Nadie en especial Cuarenta y dos. Danni
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Cuarenta y dos. Danni

CUARENTA Y DOS DANNI

Pongo mi mejor voluntad para hacer lo que me dijo Rose y distraerme, pero juro que nada funciona.

Una parte de mí siente que debería empacar, pero también siento que sería darme por vencida.

Así que trato de matar el tiempo practicando en el salón de baile (la que podría ser la última vez) y me paso toda la sesión repasando en mi mente cada segundo de la semana pasada, mientras que mis dedos vuelan sobre las teclas por memoria muscular.

Es como si creyera que, si reflexiono lo suficiente, tendré una revelación. Pero nada de eso sucede.

Para cuando se pasa la tarde y todas comienzan a salir de clases, solo pienso en que quiero hacer una única cosa.

Harriet parece sorprendida al verme. Bloquea la entrada con el cuerpo y su mirada me dice que no sabe si salir corriendo o no. Inhalo con fuerza e intento darle una vibra tranquila.

–Oye. ¿Podemos hablar muy brevemente? ¿En privado?

Después de una pausa larga e incómoda, da un paso al costado.

Su habitación está, como siempre, ordenada.

Pero sorprendentemente pulcra. Por la forma en la que tiene las sábanas dobladas y metidas para adentro, creería que una enfermera de hospital entrenada le hace la cama.

No hay apuntes desparramados por allí, ni libros arrojados en el suelo ni pantalones colgando de la silla del escritorio.

Supongo que tiene sentido para ser una A.

R.; a alguien que pone tanto cuidado en su propia habitación, sin dudas se le puede confiar que vigile las otras, ¿verdad?

–Lo siento, Danni –dice.

¿Estamos bien? Para ser honesta, ni siquiera lo sé todavía. Todo esto sucedió por su culpa. Me sacaron del clóset por su culpa. Por ella me expulsaron de la escuela. Puede que haya perdido a Rose por ella. Todo por ¿qué? ¿Porque no pensó que era necesario preguntarme primero antes de besarme?

Me sigo preguntando una y otra y otra vez. ¿Me besó sin preguntarme porque estaba segura de que yo querría? ¿O porque estaba segura de que le diría que no si me hubiera preguntado?

–¿Sabes quién tomó el video? –pregunto–. Mis recuerdos están muy borrosos.

Ella se recuesta contra el escritorio y hace un gesto hacia la silla para que yo tome asiento. Me quedo de pie.

–Un par de chicos de Ashford –dice–. Estaban intentando filmarse a ellos mismos, creo. O a la fiesta.

–¿Me puedes decir sus nombres?

Enarca una ceja.

–Gilbert Carlton y Charlie Upwey. Son amigos del tal Edmund ese con el que fuiste a patinar aquella vez. ¿Los vas a buscar por esto?

No estoy segura de qué voy a hacer.

Pero a Harriet debe gustarle lo que ve en mi expresión, porque me sonríe como una villana y agrega:

–Bien.

Por primera vez, se me ocurre algo. Harriet tampoco había salido del clóset antes de todo esto.

He estado tan preocupada resintiéndome con ella y lidiando con el revuelo en internet, el cual parece centrarse solo en mí, que me perdí de ese detalle.

Siento una oleada de culpa. Ni siquiera la estamos dejando sentarse con nosotras en las comidas.

Ella y Florence han tenido que arreglárselas solas.

Al menos yo tengo a más de una persona de mi lado en este momento.

–Ha sido una semana de mierda –digo.

Ella se despega del escritorio, da unos pasos tambaleantes hacia la cama y se deja caer de espaldas sobre el colchón, arrugando las sábanas perfectas.

–Sí… Lo siento por… todo eso. –Como no respondo, continúa hablando con una voz extraña–: El director me contó lo que te están haciendo. Lo odio. En este momento, odio a todo el mundo. Estoy esperando que suceda, ¿sabes? A que salga la primera persona a admitir que me juzga.

Dudo, luego me siento en la cama, al lado de ella, mirando hacia adelante.

–La gente ya ha comenzado a hacer eso conmigo –digo–. Está por casi todo internet. Ahora todos esos extraños me odian. De verdad, me odian . Ni siquiera me conocen.

