Nadie Escapa a su Destino 3. Ares
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3. Ares

No hubo ninguna metamorfosis milagrosa, y a Ares Cold le costaba adaptarse al orfanato.

Como muchos otros niños, había perdido a sus padres antes de cumplir los tres años, y su tío había obtenido la tutela.

Los hombres de la familia de Ares eran corpulentos, y al niño pequeño aquel desconocido le parecía una montaña.

Apenas entendía lo que pasaba ni por qué se iba con su tío, y a este ni se le ocurrió explicarle nada.

La casucha de las afueras de la ciudad donde vivía el tío no tenía prácticamente comodidades: ni sábanas, ni cortinas en las ventanas, y mucho menos un cuarto para niños o juguetes.

Al principio el tío no le hacía ningún caso, y el niño se procuraba la comida por su cuenta desde que averiguó dónde estaba el refrigerador.

Le tenía tanto miedo a aquel extraño que no se atrevía ni a chistar, y cuando el tío dormía y hacía temblar la casa con sus ronquidos, Ares se metía debajo de la cama.

Le parecía que de un momento a otro su tío se convertiría en un monstruo y se lo comería.

De día, el tío se iba a alguna parte y dejaba al niño encerrado, y solo volvía por la noche, para beberse unas cervezas y acostarse.

No intentaba hablar con Ares ni comprarle ropa o dulces.

Una vez Ares se armó de valor y le pidió a su tío que lo llevara a algún sitio, solo para salir de casa, aunque fuera a los columpios o a un parque cualquiera.

En respuesta, el hombretón enarcó con asombro una ceja espesa y soltó un sonido que no se sabía si era un gruñido o un trueno.

Aterrado, Ares huyó al cuartucho que le servía de habitación.

Allí se acurrucó en la cama y rezó para que su tío no fuera tras él.

Pero, por lo visto, el tío no tenía la menor intención: al cabo de un rato, sus potentes ronquidos sacudieron el aire.

Así vivían. Su tío no era exactamente malo; sencillamente no entendía para qué servían los niños ni qué necesitaban.

Tenía sus propios problemas, y muchos: estaba sin trabajo y sufría una enfermedad grave que le consumía el cuerpo.

Cuando le propusieron la tutela de su sobrino, al que nunca había visto (llevaba diez años sin hablarse con su hermano), aceptó.

Le dijeron que recibiría una buena ayuda por el niño, y el tío lo tomó como la respuesta de Dios a sus plegarias por dinero.

El hombre cobraba la ayuda sin el menor remordimiento y se la gastaba en sí mismo, sin pensar ni un segundo en las necesidades del niño.

Si le hubieran dicho que con ese dinero tenía que comprarle juguetes, ropa y libros y llevarlo al zoológico, se habría sorprendido mucho y habría renunciado a semejante tutela.

Pero nadie le dijo nada parecido, y así vivieron casi un año.

Ares sufrió un fuerte retraso en su desarrollo.

Cuando llegó a casa de su tío, hablaba bien, pero en un año casi lo olvidó del todo.

Apenas tenía una vaga idea de que existían otros niños ni de cómo se relacionaban las personas entre sí.

Parecía un animalito que alguien hubiera traído a casa para entretenerse y luego hubiera olvidado, y que desde entonces tenía que cuidarse solo.

Ares deambulaba casi todo el día por la casa, echando de vez en cuando un vistazo al refrigerador, en el que nunca había nada más que salchichas y cerveza.

Aprendió a abrir las cervezas fijándose en cómo lo hacía su tío, y no veía nada raro en aquella bebida.

Al principio le parecía un poco amarga, pero se acostumbró enseguida, y le gustaba imitar a su tío. De todos modos, no conocía otra cosa.

A veces el tío lo llamaba con un gesto del dedo, lo abrazaba y se quedaba dormido, aplastando al niño con su pesado brazo.

Ares podía pasarse horas así, en una postura incómoda, con miedo de moverse y de salir de debajo de su brazo, escuchando aquellos ronquidos atronadores.

Pero al mismo tiempo lo disfrutaba, porque, al fin y al cabo, era una forma de atención.

Una mañana, Ares salió del cuartucho para buscar algo en el refrigerador.

Normalmente, a esa hora su tío ya no estaba.

Se iba temprano y volvía muy tarde. Pero aquella mañana vio a su tío tumbado en la cama.

Ares se asustó y quiso volver a su cuarto, pero el hambre pudo más y el niño fue hasta el refrigerador.

Luego siguió deambulando por la casa y haciendo lo de siempre, pero su tío no se despertó.

Ni ese día ni el siguiente. Así pasó Ares casi una semana junto a un cadáver.

Despedía un olor horrible, y Ares no entendía por qué su tío dormía tanto y no se movía.

Simplemente empezó a evitarlo; por lo demás, nada había cambiado.

