2. Yo aquí no me quedo
Melissa se adaptó a su nuevo hogar bastante rápido.
Nunca tenía caprichos ni lloraba, y como no hablaba, tampoco discutía.
Si alguno de los niños quería su juguete, se lo daba en silencio, no se quejaba y sonreía.
A pesar de su carácter callado, los niños no se metían con ella; al contrario, procuraban alegrarla con algo.
El orfanato San Patricio era pequeño, y en él vivían niños de distintas edades, sobre todo aquellos a los que no se había logrado encontrar una familia de acogida.
Melissa habría sido una candidata perfecta para la adopción —no se enfermaba y era muy dulce—, pero no hablaba, y eso echaba para atrás a los posibles padres adoptivos.
Nadie sabía hasta qué punto tenía el alma herida ni lo que pasaba dentro de ella.
Si la hubieran visto en la vida diaria, a nadie le habría cabido duda de que no había niña mejor.
Siempre se apresuraba a ayudar a todo el mundo.
Si los niños dejaban los juguetes tirados en la sala de juegos, mientras ellos discutían quién había sido, Melissa iba a recogerlos.
En el comedor ayudaba a poner la mesa. El personal conocía sus ganas de ayudar y le daba tareas sencillas: repartir las cucharas o el pan, colocar las servilletas, traer una sillita.
Parecía que necesitaba ese trabajo, y nadie era capaz de decirle que no.
En clase, en cambio, Melissa no destacaba en nada: se quedaba sentada en silencio, como quien cumple un castigo.
No había manera de que hiciera ni las tareas más sencillas.
Aun así, a los educadores no se les pasaba por la cabeza que la niña tuviera algún retraso; sencillamente, todavía no le había llegado su momento.
En el año que llevaba en el orfanato no se había interesado ni por el canto ni por el baile, no participaba en los juegos movidos de los demás niños, pero le encantaba mirar cómo corrían a su alrededor, y sonreía feliz.
En verano, al aire libre, los niños le traían flores recogidas en el prado, y ella intentaba trenzar coronitas.
Todos los tesoros que encontraban, estuvieran donde estuvieran, se los llevaban a Melissa, sabiendo que con ella estarían a salvo.
Los educadores sentían por la niña emociones encontradas.
Por un lado, temían la responsabilidad que suponía, temían su silencio, y les habría gustado quitarse ese peso de encima; por otro, no había niña más callada ni que diera menos problemas, y a todos les daban ganas de mimarla.
Por supuesto, el personal no se permitía tomarles cariño: se había impuesto de una vez por todas una regla: tratar a los niños como un trabajo.
Porque ni el alma más generosa alcanza para todos.
Los niños llegaban y se iban, y encariñarse con ellos habría sido una tontería.
Ningún educador habría aguantado mucho en ese trabajo si se encariñaba con ellos y los perdía una y otra vez.
Además, los niños tenían la costumbre de meterse en líos, hacer daño, escaparse, pelearse, y muchos sencillamente odiaban al mundo entero.
Fue precisamente un chico así el que vio Melissa aquella mañana.
Iba por el pasillo con una misión importante: llevarle a la directora un té caliente sin derramarlo.
A ningún otro niño de su edad le habrían confiado algo así, pero Melissa se había ganado esa confianza y lo sabía muy bien.
Cuando llegó sana y salva a la puerta del despacho, dejó con cuidado la bandeja en el suelo y abrió la puerta.
Del despacho le llegaron gritos, y Melissa se detuvo, indecisa.
Tenía mucho miedo: gritar está mal. Pero luego pensó que, de todos modos, tenía que llevar el té y, venciendo el miedo, avanzó despacio, sujetando la bandeja con sus manitas temblorosas.
Al adentrarse en el despacho vio a un niño de unos seis años al que un educador sujetaba del brazo.
El niño intentaba con todas sus fuerzas soltarse y gritaba:
—¡Yo aquí no me quedo! ¿Me oyen? ¡Ni loco! ¡Desgraciados, suéltenme!
