Nadie en especial Cincuenta y uno. Rose
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Cincuenta y uno. Rose

CINCUENTA Y UNO ROSE

Espero encontrar a William en la sala de espera del director, pero no hay nadie allí. Unos segundos después, él entra hecho una furia detrás de nosotras. Debe haber estado entre la multitud cuando hablé. Entonces no necesitaré ponerlo al tanto, excelente.

–Ah… William –digo alegremente mientras él se aproxima a nosotras, enfadado–. Aquí estás.

Se detiene a varios pasos de mí y estudia mi rostro sin poder creerlo.

–Rose, jamás… –Se va apagando, negando con la cabeza–… he estado tan decepcionado de ti.

Molly, Eleanor y Danni me rodean desde todos los costados, en un gesto protector. En cuanto a mí, suelto otra risa, una que se convierte en una carcajada.

–William –digo; la risa ahora es una de desprecio–, a decir verdad, jamás me ha importado en lo más mínimo lo que piensas de mí.

No espero que responda a eso y tampoco lo hace.

Honestamente, creo que está demasiado atónito como para pronunciar una palabra si así quisiera.

Sin decir nada, doy media vuelta y me llevo a las chicas de la sala.

Hay un acceso a las escaleras hacia el salón de baile desde un corredor cercano, así que nos apresuramos a bajarlas y entramos al salón.

Cerramos la puerta pesada haciendo el menor ruido posible.

–Tus padres van a asesinarte –chilla Molly tan pronto estamos a salvo, volteándose para verme de frente–. Existe ser impulsiva y después, existe eso.

–¿Realmente fue impulsivo? –pregunta Danni–. Ese discurso se sintió perfectamente preparado.

–¿Ustedes vieron a la reportera rubia que estaba adelante? –pregunta Eleanor, dejándose caer en una de las filas de asientos. Los mismos en los que solía sentarme mientras Danni ensayaba, cuando comenzamos a salir–. Pensé que iba a desmayarse cuando Rose dijo que es lesbiana.

–Yo no recuerdo nada –dice Molly, tomando asiento a su lado–. Creo que disocié.

–Ah, sí. Se quedó como “¿quéééé?”.

–¿Rose? –pregunta Danni. No está sentada, está revoloteando cerca del piano, observándome. Yo me acerco a las ventanas para espiar por las cortinas. La multitud reunida en los portones de la escuela ahora se ha incrementado. Me pregunto cuánto tiempo pasará hasta que se expanda la noticia.

Me doy cuenta de que, probablemente, ya se sepa. Puede que hasta la hayan filmado en vivo.

Ya no hay punto de retorno.

Sonrío con ganas y me volteo a ver a las demás.

–Eso se sintió increíble –exclamo.

Danni se relaja de forma visible, pero Molly todavía parece creer que me está dando un ataque de nervios.

–Sabes que esto puede tomar cualquier rumbo, ¿verdad? –pregunta–. Hay una oportunidad de que te permitan quedarte, pero la diócesis…

–¿Crees que podrían no querer coronar a una lesbiana? –pregunto, fingiendo horror–. ¿Por qué nadie me lo advirtió? Esto cambia todo.

Danni ríe y yo doy una vuelta para quedar frente a ella; luego la levanto en un abrazo.

–Ay, Dios mío. –Suelta una risita mientras la hago girar–. En verdad estás feliz.

Yo comienzo a reír otra vez. Molly ya no parece sospechar que estoy teniendo una crisis nerviosa. En cambio, ahora parece bastante segura de ello. La mira a Danni para buscar ayuda, pero ella parece embelesada por mí.

–¿Imaginas si te permiten quedarte? –me dice.

–No lo harán –dice Molly.

–Puede que sí –dice Eleanor.

–Pero imagínate –dice Danni–. Piénsalo de verdad.

Piensa en lo que significaría para un lugar como Henland tener una reina lesbiana.

Hay tantas personas en este país para quienes les cambiaría todo.

Sin ánimos de ofender a tu tío, pero él es más de lo mismo.

Incluso aunque no fueras buena para tu trabajo, solo tenerte allí significaría toda una declaración.

Pero tú serías buena. Incluso si apenas tuvieras algo de poder y solo fuera para organizaciones benéficas, causas y para nombrar caballero a alguna que otra persona, yo quiero a alguien como tú allí arriba tomando esas decisiones.

Porque tú comprendes lo que significa ser marginada por algo sobre lo que no tienes control.

Hay personas que te necesitan de la forma en que eres.

Me quedo mirándola. No porque sus palabras no tengan sentido.

Pero porque jamás se me ocurrió que ninguna parte de mí me hiciera inherentemente más apta para ser monarca que mi tío.

Estoy acostumbrada a pensar en mí misma en términos de defectos.

Aun así, allí está ella, reestructurando mi existencia misma como una fuerza inherente.

