Treinta y cinco. Rose #2
El cuarto donde lo encontramos estaba oscuro y silencioso.
No había luces que se volvieran borrosas entre sí allí.
Solo había una cama, con un chico y una pared sobre la que apoyarme.
Ahora que lo pienso, creo que Molly me estuvo pidiendo ayuda por mucho más tiempo antes de que recordara lo que significaba esa palabra.
Ese fue el primer momento de claridad: el primer momento en que asimilé a Oscar.
Incluso en ese estado, supe que estaba viendo algo que andaba terriblemente mal.
Tenía la cabeza echada hacia atrás, con el cuello expuesto, la boca y los ojos abiertos mientras tomaba una última inspiración rasposa, pero no estaba mirando a Molly.
Todo se detuvo y yo me quedé mirando fijo, sin parar, porque conocía el significado de eso malo y tenía que hacer algo, solo que no podía recordar qué.
En mis recuerdos, me quedé mirándolo durante una hora, tal vez.
En la realidad, no pudo haber sido más de un segundo.
Recuerdo susurrar: “un momento…”, pero no estoy segura de si Molly alguna vez me oyó.
De todos modos, no fue una indicación. Luego ella lo estaba agarrando y gritando y el cuarto ya no estaba vacío.
Elizabeth, mi guardaespaldas, corrió hacia la cama para examinar a Oscar.
Yo me encontré a Eleanor a mi lado, hablando por teléfono.
Allí fue cuando recordé que uno debería llamar a emergencias cuando se encuentra a un amigo en una habitación vacía, a oscuras, luciendo como un cadáver.
Quería acercarme a Molly, pero cada vez que empujaba hacia adelante, alguien me arrastraba hacia atrás.
Me rodearon los murmullos y los gritos y la habitación se llenaba cada vez más y más.
Entonces, alguien intentó sacar a todos de allí y en ese momento fue cuando Eleanor tironeó de mí y me instó a salir.
No lo hice. Entonces apareció Alfie, con su rostro a centímetros del mío, me miró a los ojos y me dijo:
–Rose. Tenemos que irnos. Ahora.
En ese momento, no supe exactamente qué estaba ocurriendo.
Pero mi cerebro había formado una idea clara.
Molly estaba aterrada, casi a mi alcance y yo no me iba a ir sin ella.
Así que me tomé del marco de la puerta y me aferré hasta que los nudillos me quedaron blancos y mis amigos dejaron de intentar desprenderme los dedos de allí. Luego Alfie desapareció. Eleanor no.
Para ese entonces la habitación ya no estaba oscura. Puedo recordar caminar hacia la cama y a Molly tomándose de mí, usándome para mantenerse de pie. Recuerdo lo mucho que le temblaba la mano. Y recuerdo los ojos de Oscar. Debieron haber estado mirándome, pero no había nada en ellos.
–Lo vimos morir –le susurro a Molly.
Ella me mira con aspereza.
–Sí…
Lo vimos. Estaba vivo y luego ya no. Y no hubo nada que pudiéramos hacer. No para el momento en que lo encontramos. En un momento era todo, estaba vivo, sonriente, lleno de preocupaciones y esperanzas y con un futuro. Y luego, no fue nada. Como el interruptor de una lámpara.
Encendido, luego apagado.
Quise otra oportunidad. Quise hacerlo de otro modo, todo aquello, porque no me parecía posible que, lo peor, lo peor que pudiera ocurrir, pudiera haber sucedido solo en cuestión de minutos. No me parecía justo y, por consiguiente, no me parecía real.
No ha parecido real.
Pero es real.
Oscar ya no tiene vida. Se ha ido y jamás volveré a hablar con él. Tampoco Molly. Jamás volveré a encontrármelo en una reunión. No podemos enviarle un mensaje para pedirle que nos veamos.
Ya no existe.
–No siento –exclamo–. Yo no… No puedo… Lo siento, Molly. No… No pude, pero no debí haber…
Sucedió, ¿verdad? Vi a alguien morir. No a cualquiera. A Oscar. Lo vi mientras Molly le gritaba. Me quedé mirando su cuerpo, que solo era carne y huesos, todavía tibio por la sangre que corría por sus venas hasta que dejó de hacerlo.
Y Molly. Dios, Molly.
–Luego te dejé –digo–. No quise dejarte mientras estaba ocurriendo, luego te dejé de todos modos después de esa noche.
–Rose…
–No podía pensar en eso. Sé que lo necesitaba, pero no podía.
–Lo sé –dice ella.
–No –insisto–. Quiero decir, yo solo… colapsé hacia adentro. Tú necesitabas hablar sobre esa noche y yo solo… no… No pude. Fue como si estuviera en corto circuito.
–Comprendo.
–No fue normal . Cada vez que intentaba pensar en eso, y me refiero a cada una de las veces, Molly, se cambiaba el canal. Te abandoné por completo; estabas sufriendo tanto y yo no sentía nada .
Los ojos de ella están vidriosos y arquea el cuello para mirar el techo.
–Todavía deberías odiarme –digo con convicción. Molly se sube a la cama y me doy cuenta, con una oleada de repulsión hacia mí misma, que tiene la intención de tranquilizarme.
–No –jadeo, incorporándome de golpe–. No es tu responsabilidad consolarme.
Fue real.
El hecho se instala en algún sitio de mi garganta y tengo la sensación de que me están estrangulando desde adentro.
Cuando por fin logro sacar el aire de los pulmones, sale con un sollozo débil: un sonido que no esperaba para nada.
Levanto una mano, como si fuera a reprimirme, pero se queda en mi clavícula y me inclino hacia adelante mientras jadeo para volver a respirar.
Por primera vez, mi mente me permite comprender que vi a mi amigo morir y que jamás va a regresar.
Y estoy aquí, en este momento, sintiendo todo eso y pesa demasiado como para soportarlo.
Molly me toca el brazo, pero la quito con una sacudida.
–No.
–Por mí –insiste ella. Yo dejo caer el brazo hacia atrás y le permito a Molly abrazarse a mí.
Por un momento, quedamos tiesas y luego, juntas, nos plegamos hacia nuestro centro, sus dedos se clavan en mi espalda como garras.
Estoy llorando y creo que no es como he visto a otros llorar.
Mi llanto es más como una serie de respiraciones angustiadas, sin lágrimas, acentuadas por quejidos.
Molly tiene lágrimas (que siempre le han sido fáciles) y me empapan el hombro, donde tiene la cabeza apoyada.
–No quiero sentirme así –lloriqueo.
–Lo sé –dice ella.
Aunque sus lágrimas son fáciles para ella, han pasado meses desde la última vez que la vi llorar por Oscar. Estaba sanando y vean ahora lo que he hecho.
–Lo siento –logro decir entre respiraciones–. He vuelto a tocar este tema otra vez.
Ella sacude la cabeza y me jala para sí con más fuerza. Estoy envuelta, sujeta en el lugar. Anclada.
–No –dice–. Es la primera vez que no lloro sola.