Nadie Escapa a su Destino 5. El orfanato San Patricio
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5. El orfanato San Patricio

El orfanato donde habían ido a parar Melissa y Ares se había fundado en el siglo XVIII, junto a una iglesia católica.

En aquellos tiempos, muchos niños desgraciados encontraron la salvación entre sus muros.

Al principio vivían todos amontonados en un pequeño edificio ruinoso al lado de la iglesia.

Aquel edificio podía acoger hasta cien necesitados.

Los muros del orfanato vieron mucho, sobre todo lo que suele acompañar a lugares así: pena, lágrimas, cansancio y miedo.

Con el tiempo, no lejos de la iglesia, construyeron un edificio nuevo, y el orfanato se trasladó allí.

Aquella construcción gris y sencilla no tenía ningún carácter.

Aunque estaba allí desde mediados del siglo XIX, no había fantasmas, nadie desaparecía, no pasaba nada misterioso.

Nada sobre lo que los niños pudieran cuchichear por la noche antes de dormir.

Si algo pasaba en aquella casa, eran cosas puramente domésticas y corrientes; casi siempre, los niños que llegaban allí habían visto en su vida cosas cien veces más terribles.

La casa tenía dos plantas y forma rectangular.

Todo su aspecto exterior decía lo triste que era vivir allí: paredes grises, ventanas blancas.

Una pequeña escalinata llevaba a una puerta igual de gris.

Y aunque el edificio, y también las ventanas y las puertas, se enlucían y se pintaban cada año, su aspecto no cambiaba en nada.

Era parte de la política de la directora, que pensaba que a nadie se le debía pasar por la cabeza que en el orfanato uno pudiera divertirse ni que la vida allí fuera fácil.

El edificio debía hablar de la desgracia que había caído sobre los niños, del deseo de una suerte mejor; debía despertar compasión y ganas de sacar de allí a los niños y darles una casa pintada de rosa, un patio con columpios y un césped verde con patitos en la hierba.

Pero por dentro el edificio no era nada triste: las habitaciones eran luminosas y alegres, como deben ser, con muebles de colores, papel tapiz con sus personajes favoritos, cortinas y colchas de colores vivos.

Detrás del edificio había un patio acogedor con césped y flores que cultivaban los propios niños.

También tenían su huertecito, donde plantaban verduras y luego se comían felices la cosecha directamente de los surcos.

Era una de las maneras de acostumbrarlos al trabajo, y a casi todos los niños les gustaba la jardinería.

El edificio del orfanato estaba dividido, por así decirlo, en dos mitades.

En una estaban las oficinas, el despacho de la directora, las salas de juegos y las aulas, el salón de actos y los cuartos de servicio.

En la otra vivían los niños. La zona de los dormitorios estaba en la segunda planta y la dividía en dos un pequeño vestíbulo.

A la derecha del vestíbulo vivían las niñas; a la izquierda, los niños.

Tanto las niñas como los niños tenían dos dormitorios grandes cada uno.

Los niños se instalaban como querían; no había restricciones estrictas.

Sin embargo, lo más habitual era que los mayores vivieran aparte y no dejaran entrar a los pequeños.

Tenían sus propios secretos, y llegar cuanto antes al dormitorio de los mayores era el sueño de todos los pequeños.

Para ellos significaba una especie de etapa de transición, hacerse mayor: desde aquella habitación, la universidad y la vida adulta estaban a un paso.

Además, entre los dormitorios había unos cuartitos para los educadores, que debían vigilar a los niños las veinticuatro horas.

En aquel momento, el orfanato albergaba a treinta y cuatro niños.

Dieciséis niñas y dieciocho niños de entre tres y dieciséis años.

A la mayoría de los niños que llegaban al orfanato se les intentaba encontrar una familia de acogida, y si no se lograba, se quedaban allí hasta que podían encontrar trabajo o entrar en la universidad.

Entonces el vínculo entre los muchachos y el orfanato debería haberse cortado, pero muchos, incluso después de la universidad, volvían a la casa que los había criado.

Algunos llegaban a ocupar puestos realmente importantes en la sociedad y ayudaban a la casa de todas las formas posibles.

San Patricio no pasaba apuros económicos, quizá también porque había tenido suerte con su dirección.

La directora, Mae Jonas, había dedicado su vida a las instituciones sociales y llevaba ya veinticinco años trabajando en ese ámbito.

Se había convertido en directora del orfanato ocho años atrás y no se veía en ningún otro papel.

Consideraba que había alcanzado la cima de su carrera, y estaba conforme con todo.

No quería perder ese puesto, llevaba los asuntos con total transparencia y ella misma era limpia como un cristal lavado por el océano.

Mae Jonas tenía familia: marido y dos hijos, así que no se ocupaba de niños ajenos, ni mucho menos, por no haberse realizado como madre.

Pero cierto sentimiento de culpa, que se le había instalado en el alma ya de joven, la había llevado a dedicar su vida a los que sufrían.

Por supuesto, la señora Jonas no estaba dispuesta a dar hasta la camisa ni a privar a sus propios hijos de una universidad prestigiosa, pero solo el hecho de que no se quedara con los donativos ponía junto a su nombre un gran signo de exclamación.

Siempre procuraba obtener toda la información posible sobre cada niño nuevo, para saber qué esperar de él y de sus parientes.

Era una mujer curiosa, siempre dispuesta a experimentar y probar, a introducir nuevos métodos en la educación de los niños y a adoptar lo que a otros les había dado buen resultado.

Gracias a eso tenían en plantilla a un psicólogo excelente que procuraba que los niños se desarrollaran en todos los aspectos.

Fue precisamente él quien aconsejó inscribir a los niños en una escuela normal.

Allí sus horizontes se ampliaban notablemente, y los niños podían hacer amistad con sus compañeros de clase.

A menudo los llevaban de excursión o simplemente a pasear por el parque, y podían ir a distintos talleres y actividades deportivas.

Por supuesto, también los iniciaban en la religión: clases especiales en las que les hablaban de Dios y de su reino, les enseñaban la Biblia y les hacían aprenderse salmos de memoria.

En general, el orfanato San Patricio se convertía en un hogar para muchos niños, y más tarde sus antiguos alumnos recordaban sus muros con cariño.

La mayoría de los niños no se quedaban mucho tiempo, pero los que se quedaban hasta el final querían al orfanato como a su propia casa.

Ya de adultos, volvían más de una vez para recorrer sus pasillos, contemplar el jardincito desde las ventanas, respirar la atmósfera de paz que reinaba allí.

¿Quizás la casa estaba en el cruce de unas líneas de energía que creaban esa atmósfera tranquila, quién sabe?

Porque no se debía al personal, que había cambiado muchas veces a lo largo de los años, ni a las reformas, ni a los propios habitantes.

Simplemente estaba allí, como algo eterno e inquebrantable, ajeno a las modas y a los cataclismos.

Hay edificios terribles, con mala atmósfera y mala aura, que asustan con solo verlos.

Pero en el mundo todo tiende a la armonía, y frente a ellos existen también otros como el orfanato San Patricio: limpios, luminosos, que encarnan el Hogar, en el sentido más amplio de la palabra.