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Cincuenta. Rose

CINCUENTA ROSE

Danni, Eleanor y Molly están sentadas en sillas contiguas en la sala de espera. En cuanto entro, Danni se pone de pie de golpe y me envuelve con sus brazos. En la emoción, no se da cuenta de que acaban de sacudirme hasta el alma.

–Rose, Rose, Rose –susurra, extasiada–. ¡Lo logré! ¡Hice que no me expulsaran! ¡Ya no necesitamos a William!

Me aparto de ella e intento diseccionar sus palabras con mi mente confusa.

–¿No… estás expulsada?

–Nop. Hice que se involucrara un periódico importante y los amenacé con publicar una historia principal sobre que en la escuela son unos idiotas homofóbicos.

El director ahora está hablando con la asociación de exalumnos, pero casi que me lo confirmó del todo.

Mamá está allí con él. Ay, Dios mío, estaba aterrada. Creí que estaba perdida.

Sacudo la cabeza mientras proceso la información. Ella se salvó a sí misma. Mi hermosa chica, a la que le aterraba que la vieran, que la juzgaran, dar una mala impresión, ¿usó a los medios para salvarnos a las dos?

Justo como Alfie. Pero, al mismo tiempo, completamente distinta a él.

–Es asombroso –digo y, aunque así lo creo, algo se siente raro. Sin terminar.

No importa lo que haga ahora. Podría llamar a William y enviarlo de regreso, nosotras podríamos ir a clases y Danni estaría a salvo por completo. Por el momento, al menos.

Pero no para siempre. Incluso si jamás vuelvo a hablarles a Alfie o a William, siempre habrá más como ellos.

Personas que busquen obligarme a hacer cosas para su propio beneficio.

Y mientras que tenga un secreto tan utilizable que involucra a alguien que amo con tanta intensidad, podrán doblegarme con facilidad.

Así que, mientras que esto cambia todo, tampoco cambia nada. Sé exactamente qué debo hacer.

Pero primero me dirijo a Molly.

–Lo siento tanto –digo, con la vergüenza quebrándome la voz–. Fue espantoso de mi parte sospechar de ti. Sé que no eres así.

Ella cruza una pierna sobre la otra.

–Sí… Horrible. –Me mira a los ojos y luego pone los suyos en blanco–. Pero entiendo de dónde vino, así que te daré la carta de “Quedas libre de la cárcel”. Una vez. Y aprecio las disculpas.

Asentimos una hacia la otra; ninguna está lista todavía para sonreír.

–Hay una multitud de reporteros en el portón –les cuento a todas.

–Sí… –dice Danni–. Creo que Público de las 12 envió a algunas personas cuando se enteraron de que me iban a expulsar.

–Puede que les hayan avisado a algunos de sus amigos también –digo con ironía. Y entonces, inhalo profundo y ladeo la cabeza, con un gesto para que me acompañen. Ya caminando, les pido–: Vengan conmigo.

Ellas me siguen.

El punto es que, no tengo un don natural para este rol, no del tipo que mis padres tienen.

Del tipo que Alfie tiene (opinión que ahora sostengo más fuerte ya que soy consciente del alcance de su crueldad).

Alfie tampoco se equivoca conmigo: soy impulsiva, egoísta y no pienso en las consecuencias.

Preferiría estar rodeada de mis mejores amigas antes que en una habitación llena de extraños; hablar de trivialidades me hace estremecer y no siempre sé qué decir.

Soy sarcástica, no encuentro lo positivo en todas las personas y lucho con mis emociones mucho más de lo que debería.

Pero, para bien o para mal, soy un símbolo.

Y creo que, de muchas formas, puedo hacer más por este país si permito que ese símbolo represente quién soy en verdad, en lugar de una mentira curada.

Porque quiero ser buena y quiero servir a mi país sin miedo, sin ser vulnerable a que me manipulen.

Quiero tomar decisiones para el beneficio de los otros, no simplemente para salvar mi reputación.

Y no puedo hacer eso si me obligan a mentir bajo coacción hasta mi lecho de muerte.

Las estudiantes ya se están agrupando en los portones para hablar con los periodistas.

Los rumores de la expulsión de Danni sin dudas se han difundido rápidamente por aquí.

La multitud comienza a gritar mi nombre cuando me ven cruzar el patio; pasan los brazos por la cerca como si eso fuera a ayudarlos a acortar los metros que nos separan.

Es un entusiasmo que roza la histeria. Un giro nuevo en una historia ya existente es noticia suficiente para un día cualquiera, pero la palabra de la princesa inflaría la importancia de la historia de manera significativa.

Es más que probable que estén esperando que diga algo lo suficientemente digno de citar para llevar la noticia a las portadas.

Bueno, ¿acaso no me adorarán en unos minutos?

Los guardias, que permanecen posicionados junto a los portones, se apresuran a mi encuentro, colocándose entre mí y la multitud. Me volteo hacia Danni y le pongo una mano en el hombro.

–Quédate aquí –le digo, antes de abrirme camino entre la muchedumbre de estudiantes. Molly y Eleanor me siguen.

Cuando abro el portón del costado, los guardias salen corriendo hacia mí, alarmados por la acción.

Pero los reporteros se alejan, como imaginé que harían.

Hay un acuerdo tácito aquí: ellos me dan espacio y yo les doy una historia.