–Que se vayan todos al diablo. Al diablo con cada uno de ellos. Tus amigos te conocen. No importa nadie más.

Pero aun así duele , quiero decir. Y no sé si es algo a lo que te acostumbras. Que la gente te desprecie sin haberte conocido. O si te sigue doliendo todos los días por el resto de tu vida.

No es la primera vez que siento que el mundo me odia. Pero sí es la primera que casi no exagero.

–Mis padres apenas me hablan –dice ella con un hilo de voz–. Ahora no sé qué va a pasar. Tal vez se hayan tranquilizado un poco para las vacaciones escolares. Tal vez para ese entonces haya empeorado. Quién sabe.

Hago un gesto de dolor.

–En verdad lamento oír eso. No te lo mereces.

–Gracias –dice–. Lamento cargarte con eso. No tienes que sentir lástima por mí. Solo pensé que tal vez lo entenderías.

–Así es.

–¿Qué hay de tus padres? –me pregunta.

–Han sido buenos.

Exhala, largo y con fuerza. Supongo que le aterraba que le fuera a dar una respuesta distinta. Haberme quitado a mi familia también.

–Yo te hice esto –susurra.

Yo me encojo de hombros.

–No fue mi intención que sucediera –insiste.

La miro de reojo.

–Entonces, ¿qué estabas haciendo? ¿Por qué me besaste en público?

El rostro redondo de Harriet se vuelve pensativo y se pasa una mano por el cabello enredado.

–Lo siento.

–Ya dijiste eso.

–Danni, yo… –Suelta una exhalación–. Mira.

Durante mucho tiempo he sabido que soy bi.

Casi que desde siempre. Siempre he sido una especie de…

romántica serial. He tenido más enamoramientos de los que creerías.

Y, muchas veces, me ha ocurrido con una chica que jamás, jamás podría gustar de mí.

Y cada vez tuve que asegurarme de que la chica nunca se diera cuenta de cómo me sentía.

Y tú eras… mi tipo. Y me gustaste desde el momento en que te conocí.

Y pensé que eras hetero, pero luego no lo eras y…

creo que malinterpreté las señales. Te juro que pensé que querías que te besara.

Solo estaba ebria y no estaba pensando con claridad. Lo siento tanto.

–Podrías haberme preguntado . Podrías haber ido más despacio y darme la oportunidad de hacerme a un lado. Fue como si me tendieras una emboscada, Harriet.

–Debí haberte preguntado. –Simplemente concuerda–. Fue solo que… jamás lo había hecho antes y, sé que no es una excusa, pero supongo que… No lo sé. Sabes, tengo casi dieciocho. Tengo prácticamente dieciocho y jamás había besado a nadie.

–No creo que sea poco común.

–Quizás, pero así se siente. Siento como si todos supieran lo que están haciendo, excepto yo. Yo soy la única que no tiene idea, así que metí la pata hasta el fondo. Y te lastimé, cuando eso era lo último que quería hacer.

De pronto, estoy en verdad cansada.

–Harriet, sabes… La próxima vez, dale a la persona la oportunidad de decir que no.

–Lo haré. Lo prometo. Lo haré.

–Buena suerte con tus padres. Estoy segura de que entrarán en razón. Eventualmente.

Tiene la sonrisa tensa. Algo me dice que no cree que tenga razón.

–Pese a todo, ¿podemos ser amigas? –pregunta.

Vuelvo a pensar en su sabor. La sensación de su rostro demasiado cerca del mío. El tipo de miedo retorcido y repulsivo. Mi corazón comienza a acelerarse, tanto por el recuerdo como por mi respuesta. Porque odio el conflicto y odio lastimar a las personas, pero yo tampoco me merezco que me lastimen.

–No creo que quiera eso –digo–. En este momento, no.

Harriet asiente.

Bueno. Lo dije. Y también sobreviví.

–¿Me odias? –pregunta.

–No –digo con honestidad y ella asiente otra vez.

Y, por ahora, eso es todo. Me marcho, pero no me siento exactamente bien. Me siento más que nada triste y ansiosa.

Pero, al menos, no siento rencor.