6. Medidas educativas
En el orfanato procuraban mantener a los niños ocupados todo el tiempo; su día estaba reglamentado al detalle.
Y aunque los psicólogos no lo aprobaban, no había otra forma de lograr disciplina.
Ese orden era un gran problema, porque los niños que crecían en esas condiciones se adaptaban muy mal a la vida.
Les parecía que alguien tenía que decidirlo todo por ellos; tomar una decisión por su cuenta, aunque fuera una nimiedad, les provocaba tensión nerviosa.
Sin la vigilancia constante de los adultos, esas personas quedaban expuestas a cualquier influencia del momento.
Por eso, entre los antiguos niños de los orfanatos hay tantos alcohólicos, drogadictos y delincuentes.
Cuando los niños crecían, intentaban darles libertad de elección, se fomentaba la iniciativa, pero todo eso daba pocos resultados.
Con Ares Cold las cosas eran distintas. Aquel niño mostró una individualidad marcada desde el primer día de su estancia en el orfanato.
Y aunque se había resignado a estar allí, no tenía la menor intención de acostumbrarse a las normas de la casa.
Su comportamiento sacaba de sus casillas a los dos educadores varones encargados de los niños.
Las mujeres no podían en absoluto con él y a menudo se retiraban llorando a sus cuartos.
Sus lágrimas no despertaban en Ares ninguna compasión; las observaba como un niño curioso examina una mariposa clavada con un alfiler.
Su rostro inteligente, de fríos ojos grises, contemplaba impasible un fenómeno tan inesperado como las lágrimas de los adultos.
Las lágrimas de los niños tampoco despertaban en él compasión. Más bien lo enfurecían.
Ares no quería hacer lo que le decían. No quería hacer la cama, no quería remover la tierra del jardín con los demás y solo comía lo que le gustaba.
El primer día de clase, Ares simplemente se levantó y se fue del aula.
La maestra intentó alcanzarlo y hacerlo volver, pero él no hizo caso de sus llamadas.
Ella telefoneó a los educadores, y pusieron toda la escuela patas arriba buscando a Ares.
Lo encontraron en el desván (cómo había llegado hasta allí seguía siendo un misterio).
Simplemente estaba sentado allí, solo, mirando las palomas.
—El niño necesita su espacio vital —explicó el psicólogo.
A Ares lo agobiaba la vigilancia constante de los adultos.
Compartía la habitación con otros cinco niños.
Le tenían cierto miedo, así que lo observaban todo el tiempo de reojo.
Sentía las miradas de sus compañeros incluso a su espalda, y le daban ganas de machacar a aquellos espías.
Nada de eso contribuía al equilibrio del niño; solo lo enfurecía más y sembraba confusión en su frágil psique infantil.
Cuando la directora le preguntó por qué se había ido de clase, Ares respondió que no soportaba tener veinte pares de ojos vigilándolo a la vez.
La directora reconoció para sus adentros que, como era nuevo, probablemente lo habían estado mirando de verdad, así que no aplicó ninguna medida disciplinaria.
Intentó explicarle a Ares que necesitaba estudiar y que, estuviera donde estuviera, tendría que ir a la escuela igualmente.
Ares escuchó sus argumentos en silencio y aceptó ir a clase.
Lo sentaron en el último pupitre, desde donde él mismo podía observar a sus compañeros, y procuraban no mirar sin necesidad al niño problemático.
Lo que no le faltaba a Ares era individualidad.
Más bien le sobraba. La vida reglamentada del orfanato le repugnaba tanto que procuraba llevar la contraria en todo.
Cuando había que acostarse, Ares se escapaba y se escondía.
En cambio, los fines de semana, cuando se podía dormir más, aquel chiquillo se levantaba el primero y se dedicaba a lo que quería.
No hacía los deberes que le ponían en la escuela; parecía que ninguna asignatura le interesaba, y sin embargo aprobaba los exámenes y las pruebas sorprendentemente bien, casi sin errores.
La directora Jonas pidió en persona a los educadores y a los maestros que tuvieran más atención y paciencia con aquel niño.
Delante de ella, todos le prometían que pondrían todo su empeño; pero en realidad Ares les provocaba a todos, si no odio, una antipatía firme.
Destrozaba todas las ideas de los pedagogos sobre el proceso educativo, acababa con su autoridad ante los otros niños, y en cualquier momento estos podían seguir su ejemplo.
Por ahora, lo único que los salvaba era que Ares, al fin y al cabo, era un niño de siete años, y sus compañeros de su edad tampoco lo querían mucho.