No creí que fuera posible amarla más, pero cada día, cada hora, consigue hacerlo. A veces, de manera milagrosa, hasta logra que yo misma me agrade también.

–Danni, ¿tu mamá te está esperando en tu habitación? –pregunta Eleanor.

–Sí… ¿Por qué?

–¿Vas a contarle sobre ustedes dos?

Danni me mira.

–No… lo sé.

No mencioné mi relación con ella frente a los reporteros porque no quería hablar en su lugar. No sin consultarle antes, como mínimo. Después de la semana que ha tenido, no me sorprendería que haya sido suficiente foco de atención como para toda una vida.

–¿Quieres hacerlo? –le pregunto.

Ella da un paso adelante, entusiasmada y esperanzada.

–Aguarda, ¿puedo?

Yo sacudo la cabeza y me encojo de hombros.

–No hay motivos para no hacerlo. Les podemos contar a todos lo que quieras.

Danni prácticamente está rebotando en los talones para cuando termino la oración.

–Okey. Perfecto. Okey. Voy a contarle. –Se ríe al oírse–. Por ahora le hablaré a solas, pero ven a buscarnos más tarde, ¿okey? Me gustaría que la conocieras.

Conocerla. Puedo conocer a la madre de mi novia. Qué encantador y maravillosamente normal.

Estoy enamorada a primera vista con mi nueva realidad.

El teléfono me vibra en el bolsillo. Es mi padre. Supongo que él y mamá están aquí para recordarme el otro lado de mi nueva realidad.

Que así sea.

***

–Digan lo que quieran decir. –Cruzo las manos sobre la mesa y examino a mis padres.

El director nos permite usar una de las salas de reuniones de la escuela para tener esta conversación, por motivos de privacidad.

En realidad, es bastante gracioso, porque entre las paredes desnudas y la mesa y las sillas, no se me podría ocurrir un sitio más adecuado para ser interrogada. O tal vez, para ser despedida.

La cara de mi padre se pone roja, luego deja caer los hombros.

–¿Cómo pudiste hacer algo tan estúpido e imprudente? –me pregunta.

¿De verdad no puede responder eso todavía? ¿Acaso no ha escuchado una palabra de lo que he dicho durante los últimos meses?

–No pasaré el resto de mi vida aterrada por que alguien me vea besando a la persona que amo.

Mamá cierra los ojos como si estuviera rezando para pedir fuerzas.

–Acabas de destruir tu futuro. Por una relación de secundaria.

–No fue por eso. Lo hice por amor.

Abre los ojos. Son del mismo tono verde que los míos. Es un poco como verme en un espejo.

–¿Crees que amas a esta chica?

–Sé que la amo. Tengo la intención de estar con ella por siempre.

Pero si, por alguna razón, no estoy con ella, habría otro amor, y tendría que ver cómo la lastiman una y otra vez para obligarme a hacer algo o para proteger mi nombre.

Habría vivido arrepentida si me obligara a seguir adelante con su versión de mi futuro.

Padre se mofa.

–Qué caprichosa.

–¿Disculpa?

–¿Amor? –pregunta–. ¿Qué hay de la responsabilidad y el deber? ¿Qué opinas de madurar y aceptar que tu país vale mil veces más que tus deseos egoístas?

Me pregunto si está pensando en la chica sobre la que me habló mi tía tiempo atrás. La que tuvo el atrevimiento de no estar a la altura de los nobles valores morales de nuestro país. La chica a quien él amaba a pesar de todo. A la que enviaron adonde él no pudiera seguirla.

Mamá le lanza una mirada y creo que no aprueba lo que está diciendo. ¿Acaso ella sabe de la joven que vino antes que ella? O tal vez piensa que está siendo demasiado duro conmigo.

Dirijo mis preguntas a él:

–¿Qué es lo que necesita nuestro país? ¿Creer en una mentira?

¿O necesita sentir que puede confiar en quienes decimos ser, incluso cuando nuestra honestidad pone en riesgo nuestra popularidad?

Tal vez… –agrego, pensando en Danni–… hay incluso algunas personas que no se han sentido particularmente representadas por nuestra familia y ahora podrían pensar diferente.

Mi padre me mira, incrédulo.

–¿Me estás diciendo que apostaste tu futuro por la esperanza de que un puñado de ciudadanos homosexuales presione para mantener la monarquía?

–Lo que estoy diciendo es que, solo porque tu círculo consiste en personas que estarían incómodas con alguien como yo en el poder, no significa necesariamente que el país tenga una opinión unificada al respecto.

Lo digo con confianza, aunque, a decir verdad, no lo sé con certeza. Henland es en mayor parte católico. ¿Y cuán abiertos son dichos católicos al cambio o al progreso? Como en la mayoría de las cosas, variará de persona en persona. ¿En qué porcentajes? Quién puede saberlo.

–Además –digo–, lo que hice no fue una apuesta. Solo vi lo malo que conocía y me di cuenta de que prefería lo bueno por conocer. Lo que sea que eso implique.

