Cuarenta y cuatro. Danni
CUARENTA Y CUATRO DANNI
–Por supuesto que yo no envié ese video –dice Edmund del otro lado de la línea–. Jamás te haría eso a ti.
Me imaginaba que parecía impropio de él, pero en este momento siento que casi cualquiera podría estar en mi contra, así que pensé que valía la pena llamarlo para preguntarle. Solo para poder saber. Tal vez, tener alguien a quien culpar haría que me sintiera mejor, quién sabe.
–¿Tienes idea de quién podría haber sido? –pregunto.
Suspira.
–Lo siento, no lo sé. Gilbert lo envió al chat grupal aquella noche. Pensó que era divertido, porque tenía la teoría de que a ti no te gustaban los chicos porque… yo no te gusté… y suelo gustarle a las chicas… –Carraspea–. No es gracioso, obviamente. Fue su forma de decir “te lo dije”.
–Supongo que ganó –digo en tono sofocado–. Y tú sí me agradas. Es solo que yo…
–Sí… No, lo entiendo, lo entiendo. No te gustan los chicos.
–Em, en realidad, sí. Pero tengo sentimientos por alguien más y no van a desaparecer por lo pronto.
–Ah.
Me mordisqueo un padrastro.
–Entonces, ¿cuántas personas hay en ese chat grupal?
–Somos doce.
Grandioso. Eso lo reduce.
–Podría haber sido Laurence Bell –dice–. No necesita excusas para ser una persona de mierda, en el mejor de los casos. Mucho menos si podía vender el video por dinero.
Quizás. Pero no lo sé con seguridad; no estoy interesada en especular. Supongo que, al fin y al cabo, no importa. No es que saber quién fue cambiará lo que suceda mañana.
–¿Estás bien? –pregunta Edmund. No le he contado sobre las especulaciones en internet ni de la expulsión. Estoy harta hasta la médula de pensar en eso, carajo.
–Sí… –respondo–. Estaré bien.
–Sabes, en verdad me agradó pasar tiempo contigo. Tal vez podríamos hacerlo de nuevo algún día, como amigos.
Lo último que esperaba en este momento era que alguien me robara una sonrisa. Pero con ese comentario, Edmund lo logra.
–Claro, sí. Sería divertido.
–Te escribiré algún día, entonces. Buena suerte con todo.
Cuando cuelgo la llamada, encuentro varios mensajes de Rose.
William ha accedido a ayudar.
Mañana tendrá una reunión con el director.
Resiste. Debería estar resuelto para el mediodía.
Todavía no estoy lista para sentirme aliviada. No hasta que lo sepa con seguridad. Y la mejor forma de saberlo con seguridad es organizar mi propio plan B.
Le envío un correo electrónico a Leonora Brittle, la columnista que me presentó la reportera hace varios días.
Hemos hablado un par de veces para repasar las preguntas que quería para el perfil.
La mayoría se trataba de cosas como dónde crecí, cuáles son mis programas de televisión favoritos, qué carrera quiero continuar, junto con algunas preguntas queer específicas.
De hecho, se suponía que me enviaría el borrador esta noche.
Hola, Leonora , me preguntaba si es demasiado tarde para hacer cambios en el artículo de mañana. Y si no, ¿para cuándo necesitamos terminarlo?
Mientras paso el tiempo esperando una respuesta, llaman a la puerta. Abro y Molly entra seriamente enfadada.
–¿Sabes de lo que me acaba de acusar tu novia? –pregunta dejándose caer en la silla y poniendo los pies en el borde del escritorio–. De exponer la sexualidad de ustedes dos frente a su familia.
–¿En serio? –pregunto. Ya le he contado a Molly por mensajes sobre la expulsión, así que no me sorprende demasiado que saltee el tema como si no estuviera sucediendo. En todo caso, me alegra tener una distracción genuina de todo el asunto durante unos minutos.
Ella frunce el ceño en dirección a mí.
–Sí…, eso hizo. Sabes que jamás haría algo así, ¿cierto? Digo, ¿qué carajo ?
–Por supuesto que lo sé. –Quito el vaso de agua que tenía sobre el escritorio fuera de la línea de peligro que representan los zapatos de Molly antes de que lo tire sobre mi computadora.
Esa sí que sería una gran forma de terminar una semana como esta, endeudada hasta el cuello con la escuela que me está echando–. Y Rose también lo sabe.
Molly se mofa y gira la cabeza para mirarme como si estuviera comportándome de forma obtusa a propósito.
–Probablemente todavía esté un poco molesta por la pelea que tuvieron –digo.
Creo que estoy siendo generosa al llamarla pelea, pero se los concederé–.
Y si se está sintiendo de la misma forma que yo ahora mismo, está paranoica.
Y, por encima de todo, se siente atrapada y controlada por su familia.
Por favor, trata de no tomarte las cosas como personales de parte de ella en estos momentos.
Estoy segura de que pronto te pedirá perdón.
Ella resopla. Está herida y debería estarlo. Yo también lo estaría.
–Yo sé que tú jamás nos harías eso –le reaseguro. Se despega del escritorio de una patada y da un giro sobre la silla, doblando las piernas en el trayecto.
–Claro que no lo haría –dice–. Las quiero a las dos. Incluso cuando odiaba a Rose, la quería. No quería que nada la lastimara.
–Lo sé. Lo recuerdo.
Se detiene, mirando hacia la puerta y suspira.
–Por supuesto que se siente atrapada y controlada. Está atrapada y controlada. Ese es todo el problema y así va a ser siempre. Mientras sea la princesa o la reina, su identidad como persona viene en segundo lugar.
Es interesante oírla decirlo de ese modo. Siempre que Rose y yo hemos hablado acerca de sus responsabilidades, ha sido sobre que yo no puedo ser tan importante como sus funciones. O que sus amigas no pueden ser tan importantes, o que su potencial carrera a elegir no puede ser importante.
Es la primera vez que en verdad he comprendido que ella tampoco puede ser importante.
–¿No crees que es triste? –pregunto.
–Sí…, lo es –dice Molly, todavía mirando a la puerta–. Pero yo no veo que alguna vez vaya a cambiar.
Y esa es la peor parte, ¿no es así? Rose está haciendo lo mejor que puede para salvarme.
Pero ella necesita que la salven de algo para lo que nadie puede ayudarla.
¿Acaso alguien más, aparte de Molly y yo, nota por cuánto tiempo ha estado tratando de no hundirse?
¿Y de lo difícil que se está volviendo para ella mantener la cabeza sobre la superficie?
Incluso si logra arrastrarme fuera de este mar, ¿quién va a evitar que ella se hunda?