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Treinta y seis. Danni

TREINTA Y SEIS DANNI

Nunca es bueno despertar por el sonido de gente susurrando.

Al menos, no cuando esperas despertar con tu novia acostada a tu lado y el sol de media mañana entrando por la ventana.

Tal vez, con mucha suerte, el sol de la tarde.

Puedo registrar que sí hay sol, dado que estoy mitad despierta.

Pero entonces, cuando profundizo mi registro, percibo que los susurros tienen un tono demasiado temeroso, lo que me inquieta tanto que ya he comenzado a prepararme para el momento en que abro los ojos.

Rose y Molly están sentadas en el suelo, de espaldas al armario, y levantan las cabezas de golpe cuando me oyen gruñir.

–¿Qué? –pregunto y mi voz sale toda débil y ronca. Oh, Dios, maldita sea, me late la cabeza. Carraspeo e intento una vez más–. ¿Qué ocurre?

Rose gatea hasta mi lado y me toma una mano con las suyas.

–Danni, en verdad lo siento –dice y a mí se me detiene el corazón.

Primero, pienso horrorizada que algo le ocurrió a mamá.

O tal vez a Rachel. Detrás de Rose, Molly mira al suelo como si no pudiera lidiar con lo que sea que nuestra amiga va a decirme, lo cual solo me asusta más–.

Alguien filmó un video de Harriet y tú besándose anoche. Las imágenes están por todas partes.

Ah.

Ah.

Por un segundo, considero tomar mi teléfono para ver por mí misma, pero luego me doy cuenta de que no quiero.

No quiero ver una imagen mía probando la boca de Harriet, intentando encontrar un modo de apartarme de ella sin hacer un drama.

No quiero ver lo que ha visto la mitad del país.

No quiero oír lo que piensan de eso o de mí.

Solo quiero dormir. Esto va más allá de lo que puedo manejar.

Ruedo hacia un lado, paso un brazo por debajo de la almohada y me cubro los hombros con las cobijas. Rose y Molly me miran, preocupadas, como si pensaran que está a punto de darme un ataque de nervios o algo así, lo cual es probablemente justo, porque tal vez así sea.

Rose me estruja la mano.

–¿Qué quieres hacer? –me pregunta–. Tú decides.

–¿Qué se puede hacer? –pregunto como una tonta. Ahora ya se sabe, ¿no es así? Así que ni modo.

–Aún puedes negarlo –sugiere Molly.

Rose asiente con seriedad.

–Si quisieras hacerlo. Estabas ebria. Puedes decir que no querías hacerlo. De cualquier forma, es la verdad.

–O solo di que te retaron a hacerlo, o algo así –agrega Molly–. Yo te serviré de respaldo. Mierda, diré que yo fui quien te retó si quieres.

Solo hay que mentir, ¿no es así? Al parecer, eso es lo único que hago últimamente. Mentir y mentir y mentir. Y jamás porque en verdad lo quiera.

–Yo solo… Cielos. Solo quisiera que desaparezca.

Tienen la respuesta obvia estampada en los rostros. Ahora ya no desaparecerá. Jamás lo hará. La noche de ayer fue real y rodar en la cama y cubrirme con las cobijas no lo deshará.

Sea lo que haga, todos me están observando. Me están escuchando.

–¿Me odian? –pregunto en voz baja. Supongo que ya debe de haber habido algún tipo de reacción en internet.

Comentarios, publicaciones, hasta artículos.

La idea de lo que podrían estar diciendo en este momento, me hace querer hundirme en el centro de la tierra y esconderme allí hasta que todo se acabe.

Rose habla con suavidad:

–No, no es nada de eso. Las personas tal vez sienten curiosidad. Pero nadie te odia.

Pero ¿qué significa eso, para ser exactos? Que hoy la sociedad no quiera mi cabeza, no garantiza una mierda para mi futuro. Muchas personas probablemente solo me estén dando el beneficio de la duda antes de pedir mi crucifixión pública.

¿Y qué pensarán en el palacio? No es que haya besado a Rose en cámara ni nada por el estilo, pero la fábrica de rumores en internet se va a hacer un buen banquete con esto.

–Lo que sea que quieras hacer, estoy contigo –dice Rose–. Si alguien te dice una palabra, siquiera una palabra , tendrán que enfrentarse conmigo. Somos tú y yo, ¿okey?

La miro a ella, luego a Molly que está en el suelo y, luego, hacia la ventana.

–¿Qué debería hacer? –pregunto.

Nadie responde.

Llaman a la puerta. Todas nos sobresaltamos; luego Molly se levanta y la abre apenas. Eleanor asoma la cabeza y entra sin permiso con ojos bien grandes.

–Danni, ¿qué está sucediendo? –me pregunta.

–Eleanor, no empeores las cosas –dice Molly, cerrando la puerta.

–¿Eres gay? –pregunta Eleanor–. ¿O solo le estabas siguiendo el juego a Harriet?

–Okey, tenemos que hablar de discreción –interrumpe Molly–. Queda claro que hoy no la manejas muy bien.

–Soy bi, ¿okey? –exclamo de repente. Siento como si las palabras fueran metálicas sobre mi lengua. Tengo tantas náuseas. No sé si es por la situación o por la resaca. Es probable que sea por ambas.

Eleanor infla las mejillas.

