Nadie en especial Cuarenta y siete. Danni
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Cuarenta y siete. Danni

CUARENTA Y SIETE DANNI

Mamá tiene que llamarme tres veces para despertarme para la reunión con el director. Cuando el repiqueteo me arrastra a la conciencia, lo primero que noto es que mi cama está vacía. Luego recuerdo que Rose se fue temprano y yo olvidé programar una alarma para mí. Maldigo y tomo el teléfono.

–Estoy aquí, ya voy, lo siento, estaré en un segundo, te quiero –balbuceo mientras me echo encima el uniforme. Bueno, así que voy a estar… menos que presentable. No es lo ideal, pero está bien, no hay problema, vamos a estar bien. Voy a estar bien.

Ay, Dios, ay, mierda, ¿y si no?

Mamá está obviamente furiosa cuando por fin llego a la oficina del director, pero no conmigo, para ser exacta. Solo parece estar enfadada con el mundo en este momento. Me da un largo abrazo, luego se alisa el cabello rubio hacia atrás y lo ata en un moño.

–Siéntate, Daniela –me dice–. Quiero que hablemos de algo antes de que entremos.

No me agrada esa mirada.

–¿De qué? –pregunto con cautela.

–Del alcohol. Quiero saber qué parte de emborracharte en la casa de una persona extraña, siendo menor de edad, durante el semestre escolar te pareció apropiada.

Ah. Sí… Mierda. Lo bueno es que no sabe sobre la hierba, si no estaría en verdad enojada en este momento.

–Te eduqué para que tomaras mejores decisiones, Danni. Quizás eres demasiado joven para estar en un internado. ¡Se supone que aquí te supervisen!

–Nos permiten salir los fines de semana –digo, encogiéndome de hombros.

–¿En medio de la noche?

–Si tienes un consentimiento firmado –respondo, sin mirarla a los ojos.

Ella me mira sin emoción.

–Y supongo que a mí se me olvidó haber firmado ese formulario misterioso.

Aprieto los labios y ella levanta las manos.

–Grandioso. Ahora mi hija es una beoda y una falsificadora. Sabes, si eres lo suficientemente inmadura para estar haciendo este tipo de cosas, tal vez no estés lista.

–Para ser justa, tendría muchas más oportunidades de emborracharme en fiestas en casas si asistiera a una escuela pública. Son los últimos años. ¿No recuerdas cómo fueros los tuyos?

–Eres menor de edad . Tener diecisiete no es edad suficiente para beber y… no me mires de ese modo.

–No te estoy mirando de ningún modo.

–Danni, dime que jamás fuiste a una fiesta en una casa antes del internado.

Yo dudo.

–Jamás fui a una fiesta en una casa antes del internado –digo con voz de robot.

Mamá luce escandalizada.

–Danni.

Levanto las manos, rindiéndome.

–Soy producto del trauma infantil, mamá, ¡ni siquiera es culpa mía! Me acosaron durante toda mi niñez; ahora hago lo que sea que mis compañeras quieran que haga. Me corrompieron en Boulder. Las chicas de allí me corrompieron. Me corromperán donde quiera que vaya. Es mejor si lo aceptamos.

–Te educaré en casa.

–Probablemente tú me corrompas también, mamá –digo con arrepentimiento–. Tú fumas.

–Bueno, lo necesito, con una hija como tú. –Me sonríe de mala gana.

A pesar de todo, es bueno verla otra vez. Me hace sentir menos sola. Aunque no hay nada que ella pueda hacer.

Por fin, la puerta de la oficina del director se abre y él nos invita a pasar. Tal vez, nos estaba dejando aquí afuera para torturarme. Un “púdrete” final de salida.

Mamá y yo nos sentamos, una al lado de la otra, mientras él comienza a largar su discurso que parece ensayado. Es bastante parecido al que me dio ayer, en realidad. Que rompí las reglas, que no hay nada que él pueda hacer, que tiene las manos atadas, que en verdad lo siente.

El punto es que, en cierta forma, le creo. Hay algo en el modo en que lo dice que se oye sincero. Y eso me da la esperanza de que mi plan tenga una remota posibilidad de funcionar.

–Ahora. Antes de que la invite a darnos su aporte, señora Baker –dice el director–, ¿hay algo que quieras decir por ti misma, Danni?

Asiento. Okey. Va a estar bien. Yo puedo. Enciendo mi computadora y abro los dos documentos que preparé anoche. Me quedé hasta muy tarde trabajando con Leonora en dos versiones diferentes de su perfil sobre mí.

–Sí. Público de las 12 va a publicar un artículo sobre mí.

Está preparado para salir online esta tarde y, mañana, en los periódicos en papel.

El punto es que no están seguros de qué ángulo utilizar.

–Volteo la pantalla para mostrarles a él y a mi mamá, que quedó embobada–.

Hay una versión alegre sobre cómo crecí dentro del clóset en Boulder y me abrí en un internado.

Gané confianza para ser yo misma, encontré una red de apoyo entre mis amigas, aprendí los valores católicos de aceptación, comunidad y todo eso.

Pero se están inclinando más hacia una versión que generará más titulares.

Sobre cómo un grupo de chicos ebrios me sacaron del clóset a la fuerza y, en lugar de que la escuela me protegiera contra un acto de violencia, fui expulsada debido a la homofobia que habría en el consejo escolar.

Las últimas palabras no son mías, ellos agregaron eso.

Lo que sea que les asegure que la historia cobre relevancia, ¿cierto?

Mamá me mira a mí, luego al director y regresa a mí, con los ojos tan abiertos que sus cejas desaparecen por debajo del flequillo. El director se toma un largo rato en responder. Tan largo que, de hecho, eventualmente entiendo que está esperando que continúe.

–Sé que la asociación de exalumnos está en verdad preocupada por la terrible reputación que le di a la escuela la semana pasada –digo con compasión fingida, porque, al parecer, ahora soy el tipo de persona que les puede hablar a los adultos con osadía y con mal talante sin dudarlo.

Tal vez, oficialmente, ya todo me da igual–.

Con suerte, podremos regresar a Público de las 12 y decirles que van a tener que quitar la historia de la expulsión porque no es cierta.

De lo contrario, puede que a la asociación de exalumnos les lleguen muchas preocupaciones para mañana por la noche y estoy segura de que no querrían eso.

Es extremadamente difícil de interpretar la expresión del director. Dobla las manos y apoya el mentón sobre ellas, de forma pensativa. Luego, juro que casi sonríe.

–Estoy de acuerdo –dice por fin–. Creo que a la asociación le parecería una situación bastante desagradable.