Mamá junta las cejas. Al menos parece significativamente menos molesta que mi padre.

–No entiendo –dice ella–. ¿Acaso tu vida es tan horrible? ¿Por qué no lo has discutido con ninguno de nosotros?

–Porque no me parece que recurrir a ustedes por mis problemas me ayude a resolverlos –respondo con frialdad–. Siento como si les entregara municiones para usar en mi contra.

–¿Eso crees? –pregunta mi padre. Cielos, está siendo condescendiente. ¿Yo también sueno así?

–Por ejemplo –comienzo a decir–, hace tan solo unos días estaban considerando correr a Danni de Bramppath para detener los rumores. A menos que William mintiera acerca de eso también.

Ninguno de mis padres parece sorprenderse por la acusación, lo cual me dice todo lo que necesito saber.

–Fue solo para protegerte –dice mamá–. Recordamos lo que es ser adolescente y apenas comprender el concepto de futuro. Temíamos que pudieras echar a perder el tuyo por un romance adolescente.

–Miedos con fundamentos, claramente –agrega mi padre.

–Tú recuerdas cómo es ser adolescente –digo, observándolo de cerca–. Aun así, pensaste que enviar lejos a la chica que amo, tan pronto como descubriste nuestra relación, es el tipo de comportamiento que me motivaría a confiar en ti.

Si antes no estaba pensando en la muchacha de su juventud, sin dudas ahora sí. Un destello de dolor (y comprensión) le ilumina el rostro. A pesar de sus esfuerzos obvios en justificar la decisión de sus propios padres, recuerda el sufrimiento que le causó.

Entonces conoce el dolor que casi me traspasa a mí.

–¿Sabían que William estaba trabajando con Alfie? –les pregunto.

Por fortuna, eso sí les provoca una reacción de confusión.

–Ellos mismos se encargaron de encaminar todo para convencerme de que me comprometiera con Alfie –continúo, sus cejas se disparan hacia arriba.

Entonces, les cuento. Acerca de las publicaciones en el foro, del dato anónimo, de los intentos (exitosos y no exitosos) de enviar la información a los periódicos. Del acuerdo y de los ultimátum.

Lo que no menciono (al menos, no de forma explícita) es cuánto de toda esta situación podría haberse evitado si yo confiara en que mis padres se preocuparían tanto de mi bienestar personal como se preocuparon (y se preocupan) por mi habilidad para tomar sus lugares algún día.

Lo que ellos no cuentan (al menos, no de forma explícita) es lo que piensan decirle a William acerca de todo esto.

Sin embargo, por las miradas en sus rostros (en especial, la de mi padre), probablemente William y yo jamás volvamos a hablar.

Y creo que los Paget-Harrington tendrán noticias de ellos, tarde o temprano también.

Pero no sin antes resolver el problema más apremiante que tenemos en frente.

–¿Qué sucederá ahora? ¿Tienen pensado quitarme de la línea sucesoria? –pregunto. Trago en seco e inhalo profundo–. Si sirve de algo, en verdad creo que Albert y Sukey lo harían bien.

Mamá se recupera primero.

–Bueno, todavía no llegamos allí –dice. No permito que ni siquiera un ápice de esperanza toque mis facciones–. Veamos qué sucede ahora.

–Sí –comenta mi padre. Aún suena triste, pero el enojo se ha disipado–. Debemos reunirnos con el parlamento y tenemos que verificar la reacción inicial del público. Debes prepararte para las consecuencias, Rose. Si el parlamento se opone a que asciendas, tendremos que reevaluar la línea sucesoria.

–Lo sé.

–E incluso si el parlamento lo permite, eso no significa que el pueblo vaya a hacerlo. Y si la opinión pública decae más…

–Lo sé.

Él asiente, luego me examina durante un largo rato, apenado.

–Es una lástima –dice, con la voz quebrándose–. En verdad quería verte servir a este país, Rose. Lo habrías hecho de manera espléndida.

Eso me sacude más que lo que cualquiera de los dos me ha dicho hasta ahora. Creo que es la primera vez en años que él muestra algo de fe en mi capacidad para desempeñar bien este rol. Solo que llegó a mostrarla ahora, cuando es demasiado tarde.

Sin embargo, no hace que me arrepienta de mi decisión.

–Tendremos que resolver esto juntos, como familia –dice mamá–. Pero lo resolveremos . Sea cual sea el resultado.

Mi padre le toca la parte alta del brazo, apenas un roce, y asiente.

–Gracias –digo y, solo por un momento, mi seguridad intrépida se pierde y queda reemplazada por una pizca de miedo.

Había insistido mucho en que soportaría las consecuencias, pero creo que ni siquiera una partecita de mí se había preocupado por perder el cariño de ellos por siempre.

Incluso cuando siempre lo he sentido como un objeto frágil, mucho más que el afecto que sienten uno por el otro.

Pero quizás es menos condicional de lo que pensaba.