Treinta y seis. Danni #2
En el momento en que las palabras salen de mi boca, me doy cuenta de que no es lo que quiero.
Desde que comenzó todo esto, casi no he tenido control sobre nada.
Me han obligado a ocultar mi relación con Rose.
Me han arrastrado a tener citas dobles. Me besó Harriet.
Quien quiera que haya tomado ese video de nosotras me sacó del clóset.
Aunque la idea de hablar con un grupo de reporteros sobre algo tan personal hace que quiera desmayarme, o vomitar, o ambas cosas, tengo que hacerlo.
Algo de esta situación tiene que estar bajo mi control.
Así que les digo a las chicas que quiero hablar por mí misma.
Rose me mira durante un largo rato (como si le pareciera que perdí la razón), pero no discute.
Molly es la única lo suficientemente valiente como para mencionarlo:
–¿Y si te preguntan acerca de Rose?
–No tienes que mentir. –Se apresura a decir la susodicha–. Puedes decir que no te permiten hacer comentarios sobre mí. El palacio puede emitir un comunicado al respecto más adelante.
Pero ella tiene que saber tan bien como yo lo mala que puede ser esa idea, lo incriminatorio que haría ver a alguien que ya es sospechoso.
–Rose… –comienzo a decir con seguridad a Molly–… es una buena amiga. Como tú y Eleanor. Somos un grupo de chicas que asisten a un internado. Somos cercanas. Pero Rose es hetero.
Hay tanto alivio en la mirada de mi novia, que quiero abrazarla y asegurarle que está completamente a salvo conmigo y que jamás haría algo que la lastimara.
Me puede dar un arma cargada si quiere, pero jamás jalaría del gatillo.
Ni ahora ni en un futuro hipotético en el que solo sea alguien a quien conocí alguna vez. Como dijo: somos ella y yo.
–Entonces, yo diré lo mismo –sentencia Rose.
Molly la mira con agudeza.
–¿Lo harás ? –le pregunta.
Rose voltea hacia ella con una mirada que, sin dudas, me habría cerrado la boca enseguida si me la hubiera dirigido a mí.
A Molly, desde luego, le ocurre lo mismo, porque aparta la mirada y se encoge de hombros como diciendo “como sea, no es asunto mío”.
A veces es fácil olvidarse de que Rose es una princesa, alguien que se ha pasado toda la vida dando órdenes a todo el mundo y obteniendo lo que quiere. Esta no es la excepción.
No estoy segura de por qué, para ser exacta, a Molly la confunde tanto la idea de que Rose hable con los medios, pero me abruma tanto lo que está a punto de ocurrirme que me olvido de mi propia confusión con la misma rapidez con la que llega.
–Chicas, ¿pueden esperar afuera un minuto? –les pide Rose a nuestras amigas.
En cuanto quedamos a solas, comienza a hurgar en el armario.
–¿Qué estás buscando? –pregunto, pero ya encontró lo que buscaba. Su túnica del uniforme.
–Ponte esto –dice–. Y dame la tuya una vez que te hayas cambiado.
Así que, saldré del clóset frente a todo el mundo, al mismo tiempo que negaré mi historia con Rose, al mismo tiempo que tendré puesta su túnica, después de haber pasado la noche en su cama.
Y ella estará haciendo lo mismo. Menos la parte de salir del clóset.
Supongo que ella también está buscando un ápice de control. Que una pequeñísima parte de la verdad quede a la luz, aunque mientras mintamos a viva voz. No lo borra ni lo mejora, pero es lo único de lo que podemos aferrarnos.
Bajo a mi habitación para cambiarme y, para cuando termino, Rose, Eleanor y Molly me están esperando afuera, también vestidas con sus uniformes.
Le entrego mi túnica a Rose. La mía está en mejores condiciones que la suya (de niña, lavaba mi propia ropa porque mamá trabajaba hasta tarde, mientras que a Rose la suya le aparecía lavada y planchada en su armario como por arte de magia antes de ir a la escuela).
Su túnica está cubierta de pelusas y tiene unas arrugas profundas a lo largo de la espalda por haber quedado tirada en el suelo durante demasiado tiempo.
Las cuatro partimos bien unidas. Hay toda una multitud de estudiantes reunidas en la entrada de la escuela, del lado de adentro del portón. Algunas están hablando con los periodistas, pero la mayoría solo están mirando. Me doy cuenta de que están esperando. Me esperan a mí.
Yo estoy flanqueada por Molly y Eleanor. Rose está al otro lado de Molly. Tenemos que ser más cuidadosas que nunca de no tocarnos.
Pero tengo su túnica.
Cuando las estudiantes nos ven, se apartan formando una especie de corredor de cuerpos para que nosotras lo atravesemos. Es como estar en la peor alfombra roja posible de imaginar.
En el portón, nos inundan los reporteros. La mayoría nos buscan a Rose y a mí. Un par de astutos piensan hablar con Eleanor y Molly. No tendrán la historia más importante, pero sus citas serás más exclusivas. Bien por ellos.
Yo termino separada de Rose. Y allí es cuando me sacude el miedo.
Me bombardean los flashes de las cámaras y el mundo se vuelve de un blanco brillante.
Todos me gritan al mismo tiempo y el dolor de cabeza, que ya me latía, crece con ganas.
Me quedo de pie sin decir una palabra, porque ¿qué demonios digo ?
El minidiscurso que se me ocurrió más temprano se me ha esfumado de la mente, de todos modos, creo que solo se trataba de Rose y de mí.
Y la mayor parte de esto no tiene nada que ver con ella, ¿cierto? Sino de decirle al mundo que soy bi.
Maldita sea. Ni siquiera le he contado a mamá. Todo ha sido tan aterrador, revuelto y confuso que la realidad de todo me ha caído encima recién ahora.
Creo que quería salir del clóset. Pero esto no era lo que tenía en mente, sin dudas.
Son personas sin rostro las que tengo en frente. Sus figuras no tienen detalles. Están todas mezcladas entre sí, desdibujadas por esas luces enceguecedoras.
–Danni, cuéntanos sobre…
–Thea Brunswick, del Público de las 12 , Danni, me preguntaba si…
–¿Es cierto que tú y Molly Kwon…?
Entonces, alguien grita, con tanta claridad como si nada:
–¿Las fotografías eran falsas, Danni?
Intento mirar hacia donde proviene la voz. Allí es. Ni siquiera puedo ver a quién le estoy hablando, por todos los cielos. Aunque no importa. Claro que no. No les estoy hablando a ellos. Le estoy hablando a todo el país.
Aquí vamos.
–No. No son falsas –digo con voz temblorosa. Casi que no puedo hablar.
–¿Eres hetero?
Esto es cruel. Es malditamente cruel. Que te pregunten esto sin rodeos, las mismas personas que publicarán imágenes mías sacándome del clóset independientemente de lo que diga en este momento.
Como si me correspondiera a mí decirlo. Pero no lo es.
Si así fuera, habría sucedido cuando estuviera lista.
Lo habría hecho para mis seres queridos, no para estos extraños, para poder tener algún tipo de control sobre la historia antes de que ellos la publiquen.
–No –respondo–. No soy hetero.
Ya.
Está hecho.
La cabeza me da tantas vueltas que casi no escucho la siguiente pregunta.
–¿Qué hay de Edmund?