Cuarenta. Danni
CUARENTA DANNI
Hay algo que había olvidado de cómo es que te odien más personas de las que jamás has lastimado. Es esa sensación megatraicionera por la que comienzas a esperar lo peor de todos.
Así que, por ejemplo, si alguien te dice que le gustan tus zapatos, comienzas a suponer que, en realidad, significa que no le gustan tus zapatos y entonces todo se vuelve frenético.
Y si lo están diciendo para burlarse de ti y tú les agradeces, estás cayendo en su trampa y, pum , toda la clase ríe disimuladamente.
Para evitarlo, te comportas con cautela y suspicacia y les sonríes con los labios apretados y tal vez asientes.
Si lo estaban haciendo por crueldad, te quedas con tu dignidad.
Pero la trampa es que, si te estaban haciendo un cumplido genuino, quedas como una idiota y, pronto, hasta la gente amable comienza a evitarte.
Y la peor parte es que no puedes culparlas, porque fuiste tú quien les dio una razón para no agradarles en primer lugar.
Entonces quedas sin nadie.
Así es como se ha sentido la semana pasada. Como si no tuviera a nadie. O casi.
Hay cantidades de imbéciles que han surgido como malezas, ya sea dejando comentarios y enviándome mensajes directamente, o hablando de mí donde suponen que yo no puedo ver. Videos, ensayos, en la sección de comentarios de los artículos donde hablan de mí.
Asquerosa. Me dan ganas de vomitar cada vez que veo su cara.
Me siento mal por sus padres. Deben estar muriéndose de la vergüenza.
Tienen que sacarla de esa escuela antes de que lastime a alguien allí. ¿Acaso no tienen baños comunitarios?
¿Qué tiene puesto? ¿Quién le dijo que debería salir así de la casa?
Siempre me ha parecido irritante como el demonio. Te das cuenta por esa sonrisa presumida que pone que cree que está por encima de todos los demás.
Parece ser la clase de chica que siempre estará en todas partes haciéndose la víctima. Buá, mi vida es tan difícil porque todos descubrieron que soy una enferma.
¿Acaso no pueden hablarnos de noticias reales en lugar de esta zorrita privilegiada? “Niña rica con acné es una maldita queer”, ¿a quién diablos le importa?
Y, Dios, una noche me encuentro con un comentario anónimo que dice que me conocía de mi antigua escuela donde todos me odiaban.
Y es la verdad , me inquieta tanto que tengo que sentarme con la cabeza encima del retrete durante quince minutos hasta que dejo de sentir tan revuelto el estómago.
Luego regreso a la cama y me echo a sollozar.
Pero también están las personas que están de mi lado, que me envían mensajes y comentan mis fotografías mostrando apoyo.
Aunque tampoco confío en ninguna de ellas.
¿Acaso todo es una trampa para que les responda?
Si lo hago, ¿sabrán que me tienen y me dispararán con algo ruin?
Si les agradezco, ¿tomarán una captura de pantalla y se la enviarán a sus amigos para que todos se puedan reír del hecho de que fui lo suficientemente inocente como para creer que me hablaban en serio?
Por todos los cielos, por favor, deja de buscar tu nombre en internet.
Dice Rose.
Y Eleanor dispara:
A quién le importa lo que piensen esos idiotas.
Y Molly insiste:
Yo también tengo haters. Es lo que ocurre cuando los extraños descubren que existes.
Pero no puedo.
Así que lo hago.
Y esto no me agrada.
Un día, mientras estoy revisando las solicitudes de mensaje como si fuera un accidente automovilístico del que no puedo quitar la mirada, encuentro un mensaje de una mujer llamada Thea Brunswick.
¡Hola, Danni! No me conoces, pero soy reportera de Público de las 12 y estuve entre la multitud el día que hablaste con nosotros sobre tu sexualidad.
Estoy muy apenada de que te sucediera eso.
Aquel beso debió haber sido un momento privado.
La razón por la que te estoy contactando es que mi amiga, que es la responsable de la sección de perfiles del periódico, siempre está buscando personas nuevas para destacar.
Si estuvieras interesada, con gusto le daría tu nombre.
Podría ser una oportunidad para recuperar el control de tu propia narrativa.
Podrías quedarte tranquila de que el tema de tu sexualidad y vida privada se tratará con sumo cuidado.
Ella solo compartiría la información con la que tú te sientas cómoda.
Me paso un día entero pensando en ese mensaje antes de enviar mi respuesta.
No estoy segura. Creo que me alegraría hablar. Pero ¿sería posible ver el artículo antes de que lo publiquen?