Ahora a los pequeños su comportamiento les parecía inaceptable, pero en la adolescencia podrían elegir como líder a aquel gamberro, y entonces se convertiría en un gran problema para el orfanato.
Sobre todo si llegaban niños que no se habían criado allí desde pequeños, sino chicos mayores.
Los pedagogos no se atrevían a decírselo a la directora Jonas, porque habría sido como reconocer su propia incompetencia.
Por eso Ares escapaba cada vez más a su control. Era un círculo vicioso.
Un día, los chicos mayores se decidieron por fin a darle una lección al arrogante Ares.
No era tanto que les molestara lo que hacía como que querían quedar bien ante el educador y ganarse su elogio.
Se colaron de noche en el cuarto donde dormía Ares, le echaron encima una colcha y lo envolvieron como a un bebé.
A pesar de tanta bravuconería, todos tenían miedo, y con las manos temblorosas le asestaban golpe tras golpe.
Por el miedo, los golpes no eran muy fuertes, pero se notaban.
Ares no dijo nada, y cuando terminó el castigo, se arrastró a gatas hasta el cuarto del educador y alborotó todo el orfanato.
Su comportamiento dejó atónito a todo el personal.
Situaciones así se daban de vez en cuando, no se podía hacer nada contra ellas, y en secreto todos soñaban con que alguien le diera por fin una lección a Ares.
Pero ningún niño se había comportado antes como Ares.
Tras su ración de golpes, los niños callaban y no confesaban nada, respetando un absurdo código de honor.
Ares, en cambio, contó con todo detalle cómo se había acostado, cómo habían llegado sus verdugos del cuarto de los mayores y cómo le habían pegado.
Nada de cuentos de que se había caído por la escalera.
Nadie podía poner en duda sus palabras, porque las pruebas estaban a la vista.
Además, exigió que todos los culpables fueran castigados y le pidieran perdón en público.
Fuera lo que fuera lo que pretendían los mayores, obtuvieron justo el efecto contrario.
Los humillados fueron ellos, porque la directora Jonas los obligó de verdad a pedir perdón.
Encima, los dejaron un mes entero sin salidas recreativas a la ciudad.
Ningún educador había visto nunca un giro así.
Ares no se las dio de vencedor; miraba con indiferencia a sus verdugos, como a gusanos.
Como nadie, por supuesto, apoyó a los chicos, y en los ojos del educador vieron desaprobación, se sentían como perros apaleados, y después de aquello evitaban a Ares.
Aquel incidente hizo que Ares se interesara por la lucha, y se apuntó a las clases que había en la escuela, abiertas a todo el que quisiera.
Por extraño que parezca, allí se comportaba con disciplina, seguía todas las indicaciones del entrenador, y este no cabía en sí de gozo con semejante adquisición.
Pensaba que el niño tenía un talento evidente: era tozudo, paciente y perseverante.
Practicaba sin descanso cada llave que aprendía.
Como Ares era grande y fuerte por naturaleza, el entrenador tenía puestas muchas esperanzas en su alumno y soñaba con descubrir una estrella.
Llegaron a tener una relación de mucha confianza, y el entrenador se sorprendía cuando le decían que Ares era incontrolable y desobediente.
Por supuesto, decidió para sus adentros que lo principal era su talento como profesor, que el respeto de un niño hay que saber ganárselo y que a él se le daba de maravilla.
Y si Ares no hacía caso a los educadores, la culpa sería de ellos.
Ni se le pasaba por la cabeza que un niño de siete años pudiera simplemente utilizarlo para sus propios fines.
Fuera como fuera, Ares estaba firmemente decidido a sacarle a las clases de lucha todo el provecho posible.
Aquellas clases le sentaban bien, lo ayudaban a descargar toda la energía negativa que se le acumulaba en el alma.
Los educadores notaron que Ares estaba más tranquilo desde que había empezado a ir a los entrenamientos, y lo tomaron como una bendición.
La mayor parte de sus fuerzas se le iba en la escuela y en la lucha, así que no se veían arrebatos de agresividad.
En las clases les enseñaban a controlar las emociones para no revelar al enemigo sus intenciones, y a Ares esa habilidad le encantó.
Se esforzaba al máximo y cada día obtenía mejores resultados.
Los niños recibían una educación completa, les enseñaban muchas cosas; solo que nadie les enseñaba a amar. Aprender a amar solo es posible observando las relaciones de los seres queridos, y casi todos ellos estaban privados de eso.