–Sabes, no me habría dado cuenta –dice después de un largo silencio–. No parece que te gusten las chicas.

Rose me toma la mano con calma, entrelazando nuestros dedos.

–¿Eso crees, Eleanor? ¿Ahora sí parece alguien a quien le gustan las chicas? ¿Y yo?

Eleanor ríe.

– No. –Entonces, algo debe conectar porque mira a Rose dos veces, como si fuera el personaje de una caricatura o algo parecido. Sería gracioso si esta no fuera la peor situación por la que jamás haya pasado–. ¿No? ¡No!

Rose inclina el codo sobre la cama, a mi lado.

–Sabes –comienza a decir, de modo casual, como si estuviera mencionando lo que comió en el desayuno–, creo que lo escondimos mejor de lo que creímos.

Me quedo con la boca abierta. Hasta donde sabía, ella no tenía intenciones de salir del clóset con nadie más por lo pronto. ¿Acaso acaba de hacerlo para desviar el centro de atención de mí? ¿Aunque solo pueda hacerlo aquí, en nuestro pequeño grupo?

Eleanor le lanza una mirada acusadora a Molly, como si le preguntara si ella sabía de esto. Molly asiente con rapidez y Eleanor se desploma para sentarse a su lado en el suelo.

–Bueno… –dice–. Esto es… distinto.

–¿Distinto de qué? ¿De ti? –pregunta Rose en tono de advertencia, con una expresión de pronto dura.

Eleanor levanta las manos, rindiéndose.

–No me refiero a eso. Tienes que darme un segundo, ¿okey? Te conozco desde hace años y esto es como una bomba.

–Es como que a ti no te afecta –murmura Molly.

Y, ay, por todos los cielos, no puedo evitarlo. Me echo a reír. Las tres me miran como si me hubiera vuelto oficialmente loca. Tal vez así sea. Aquí viene el ataque nervioso de la profecía.

–Ay, diablos. –Me río a carcajadas, secándome una lágrima con el puño.

El teléfono de Rose comienza a sonar. Ella lo arroja al otro lado del cuarto como si la quemara y yo me río aún con más ganas.

–Contéstalo, idiota –exclamo con esfuerzo.

Rose lo rescata, mirándolo como si prefiriera levantar una serpiente de cascabel.

–Es William –dice.

Molly maldice en voz baja y Eleanor pone cara de compasión. Rose suspira, responde y sale de la habitación. Supongo que no quiere que oiga lo que sea que William tiene para decir. Lo cual, obviamente, solo hace que quiera oír más.

Podemos oírla del otro lado de la puerta, pero su voz llega demasiado amortiguada como para entender algo. Me incorporo en la cama; me observo las manos porque no puedo obligarme a mirar a las otras dos en este momento.

–Bueno, y ¿desde cuándo? –pregunta Eleanor.

–Tuvimos idas y venidas desde noviembre.

No ha pasado el tiempo suficiente como para que ya se acabe.

–¿Noviembre?

–Prácticamente. –Tengo las mejillas tan calientes que seguro están al rojo vivo.

–¿Y Harriet? ¿Ella también es así? –le pregunta esta vez a Molly–. ¿Qué? ¿Acaso conocimos a todas nuestras amigas en una alianza de gais y heteros y lo olvidé?

–A veces, las personas son gais, Eleanor –dice Molly. Nuestra amiga la mira durante un rato demasiado largo, entonces Molly pone los ojos en blanco–. No me refería a mí .

–Bueno, ¿puedes culparme por preguntármelo? Y Rose, ¿por cuánto tiempo ha sido queer ?

–Desde que nació, me imagino –responde Molly en seco.

Eleanor se encoge de hombros.

–Solo quiero que me pongan al día. Acabo de descubrir que he sido el mal tercio de dos de mis mejores amigas durante medio año escolar y quiero saber cómo fue que no me di cuenta. Y ¿por qué soy la única que no lo sabía?

Rose vuelve a entrar al cuarto, con expresión seria.

–Hay un circo mediático en el frente de la escuela –dice–. Están entrevistando a cada estudiante que pueden conseguir. Al parecer, el director ya los ha echado dos veces, pero ellos siguen regresando.

–¿Qué crees que les están diciendo? –pregunto, sintiéndome entumecida.

–Nosotras iremos –dice Eleanor–. Molly y yo. Es mejor si hablan con nosotras en lugar de las otras chicas, ¿verdad?

Rose se deja caer en el borde de la cama.

–Eso depende de lo que Danni quiera que digamos.

–¿Digamos? –repite Molly, confundida.

–¿Yo? –exclamo como un graznido.

–Tú. Esto se trata de ti.

–Esto de trata de nosotras. Sabes que a ti te mencionarán, Rose.

Ella asiente secamente. Ah, por supuesto que lo sabe. Esta es la parte en la que me dice lo que se me permite decir sobre ella, ¿verdad? ¿Las órdenes del día que recibo del palacio?

–Es sobre nosotras –concuerda–. Pero en mayor parte es sobre ti. ¿Qué es lo que tú quieres decir?

Estaría mintiendo si dijera que no me sorprende y me tomo mi tiempo para responder. Quiero asegurarme de que estoy total y definitivamente segura antes de pronunciar una palabra.

–No voy a luchar. Pueden decirles que soy bi.