Su respuesta llega rápidamente:
Seguro podremos arreglarlo.
El tema es que estoy muerta de miedo. Me da miedo que acceder a que escriban ese artículo me deje expuesta a más abusos; y me da miedo que, si el artículo dice algo equivocado, eso provoque que la familia real se entrometa para alejarme más de Rose.
También me da miedo que, si no digo nada, la gente suponga cosas sobre mí, y no me agradará la historia que me adjudiquen.
Pero lo que sí sé es que los medios y los amarillistas me han usado durante meses como pieza de ajedrez en su guerra contra Rose.
Estoy harta de ocultarme y de esperar a que pase mientras un artículo tras otro dice cualquier cosa de mí y especula sobre lo que hago en privado y sobre el tipo de persona que soy.
Si continúo dejando que hablen de mí, en lugar de hablarme a mí, nada va a cambiar.
No sé qué sucederá si tomo la iniciativa de una vez.
Pero, al menos, será mía. Al menos, si la gente me odia, me odiarán por algo que yo misma hice, en lugar de hacerlo por las cosas desagradables que oyeron de mí por parte de algún bravucón.
Esconderme y tratar de no molestar a nadie no evitará que la gente hable de mí. Tal vez no aprendí esa lección la primera vez que se suponía que lo hiciera; el año pasado. Pero creo que, quizá, por fin lo he hecho.
Como dijo Rose, si no doy el paso, me quedaré donde estoy por siempre.
El lunes por la mañana, cuando la asistente personal del director me pide que salga de clase para reunirme con él, en lugar de suponer que por fin me va a preguntar cómo me encuentro después de haber sido excluida hace una semana, mi primer pensamiento es que ha descubierto que estoy trabajando con una columnista para un artículo.
Cuando llego, él me está esperando, todo de negro, traje, camisa y corbata. Casi le pregunto si acaba de regresar de un funeral o algo por el estilo (porque estoy tan llena de adrenalina que me estoy volviendo loca por completo), pero logro cerrar la boca justo a tiempo.
–Danni, buen día. Toma asiento.
¿Acaso quiere decirme que no puedo mencionar a la escuela en el artículo? O tal vez quiere que directamente lo cancele. O tal vez no está relacionado con eso y los profesores han estado recibiendo algún tipo de amenazas de muerte como las que me han llegado a mí o algo así.
–Quiero pedirte disculpas por tomarme más de una semana en reunirme contigo con respecto a los eventos del pasado fin de semana –dice–. Seguro entederás que hubo algunas discusiones que necesitábamos llevar a cabo detrás de escena mientras evaluábamos en qué situación nos encontrábamos.
–No, lo entiendo –digo.
El director tiene una mirada vagamente incómoda en su expresión. En realidad, luce como si sintiera náuseas.
–Ahora bien, ya que seguramente estás al tanto, la beca gracias a la cual asistes a Bramppath está sujeta a una serie de condiciones.
La más apremiante es que aceptes seguir las reglas de la escuela según están explicadas en nuestro manual.
Habrás recibido una copia junto con el paquete de inscripción el año pasado, ¿correcto?
No me gusta para nada adonde se dirige esto.
–Sí… –digo con cautela–. Sí.
–No hace falta decir que el consumo de bebidas alcohólicas en menores mientras se encuentran bajo el cuidado de la escuela es una violación total a las reglas. Y el Colegio Bramppath tiene una política de cero tolerancia en esa área.
Mi mano encuentra el dobladillo de la túnica y enrollo la tela entre el pulgar y el índice, con la intención de mantenerme tranquila.
–Lo siento mucho por todo eso –digo y no podría ser más honesta–. De verdad, de verdad lo siento. Desearía que pudiera deshacer toda esa noche.
–Sí, imagino bien que sí –dice él. Suena triste y arrepentido. Tampoco me gusta eso–. Sé que esta ha sido una semana difícil para ti. Quiero que sepas que tienes mi compasión.
–Gracias. Significa mu…
–Aunque me temo que voy a sumarte más dificultades.
Por favor, que no lo diga. Por favor, no.
Que me diga que me va a dar un castigo duro.
Tan duro como quiera. Detención todas las noches, está bien.
Tareas en la cocina todos los domingos por el resto del año.
Lo aceptaré sin quejarme. ¿Una suspensión?
Será una mierda, pero probablemente me la merezca.
–Lamento informarte que, sobre la base de esta extrema, y pública, infracción al reglamento de la escuela, no tenemos otra opción que expulsarte de Bramppath.