Eso sí, la cerveza y las salchichas se acabaron, y el niño empezó a comerse todo lo que todavía podía encontrarse en la cocina: fideos secos, pan duro, cacahuetes salados y galletas saladas en las que hacía tiempo que vivía la polilla.

Y luego ocurrió algo extraño. Llamaron a la puerta. Fuerte e insistentemente.

—¿Señor Cold? —se oyó una voz de hombre detrás de la puerta—. Señor Cold, ¿se encuentra bien? Si está en casa, abra, por favor.

Ares se escondió en su cuarto, aterrado por aquellos ruidos. Luego cesaron, pero al día siguiente volvieron. A ellos se sumaron otras voces, y después se oyó un zumbido: estaban forzando la cerradura.

Por supuesto, el pequeño Ares no entendía lo que estaba pasando, y en su interior reinaba tal confusión que poco le faltó para volverse loco. La puerta se abrió, en el umbral se perfilaron unas figuras, y Ares perdió el conocimiento.

Lo que vieron los recién llegados los sumió en un horror no menor, y si hubiera habido mujeres entre ellos, quizás alguna se habría desmayado también.

En medio de una habitación sucia y llena de trastos había un sofá, y en él yacía un cadáver en descomposición.

El olor era tal que uno de ellos salió corriendo a vomitar.

Sin duda, en el sofá yacía el difunto señor Cold, y en un rincón estaba sentado un niño pequeño, en un estado avanzado de desnutrición, flaco como si saliera de un campo de concentración, sucio como un gato de basurero, con el pelo hasta los hombros, que nunca había conocido un peine.

Cuando ingresó en el hospital, los médicos certificaron una desnutrición extrema.

Según los papeles, el niño tenía cuatro años, pero pesaba menos que a los tres.

No hablaba y parecía no entender lo que le decían.

Además, por la luz fuerte y las voces altas, se escondía todo el tiempo debajo de la cama o en el armario.

Un caso muy difícil, y quedaba mucho trabajo por delante.

El estómago del niño no toleraba ningún alimento, y, para colmo, era alcohólico.

Al cabo de medio año recuperó el habla, pero su psique había sufrido graves alteraciones.

Cuando su estado físico se normalizó, enviaron al niño a un orfanato especial, pero allí, entre tantos niños como él, Ares se perdió.

No sabía cómo tratar con ellos, y todo contacto acababa en agresión.

Acostumbrado a vivir solo, defendía con fiereza su espacio vital y no dejaba que nadie se le acercara.

Con las cosas, en cambio, no tenía esa actitud, y tomaba lo que quería.

Los niños se deshacían en lágrimas cuando Ares les quitaba su juguete favorito o un caramelo, y por más que los adultos le explicaran que eso no se hacía, él no entendía por qué.

Los psicólogos del orfanato hicieron con él un trabajo largo y difícil, y el resto del personal también intentó enseñarle todo lo que no sabía: lavarse, cepillarse los dientes, guardar las cosas en su sitio, jugar con distintos juguetes.

Tratar con otros niños. Pero faltaba personal, y en el orfanato había muchos niños con sus propios problemas, así que no podían dedicarle suficiente atención al difícil y agresivo Ares.

Pasó medio año en el orfanato especial, y luego lo trasladaron a un hogar infantil, donde se convirtió en candidato a la adopción.

Una familia numerosa lo acogió, pero no pudo con él.

Alteraba de tal manera las costumbres asentadas de la familia que cada día hacía llorar a la madre de acogida.

La mujer, de carácter blando, no era capaz de controlarlo, y el castigo habitual en aquella familia, que consistía en encerrar al culpable solo en una habitación para que pensara en su comportamiento, no surtió ningún efecto en Ares.

Podía pasarse horas sentado en la habitación y luego hacía lo que le daba la gana.

Devolvieron al niño, y así empezó el peregrinaje de Ares por distintas familias de acogida.

Muchos, al oír su espantosa historia, querían ayudar y se llevaban a casa al niño difícil.

Pero nadie logró nunca hacerse con él, y lo devolvían.

Eso enfurecía aún más a Ares, que empezó a odiar a todas las familias de acogida y a todos los niños que se quedaban allí, mientras a él lo devolvían como un trasto inservible.

Una profunda aversión a todo lo que lo rodeaba se instaló en el alma de Ares: el mundo le parecía hostil y malo, poco dispuesto a aceptarlo.

Así fue como llegó al orfanato San Patricio, adonde enviaban sobre todo a niños rechazados, a los que ya nadie quería llevarse por sus enfermedades o sus problemas físicos o psíquicos.

Y la única que logró hacerse con él fue la pequeña Melissa, que, en los tres años de tribulaciones del niño, hizo lo que a nadie se le había ocurrido: le dio cariño y lo quiso. Para él, ella se convirtió en alguien tan ajeno a este mundo malo como él mismo.