El educador sujetaba con fuerza al niño, y la directora seguía sentada a su escritorio con cara de piedra.
—¡Los odio a todos! ¡Suéltenme! —El niño dio un tirón tan fuerte que logró librarse de la mano firme del educador; por el impulso retrocedió y chocó con Melissa.
Fue a dar justo contra el té caliente, que se le derramó encima, sobre todo en el brazo desnudo.
La taza cayó, pero no se rompió, y Melissa se quedó mirando la alfombra, asustada.
En su cabeza solo daba vueltas un pensamiento: no había cumplido su misión, y ya no volverían a confiar en ella.
Levantó despacio los ojos hacia el niño y vio lágrimas en los suyos.
El agua hirviendo había hecho su efecto, y al niño ya le había salido una ampolla en el brazo.
Aguantaba con todas sus fuerzas para no llorar, pero las lágrimas le corrían solas.
Al ver su dolor, Melissa le tendió la manita y dijo:
—¿Te duele?
Le tomó la otra mano y se la acarició suavemente con los deditos, intentando consolarlo.
Esa pequeña caricia le cambió al niño la vida entera.
Sintió en aquel momento algo que no había sentido nunca: cariño, cuidado.
Ni siquiera sospechaba que algo así pudiera existir.
Se le puso la piel de gallina y se olvidó de la quemadura, de la directora y de todo lo demás; solo existía la agradable sensación de la manita suave de Melissa.
Ella seguía acariciándolo, olvidada del té derramado, descubriendo por primera vez su vocación: consolar.
Por encima de las cabezas de los niños, la directora y el educador se miraron asombrados.
¡Melissa había hablado! Con normalidad, con todas las letras, como si hubiera hablado así toda la vida.
Claro que el niño no sabía que ella llevaba un año entero sin hablar, pero se había calmado bajo sus manos, no se apartaba y ya no gritaba.
Miraba fascinado su manita: los deditos pequeños, las uñas cortas y bien recortadas.
Los dedos recorrían su brazo despacio, suavemente, de arriba abajo, una y otra vez.
Él no se atrevía a apartar la vista de su mano, por miedo a que ella parara.
Pero aun así la miró a la cara. Melissa también lo miraba a los ojos, desde abajo, y por fin sus miradas se encontraron.
Dos niños solos que se necesitaban el uno al otro.
Melissa quería ayudar, y el niño ansiaba esa ayuda. La niña dijo con su vocecita dulce:
—Aquí se está muy bien: hay muchos juguetes y juegos divertidos. Y también hay un patio, con un arenero, y en verano muchas flores.
La directora comprendió que Melissa había asumido el papel de los adultos y repetía sus palabras. Pero lo que ella misma había intentado explicarle a ese chico, él no había querido ni oírlo, y en cambio las palabras de Melissa surtieron efecto.
—Bueno, me quedo —dijo.
—Muy bien. Vamos a apuntar tu nombre y tu apellido —dijo la directora, contenta. El educador permanecía callado a su lado, temiendo espantar al niño.
—Ares Cold.
El hombre se estremeció. «Vaya nombre —pensó—. Con este chico no nos van a faltar problemas».
—Muy bien, Ares. Yo soy la directora del orfanato, la señora Jonas. Este es tu educador, el señor Brooks.
Ares no dijo nada. Quería saber cómo se llamaba la niña, pero no se la presentaron.
Melissa seguía sosteniéndole la mano, y no necesitaba nada más en el mundo.
Pero el carácter indomable del chiquillo se impuso: Ares decidió dejar claro que la última palabra la tenía él y que no pensaba renunciar a su independencia.
Se apartó un paso de todos los presentes y se cruzó de brazos con orgullo.
—Señor Brooks, acompañe a los niños; yo tengo que hacer los papeles de Ares Cold.
La directora no tenía prejuicios respecto a los nombres de los niños, nunca les había dado importancia, pero el nombre de Ares Cold le provocó también a ella un estremecimiento por dentro.
¿Qué era aquello, un presentimiento o la intuición?
Ni ella misma lo supo, e intentó concentrarse en los documentos.