Tu expulsión de clases se hará efectiva de inmediato, aunque puedes hacer uso de este día y esta noche para empacar tus cosas como preparación para marcharte mañana.
Esta mañana, no me pensé que las cosas empeorarían. Creí que no había forma más espantosa de sentirme de la que ya lo hacía.
Me equivoqué.
–Por favor –logro decir.
–La asociación de exalumnos fue muy insistente. Está hecho, Danni.
–Por favor, deshágalo. Por favor. No he roto ninguna de las reglas antes, fue un error, he aprendido mi lección, en verdad, lo juro, me han castigado muchísimas…
–Cero tolerancia significa cero tolerancia. Sin excepciones.
–Puede castigarme. Me… Me merezco que me castiguen. Lo que sea que quiera, lo aceptaré. Pero tengo que quedarme. Caroline y el piano y todas mis amigas están aquí. Todas las personas que conozco en el país entero están aquí, señor.
–Te adaptaste rápidamente cuando llegaste aquí. Tengo toda la seguridad de que harás lo mismo en tu nueva escuela.
Pero no habrá una Molly en la nueva escuela. Me uniré a una clase llena de extraños y todos me conocerán como la chica a la que sacaron del clóset en internet y que logró que la expulsaran. Eleanor no estará allí. Rose no estará allí. Estaré sola. Sola en realidad, totalmente sola, no solo casi .
No puedo lidiar con esto. He perdido demasiado y no ha habido tiempo suficiente para recuperar el aliento entre todo lo que ocurrió. No puedo respirar .
–Lo siento –dice el director otra vez.
Casi no lo oigo en absoluto.
***
En lugar de ir a mi habitación a empacar, como el director me dijo que debía hacer, enfilo directo hacia el baño más cercano a la clase que acabo de dejar y le envío un mensaje a Rose para que me encuentre allí.
Ella vio que me retiraron de la clase y estoy segura de que se estaba preguntando por qué, ya que lee el mensaje de inmediato.
Mientras espero, me tomo del borde del lavabo y trato de desacelerar la respiración, pero se vuelve más y más rápida cuanto más lo intento. Entonces vienen las lágrimas.
Para cuando llega Rose, estoy bastante histérica. Hay media pared que separa los lavabos de la puerta, así que tendríamos tiempo de sobra para separarnos si alguien entrara y nos viera, lo cual parece ser lo suficientemente bueno para Rose, porque se abalanza para abrazarme en cuanto me ve.
–Oye, ¿qué ocurrió?
–Me expulsaron, dice que me expulsaron y que tengo que irme, tengo que marcharme mañana, dijo que tengo que ir a empacar ahora.
–Espera, con calma.
–Fue algo que tiene que ver con, em, la asociación de exalumnos, y él se la pasó diciendo que lo lamentaba, pero que no hay nada que pueda hacer y me expulsaron. Dijo que ya está todo dicho y que es demasiado tarde y yo no me puedo ir, Rose. No puedo. No puedo.
Me voy apagando en un lamento agudo a medida que ella aferra sus brazos sobre mí.
–Okey –dice, con su voz reconfortante y suave–. No van a expulsarte. Vas a llamar a tu mamá, luego vas a ducharte y vas a ponerte a mirar una película o a leer un libro para distraerte. Yo voy a encargarme de esto.
–N-no, no puedo, tengo que empacar. Dijo que tengo que marcharme mañana. To-toda mi habitación es…
–No vas a irte a ningún sitio –dice, sosteniendo mi rostro para que la mire. Sus ojos verdes examinan los míos y hay una seguridad en ellos que hace que quiera creer en ella. Pero no sé cómo.
–No creo que esto pueda arreglarse –exclamo.
–¿No? Obsérvame. –Extrae un manojo de toallas de papel y me seca las mejillas–. No quiero que pases otro segundo preocupándote por esto, ¿okey? Tú estás conmigo y yo te cuido; y te estoy diciendo que no voy a permitir que suceda esto. ¿Confías en mí?
–Por… supuesto, pero…
–Yo te cuido –repite. Y esta vez, asiento.
–¿Qué vas a hacer? –le pregunto, resoplando y frotándome los ojos. Estoy hecha un desastre. Me acerco al lavabo para mojarme un poco el rostro.
–Lo que sea que tenga que hacer.
Me detengo y levanto la cabeza para mirarla a los ojos a través del espejo. Ella me devuelve la mirada y tiene un tesón en su expresión que, por un segundo, me da escalofríos en los hombros y en la espalda.
Ahora, estoy muy segura de que le creo.