho una buena obra ni siquiera se le pasó por la cabeza.
No tenía la menor importancia. Las buenas obras eran cosa de Melissa; él solo quería su atención.
Los niños salieron en tropel al patio, ya del todo despiertos.
Era verano, y en sus pijamas ligeros estaban bastante a gusto.
Los mayores contemplaban admirados las llamas que salían por la ventana: al fin y al cabo, era una aventura.
Por lo menos algo distinto, ya que su vida estaba prácticamente privada de diversiones.
Los pequeños ya no lloraban; solo se frotaban los ojos, adormilados.
Cuando llegó el camión de bomberos, empezó la fiesta.
Todos alborotaban, intentaban acercarse para ver mejor a los bomberos.
El señor Brooks y tía Mary no paraban, intentando reunir a los niños en un solo sitio, pero ellos se dispersaban de todos modos.
El incendio se apagó bastante rápido; el fuego no tuvo tiempo de causar daños importantes en el edificio.
El cuarto de las educadoras y los dormitorios de las niñas quedaron, por supuesto, destrozados, pero nada más sufrió daños.
Tía Mary se santiguaba y elevaba oraciones al cielo, dando gracias a Dios porque todos los niños estaban sanos y salvos.
Los bomberos informaron de que al día siguiente vendría un inspector para investigar y determinar la causa del incendio, pero a Meredith eso no le preocupaba en absoluto.
Cosas así no podían hacer perder el equilibrio a la anciana.
Lo importante era que los niños estaban bien.
Y ni se le pasaba por la cabeza que pudiera perder su trabajo.
Era sencillamente imposible. ¿Acaso no había dedicado veinte años de su vida al orfanato?
Ares estaba aparte, sombrío. No le interesaban ni el camión de bomberos ni los hombres de uniforme; estaba absorto en sus pensamientos.
De pronto sintió que alguien le tocaba la mano.
Al levantar la vista, vio a Melissa. Se había acercado sin que él lo notara y le había tomado la mano.
Llevaba un largo camisón blanco, la luz de la luna de verano le doraba el pelo, y a Ares le pareció la criatura más hermosa del mundo.
Él contemplaba fascinado aquel milagro. Y Melissa le apretó la mano con fuerza y le dijo:
—Eres nuestro héroe. Ayudaste a la pequeña Katie. Gracias.
Y, poniéndose de puntillas, le dio un beso en la mejilla.
Así de sencillo, sin ningún artificio, se pueden conquistar los corazones.