Cruzo el portón con los guardias a mis espaldas y ellos se apartan un poco, dejándome sola.

Allí de pie, ante los imponentes portones de hierro forjado, levanto las manos para pedir silencio.

Mis padres, William y Alfie piensan que soy un peón, pero conozco las reglas de este juego tan bien como todos ellos. Y ahora me han presionado para que juegue.

–Desde que tengo memoria, supe que algún día iba a ser reina –digo con voz proyectada y firme–.

A algunos podría haberles parecido una idea intimidante.

A mí no. Amo a este país y a todos quienes viven en él.

Otros niños podrían soñar con tener la chance de cambiar el mundo, pero yo sabía que un día tendría esa oportunidad.

Me han dado las oportunidades, el privilegio y las herramientas para hacer la diferencia.

Cuando era pequeña, planeaba mi futuro reino del modo en que algunos niños planean su futura boda.

No tienen idea de lo que va a venir. Los micrófonos apuntan hacia mí y sus rostros se ven entusiasmados, pero no sorprendidos.

–Luego crecí un poco y mis sueños se destruyeron.

Me di cuenta de que por más que quisiera servir a mi país, este país jamás querría que yo lo sirviera como soy.

Al principio, intenté encontrar un modo de que funcionara.

Me impuse reglas a mí misma. Tenía toda la fe de que podría cumplir con dichas reglas.

Pero ya no quiero ignorar quien soy. Ni siquiera por el país que tanto adoro.

Abro la boca para continuar, pero no sale nada. Están esperando, expectantes, que diga las palabras que no puedo creer que están a punto de pronunciar mis labios. Las palabras que van a cambiar el curso de todo.

Porque yo decido la corriente. Yo lo decido.

–Soy lesbiana –digo y el mundo se queda en silencio.

Doy un paso adelante, dentro de ese silencio.

Permanezco inquebrantable–. Ese hecho no reduce mi valor ni mis capacidades.

No es un factor de vergüenza y, sin dudas, no afecta mis habilidades para servirles del modo en que me educaron para creer que algún día lo haría.

Si aún me brindan la oportunidad, me entregaré felizmente a todos ustedes hasta el día en que muera.

Pero será a mí misma a quien entregue, tal como soy.

No una versión de mí que solo finja ser.

Si para aceptarme, deben obligarme a mentir sobre mi esencia, entonces no seré aceptada.

Hay otros que desempeñarán mi rol de manera espléndida y que los harán sentir orgullosos.

Si yo no puedo hacerlos sentir orgullosos, entonces los escucharé y abdicaré.

Pero, en verdad, espero servirlos como reina algún día.

Las personas paradas frente a mí me miran fijo, con ojos bien abiertos y bocas caídas.

Por un solo momento, no me observan como reporteros, recogiendo mis palabras y formulando preguntas mudas.

Me contemplan como ciudadanos de mi país, ciudadanos sorprendidos, intentando procesar una acción sin precedentes.

Tengo el poder de voltear sus mundos al revés con una sencilla confesión.

A cambio, ellos tienen el poder de destruirme o elevarme, según cómo transmitan mis palabras a todos los demás.

Así que ¿qué será? ¿Seré despreciada o aceptada?

¿Cuál será la mejor historia?

¿Cuál será el mejor futuro?

Durante un instante de silencio, todos nos examinamos entre nosotros. Luego, estallan a preguntas, con los ojos desorbitados, revoloteando las manos y gritando uno por encima del otro para competir entre todos.

Pero, por ahora, no tengo nada más para decir.

Por primera vez, entiendo en verdad a lo que Danni se refirió en noviembre, cuando terminó conmigo. ¿Cómo fue que dijo? ¿Quería que le doliera ahora para evitarse un dolor mayor después?

Creo que, tal vez, fue más que eso. Creo que, hasta en ese entonces, ella sabía que el miedo de vivir un secreto tan enorme, sabiendo que en cualquier momento podía descubrirse, no es modo de vivir. No es vida apenas fingir vivirla mientras se tiene por siempre el miedo preventivo de perderla.

Al menos, lo que sea que suceda de aquí en adelante, sucederá bajo mis condiciones.

Luego de agradecerles, me dirijo hacia el otro lado del portón, donde Molly y Eleanor se reencuentran conmigo.

Ahora nos enfrentamos a una multitud diferente.

Una que consiste en pares, chicas con las que he ido a la escuela durante años, algunas a quienes conozco de toda la vida.

Me miran fijo como si acabaran de conocerme.

–Maldita sea, Rose –dice Eleanor en voz baja mientras camina–. Maldita sea .

–Sigue caminando, solo sigue caminando –me ordena Molly, empujándome hacia adelante.

Danni está parada donde la dejé, pero ahora está su madre a su lado, abrazándola de costado.

Ninguna de ellas parece capaz de quitarme los ojos de encima.

Antes de llegar a ellas, Danni le entrega su tarjeta magnética a su mamá y le promete que la verá pronto en su dormitorio.

Cuando la señora Baker se voltea para irse, Danni corre hacia mí y yo la tomo de la mano mientras camino.

–¿Por qué hiciste eso? –pregunta con voz temblorosa, apresurándose para seguirme el paso–. Por favor, dime que fue tu decisión.

Abro la boca para responder, pero en cambio, comienzo a reírme y pareciera que no puedo detenerme.

Porque por primera vez en mi vida, en verdad lo fue.